jueves, 14 de septiembre de 2017

Kitsune II - El monje [CAPITULO I]



El monje perdió la cuenta de las horas que había permanecido bajo la cascada, sintiendo sobre sus hombros el dolor y la fuerza del agua, su frío gélido penetrando en los huesos.
Intentaba alejar su mente de aquel lugar, de aquellas sensaciones que harían desesperar al más aguerrido de los soldados. Solo ignorando la tortura autoimpuesta, podría alcanzar la iluminación y ser uno con la naturaleza, ser uno con el mundo.
De pronto, algo lo sacó de su ensoñación. El estruendo incesante y atronador de la cascada hacía eco en su cabeza; pero hubiera jurado haber escuchado, en la distancia, el grito de terror de un niño pidiendo ayuda.

Sara abrió los ojos a la noche.

Quieta en la oscuridad, sin mover un musculo, paseo la mirada por la habitación en busca de lo que le había despertado. Las cortinas estaban descorridas y, de vez en cuando, una ráfaga de luz bañaba la habitación desde la autopista.

Pero no era eso. Había agua allí abajo. Y alguien gritaba.

Las formas a su alrededor se fueron definiendo, devolviéndola a lo cotidiano. La silla junto a su cama, con la ropa arrebujada y el sujetador colgado del respaldo, el armario enorme que no acababa de cerrar bien y el crucifijo de su abuela que aún no se había decidido a quitar.

Es la hora. Se acabó la tregua.

Miró el despertador: eran las tres y veinte de la mañana y se había desvelado por completo. Calculó cuantas horas de sueño le quedaban si se volvía a dormir ahora.

  • Se acabaron los madrugones un tiempo –le había dicho el médico-, plantéatelo de esa manera.
  • No tengo problema en madrugar –había protestado-, se puede correr por la calle, la piscina esta vacía…
  • Ya, pero nuestra prioridad ahora es el sueño.
  • Sera mi prioridad, capullo –le dijo a la habitación mientras se desperezaba.

Apagó el despertador, resignada a dar un paseo nocturno hasta que le entrase el suelo, otro día que no se despertaría a las seis.
Bajo los pies de la cama, hasta sentir la cuchillada de frio de las baldosas. Disfrutó de la sensación, arqueando las palmas de los pies hasta que comenzaron a entumecérsele los dedos.

  • Un centímetro más a la derecha y te habrías quedado paralizada desde aquí –dijo la cirujana que le extrajo la bala, señalando el pecho- hasta los pies.
  • ¿Cómo Superman?

Nadie cogió la referencia, o a lo mejor la cogieron pero no les hizo ni puñetera gracia.
  • Cinco minutos sin amigos –le habría respondido Daniel. Pero Daniel ya no estaba. Se había ido hace muchos años.
Se lo habían llevado. Abajo.

Se desperezó y comenzó el peregrinar a oscuras hasta la cocina. A mitad de pasillo, se machacó el meñique del pie con una de las estanterías nuevas y comenzó a gritar juramentos a la oscuridad.

En ese momento la reforma le parecía la mayor tontería del mundo. Había conseguido transformar la acogedora casa de pueblo de su abuela en un catálogo de ikea particularmente cutre y con una manía homicida por los dedos de los pies.

Apoyó la espalda en la pared –quitar el estucado SI que había sido una buena idea- y se deslizó hasta quedar sentada en el suelo. El frio traspasaba limpiamente las bragas de algodón, congelándole el culo, y Sara se acordó del pijama de invierno nuevo. Las amigas se lo habían regalado cuando les dijo que se volvía al pueblo “a pasar la baja”.

El pijama se había quedado en la silla, amontonado con la ropa de calle. Lo usaba para ir por casa, pero le encantaba dormir sólo con la nórdica. Y en bragas porque le tenía que bajar y no quería joder las sábanas, que si no habría estado bien feliz en pelotas.

Ahora, con el meñique machacado y el culo y las piernas heladas echaba mucho de menos el pijama. Se río bien a gusto en la oscuridad por la tontería y se frotó el pie hasta que dejó de dolerle. Puede que fuera por la adrenalina y todo eso, pero le daba la sensación de que el tiro le había dolido menos.

  •  ¡Pero me repongo a toda ostia! –dijo, levantándose.
  •   Si, lo del disparo mejora muy bien –le había repetido el médico-, pero no te vamos a dar el alta.
  • ¡Pero si no me ha afectado a la movilidad! –se quejó-, y del esfuerzo, bueno, esta mañana me he hecho diez kilómetros, usted dirá.
  • Has recibido un disparo de los malos…
  • ¿Los de los malos no son los que te matan!
  • ¡Ya me entiendes! –prosiguió el médico-, y no es solo eso. Pesadillas, ansiedad, terrores nocturnos.
  • Joder, estamos en el siglo veintiuno. Estoy segura de que habrá alguna pastilla.
  • No, Sara –le cortó-. Necesitas tratamiento psicológico y reposo.
  • En serio, que os den por el culo a todos.

Una vez de pie siguió hasta la cocina. Abrió el frigorífico, arrambló con unas rodajas de queso y las dejó fundir en el microondas sobre unas rodajas de pan de molde. Mientras esperaba, se preparó una infusión directamente con el agua de la caldera y, con la taza calentándole las manos, se acercó a la puerta de atrás.

Desde la cocina salía un camino, paralelo a la acequia, hasta el pueblo. No estaban a mucha distancia, pero de noche parecía que vivía aislada en mitad del campo. El viento, que ululaba colándose por las rendijas, arrastró una algarabía de aullidos.

Fue viendo cómo se encendían poco a poco todas las luces de las casas conforme los dueños de levantaban para intentar calmar a sus perros. Sara se compadeció de los animales, el viento de octubre también la estaba volviendo loca.

  • No, cariño –se dijo a si misma-, eso ya venías de serie.

Te gustaría ¿verdad? Eso sería muy fácil.

El microondas pitó frenético, sacándola de su ensimismamiento. Sacó el plato con las tostadas intentando –sin éxito- no quemarse las manos y lo dejó enfriar un poco en la encimera.

Fue entonces, de soslayo, cuando vio una figura cruzar por el pasillo, tras el cristal esmerilado de la cocina. Alto, hombros anchos, seguramente un hombre. Sara notó como se le ponía la carne de gallina, pero se forzó a si misma a seguir su rutina aparentando tranquilidad, vigilando a la silueta.

Dejó la infusión junto a las tostadas. Abrió el cajón de los cubiertos, cogió cuchillo y tenedor. Abrió el armario de los trastos y sacó el táser que se había comprado hacía poco por internet.

Se dirigió hacia la puerta de la cocina distraídamente, como un quinceañero en un slasher barato, y notó a la figura erguirse: el extraño se estaba confiando, y se preparaba para saltar sobre ella por sorpresa.

Sara abrió la puerta con el pie, dejándose una mano libre por si el intruso tenía algún arma que no hubiera distinguido, pero quien fuera se limitó a dar un paso al frente diciendo:

  • Sara, he vuelto desde Rozan para –la frase la termino con un gorgoteo mientras temblaba al aplicarle el taser.

En cuando comprobó que lo había dejado inconsciente, Sara recorrió la casa de arriba abajo para asegurarse de que no había más asaltantes. Después se encasquetó el pijama de invierno y comenzó a llamar a sus colegas para que enviasen un coche patrulla.

Pero cuando volvió a la cocina y encendió las luces colgó el teléfono. Allí, inconsciente en un charquito de pis, había alguien que no tenía que estar ahí. Alguien que tendría que seguir meditando eternamente bajo su cascada, dibujada en un poster en el cuarto de Daniel.

  • Es un monje –había dicho su hermano hace mucho tiempo
  • No exactamente –le aclaró ella- se llama Shiryu y es el caballero del dragón.
  • Bueno –corrigió David, dubitativo-, pero es un monje. Y nos va a proteger.

Y dios sabe que lo intentó ¿verdad Sara?

Lejos, en el pueblo, los perros rompieron a ladrar de nuevo.

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