jueves, 14 de septiembre de 2017

Kitsune II - El monje [CAPITULO I]



El monje perdió la cuenta de las horas que había permanecido bajo la cascada, sintiendo sobre sus hombros el dolor y la fuerza del agua, su frío gélido penetrando en los huesos.
Intentaba alejar su mente de aquel lugar, de aquellas sensaciones que harían desesperar al más aguerrido de los soldados. Solo ignorando la tortura autoimpuesta, podría alcanzar la iluminación y ser uno con la naturaleza, ser uno con el mundo.
De pronto, algo lo sacó de su ensoñación. El estruendo incesante y atronador de la cascada hacía eco en su cabeza; pero hubiera jurado haber escuchado, en la distancia, el grito de terror de un niño pidiendo ayuda.

Sara abrió los ojos a la noche.

Quieta en la oscuridad, sin mover un musculo, paseo la mirada por la habitación en busca de lo que le había despertado. Las cortinas estaban descorridas y, de vez en cuando, una ráfaga de luz bañaba la habitación desde la autopista.

Pero no era eso. Había agua allí abajo. Y alguien gritaba.

Las formas a su alrededor se fueron definiendo, devolviéndola a lo cotidiano. La silla junto a su cama, con la ropa arrebujada y el sujetador colgado del respaldo, el armario enorme que no acababa de cerrar bien y el crucifijo de su abuela que aún no se había decidido a quitar.

Es la hora. Se acabó la tregua.

Miró el despertador: eran las tres y veinte de la mañana y se había desvelado por completo. Calculó cuantas horas de sueño le quedaban si se volvía a dormir ahora.

  • Se acabaron los madrugones un tiempo –le había dicho el médico-, plantéatelo de esa manera.
  • No tengo problema en madrugar –había protestado-, se puede correr por la calle, la piscina esta vacía…
  • Ya, pero nuestra prioridad ahora es el sueño.
  • Sera mi prioridad, capullo –le dijo a la habitación mientras se desperezaba.

Apagó el despertador, resignada a dar un paseo nocturno hasta que le entrase el suelo, otro día que no se despertaría a las seis.
Bajo los pies de la cama, hasta sentir la cuchillada de frio de las baldosas. Disfrutó de la sensación, arqueando las palmas de los pies hasta que comenzaron a entumecérsele los dedos.

  • Un centímetro más a la derecha y te habrías quedado paralizada desde aquí –dijo la cirujana que le extrajo la bala, señalando el pecho- hasta los pies.
  • ¿Cómo Superman?

Nadie cogió la referencia, o a lo mejor la cogieron pero no les hizo ni puñetera gracia.
  • Cinco minutos sin amigos –le habría respondido Daniel. Pero Daniel ya no estaba. Se había ido hace muchos años.
Se lo habían llevado. Abajo.

Se desperezó y comenzó el peregrinar a oscuras hasta la cocina. A mitad de pasillo, se machacó el meñique del pie con una de las estanterías nuevas y comenzó a gritar juramentos a la oscuridad.

En ese momento la reforma le parecía la mayor tontería del mundo. Había conseguido transformar la acogedora casa de pueblo de su abuela en un catálogo de ikea particularmente cutre y con una manía homicida por los dedos de los pies.

Apoyó la espalda en la pared –quitar el estucado SI que había sido una buena idea- y se deslizó hasta quedar sentada en el suelo. El frio traspasaba limpiamente las bragas de algodón, congelándole el culo, y Sara se acordó del pijama de invierno nuevo. Las amigas se lo habían regalado cuando les dijo que se volvía al pueblo “a pasar la baja”.

El pijama se había quedado en la silla, amontonado con la ropa de calle. Lo usaba para ir por casa, pero le encantaba dormir sólo con la nórdica. Y en bragas porque le tenía que bajar y no quería joder las sábanas, que si no habría estado bien feliz en pelotas.

Ahora, con el meñique machacado y el culo y las piernas heladas echaba mucho de menos el pijama. Se río bien a gusto en la oscuridad por la tontería y se frotó el pie hasta que dejó de dolerle. Puede que fuera por la adrenalina y todo eso, pero le daba la sensación de que el tiro le había dolido menos.

  •  ¡Pero me repongo a toda ostia! –dijo, levantándose.
  •   Si, lo del disparo mejora muy bien –le había repetido el médico-, pero no te vamos a dar el alta.
  • ¡Pero si no me ha afectado a la movilidad! –se quejó-, y del esfuerzo, bueno, esta mañana me he hecho diez kilómetros, usted dirá.
  • Has recibido un disparo de los malos…
  • ¿Los de los malos no son los que te matan!
  • ¡Ya me entiendes! –prosiguió el médico-, y no es solo eso. Pesadillas, ansiedad, terrores nocturnos.
  • Joder, estamos en el siglo veintiuno. Estoy segura de que habrá alguna pastilla.
  • No, Sara –le cortó-. Necesitas tratamiento psicológico y reposo.
  • En serio, que os den por el culo a todos.

Una vez de pie siguió hasta la cocina. Abrió el frigorífico, arrambló con unas rodajas de queso y las dejó fundir en el microondas sobre unas rodajas de pan de molde. Mientras esperaba, se preparó una infusión directamente con el agua de la caldera y, con la taza calentándole las manos, se acercó a la puerta de atrás.

Desde la cocina salía un camino, paralelo a la acequia, hasta el pueblo. No estaban a mucha distancia, pero de noche parecía que vivía aislada en mitad del campo. El viento, que ululaba colándose por las rendijas, arrastró una algarabía de aullidos.

Fue viendo cómo se encendían poco a poco todas las luces de las casas conforme los dueños de levantaban para intentar calmar a sus perros. Sara se compadeció de los animales, el viento de octubre también la estaba volviendo loca.

  • No, cariño –se dijo a si misma-, eso ya venías de serie.

Te gustaría ¿verdad? Eso sería muy fácil.

El microondas pitó frenético, sacándola de su ensimismamiento. Sacó el plato con las tostadas intentando –sin éxito- no quemarse las manos y lo dejó enfriar un poco en la encimera.

Fue entonces, de soslayo, cuando vio una figura cruzar por el pasillo, tras el cristal esmerilado de la cocina. Alto, hombros anchos, seguramente un hombre. Sara notó como se le ponía la carne de gallina, pero se forzó a si misma a seguir su rutina aparentando tranquilidad, vigilando a la silueta.

Dejó la infusión junto a las tostadas. Abrió el cajón de los cubiertos, cogió cuchillo y tenedor. Abrió el armario de los trastos y sacó el táser que se había comprado hacía poco por internet.

Se dirigió hacia la puerta de la cocina distraídamente, como un quinceañero en un slasher barato, y notó a la figura erguirse: el extraño se estaba confiando, y se preparaba para saltar sobre ella por sorpresa.

Sara abrió la puerta con el pie, dejándose una mano libre por si el intruso tenía algún arma que no hubiera distinguido, pero quien fuera se limitó a dar un paso al frente diciendo:

  • Sara, he vuelto desde Rozan para –la frase la termino con un gorgoteo mientras temblaba al aplicarle el taser.

En cuando comprobó que lo había dejado inconsciente, Sara recorrió la casa de arriba abajo para asegurarse de que no había más asaltantes. Después se encasquetó el pijama de invierno y comenzó a llamar a sus colegas para que enviasen un coche patrulla.

Pero cuando volvió a la cocina y encendió las luces colgó el teléfono. Allí, inconsciente en un charquito de pis, había alguien que no tenía que estar ahí. Alguien que tendría que seguir meditando eternamente bajo su cascada, dibujada en un poster en el cuarto de Daniel.

  • Es un monje –había dicho su hermano hace mucho tiempo
  • No exactamente –le aclaró ella- se llama Shiryu y es el caballero del dragón.
  • Bueno –corrigió David, dubitativo-, pero es un monje. Y nos va a proteger.

Y dios sabe que lo intentó ¿verdad Sara?

Lejos, en el pueblo, los perros rompieron a ladrar de nuevo.

jueves, 31 de agosto de 2017

Kitsune I - La guerra de los Dioses


Los cielos se oscurecieron y el mar se tiñó de sangre, los dioses estaban furiosos y libraban entre ellos una cruenta batalla sin importarles el devenir de los hombres. La sacerdotisa miró a su amiga, la templada guerrera de mirada penetrante; no necesitaban palabras para saber que estaban de acuerdo, debían hacer algo o los dioses destruirían su mundo. Pero ¿Qué hacer? No podían enfrentarse a ellos, tenían que calmar su ira y hacerles volver al lugar al que pertenecían.

Entonces la sacerdotisa recordó un antiguo libro de su biblioteca, un libro de hechizos en el que aparecía descrito un ritual muy antiguo, quizá funcionaría, quizá estuviera allí la clave…

Huyeron raudas de las llanuras, resguardándose de la ira de los dioses más allá de los montes azules. Aunque ya a salvo, aun escuchaban los ecos de la batalla olímpica, ahora reducido al rumor constante de un trueno eterno.

Aprovechando las sombras del ocaso, viajaron furtivamente al este, entrando en los páramos prohibidos. Antaño los dioses habrían castigado duramente una intromisión así, pero ya no quedaba ningún centinela para vigilar a las aventureras. Estas se arrastraron entre las ruinas del gran imperio, ahora sepultadas por una vegetación exuberante y ajena, hasta que llegaron a su destino.

La puerta negra.

Nada se había hecho para ocultarla, ni tan siquiera estaba cerrada pues ¿Quién se atrevería a cruzarla camino de sus abismos?

-          ¿Estas segura de que es ahí abajo? –consiguió decir la guerrera sin que le temblase la voz.

-          Completamente –respondió la sacerdotisa, oteando las profundidades a las que llevaban los diez mil escalones-, el libro especifica que tenemos que rescatar el grabado de las salas del olvido.

-          ¿Sabes? me cuesta pensar que un grabado pueda poner fin a esto.

-          Ya te lo dije –repitió lentamente, a veces dolía ser la parte racional de la pareja-, no pondremos fin a esto. Nada será como antes. Solo será… distinto.

-          Distinto me vale

Con un susurro, la sacerdotisa encendió una pequeña luz en la palma de su mano e iluminó la interminable escalinata. Las aventureras echaron un último vistazo a sus espaldas (ahora hasta el páramo les parecía hospitalario en comparación a aquellas mazmorras) y se sumergieron en la sima.

Rodeadas de negrura, pronto perdieron la cuenta de los escalones. El eco de la lucha divina no llegaba hasta allí, desde la impenetrable oscuridad tan solo les llegaba el acuoso sonido de ríos subterráneos y el susurrar de alas invisibles.

-          Creo que hemos llegado –dijo la sacerdotisa cuando pisaron el último escalón.

-          Menos mal –gruñó la guerrera como respuesta-, ya casi había olvidado la luz del sol.

La sacerdotisa alzó la mano para que la luz iluminase un poco más. La blancura bañó una selva retorcida de metal y madera, poblada por hongos en las zonas más húmedas. Ambas desenvainaron las espadas y avanzaron con cautela, procurando no hacerse notar más de lo necesario.

Un leve crujido apenas audible alerto a la guerrera. Se lanzó, escudo por delante, cubriendo a su compañera. Solo un instante más tarde, un fuerte golpe arremetió contra ellas, quebrando los bordes de pavés.

-          ¿Qué son? –chilló la guerrero

-          ¡No conozco todo lo que habita aquí, maldita sea!

-          Da igual, corre hacia allá –respondió, señalando con la cabeza una pequeña covacha entre dos columnas derrumbadas-, a ver si nos los podemos quitar de encima.

Les habían rodeado en menos de un suspiro. Una legión de seres pequeños de ojos diminutos, cubiertos de un pelo sarnoso y armados de dientes y garras afiladas. Los mantuvieron un tiempo a raya en su refugio, pero no tardaron en abrirse paso por las grietas de la covacha y atacarles desde ambos lados. Cuando todo parecía perdido, la sacerdotisa gritó en una lengua extranjera, y un rugido le respondió desde la lejanía.

Kerchak se abrió paso entre los enemigos como un cuchillo afilado, levantando una neblina de sangre a su paso conforme mordía y desgarraba hasta llegar a su compañera. Los seres, aterrados por la fiereza de la bestia, emprendieron la huida en tropel.

Cuando no quedó ningún enemigo a la vista, Kerchak se tumbó indulgente junto a su compañera, devorando aun los restos de su última presa.

-          Tu gato podría haber aparecido antes –dijo la guerrero, vendándose un profundo mordisco en el brazo. Kerchak le respondió con un bufido

-          Es un dientes de sable, sabes lo que le molesta que lo llames así.

-          ¿Y a que esperaba? ¿a qué nos comieran?

-          Oh, muy bonito –protesto la sacerdotisa-, y si hubiera aparecido antes lo criticarías por ser agresivo ¿no?

-          No me fio de las bestias como el –espetó entre dientes.

Kerchak soltó la cabeza del monstruo y erizó el lomo, enseñando todos los dientes. La guerrera no se dejó amilanar y volvió a desenvainar la espada. Se habría producido una tragedia de no haberse interpuesto la sacerdotisa.

-          No, parad, ambos –clamó-, no sois vosotros. Es la guerra de los dioses. Nos está afectando incluso a nosotras.

El silencio cayó entre ellas mientras se sostenían la mirada, hasta que la espada volvió a envainarse y Kerchak volvió a las sombras para proteger a su compañera desde la distancia.

El resto del trayecto lo hicieron en silencio, avergonzadas de su anterior arranque de furia. Notaban un millón de ojos observándolas desde la oscuridad, pero la presencia del dientes de sable parecía ser suficiente para que no volvieran a atacarles.

Finalmente llegaron a una explanada baldía, en mitad de la cual solo se elevaba un cofrecillo de aspecto frágil.

-          Esta es –dijo la sacerdotisa- la sala del olvido

-          Me esperaba algo más, no sé ¿impresionante?

-          Si fuera así no lo habrían olvidado –respondió avanzando hacia el cofre.

-          ¿Necesitas que rompa la tapa?

-          No te molestes –le explicó-, el olvido nunca guarda nada con llave, no le hace falta.

En el fondo del cofrecillo solo había un pequeño grabado a color, cubierto de un cristal translúcido. Una pareja sonreía al otro lado, saludando desde un campo florido. Entre el grabado y el cristal, atrapado como un mosquito en ámbar, había un pedazo de tela con algo escrito.

-          ¿Qué pone? –pregunto la guerrera

-          Creo que significa “para siempre”

-          ¿Y ahora?

-          Ahora –respondió la sacerdotisa-, se lo tenemos que llevar a ellos.

Se quedaron mirando el grabado en silencio durante un buen rato.

-          ¿Quiénes son? –preguntó al final la guerrera

-          Ellos. Creo. No estoy muy segura

-          No lo parecen. Aquí parecen felices.

-          No. Han cambiado.

La guerrera notó que algo se atenazaba a su garganta, un sentimiento espeso de vértigo.

-          ¿Nosotras también cambiaremos así? –preguntó finalmente a su amiga

La sacerdotisa estuvo tentada de mentirle, pero recordó que en su momento juró ser siempre sincera con ella, aunque doliese. Por algo era la mayor.

-          Puede. Pero te juro que haré lo imposible para que no suceda.

-          ¿Qué me pasa? –pregunto la guerrera mientras le temblaba el labio inferior y las lágrimas afloraban a sus ojos.

-          Es el cambio –respondió su hermana abrazándola-, ya empieza.


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Para cuando las niñas volvieron al salón, trepando por el reposabrazos del sillón azul, la discusión había llegado a una tensa “guerra fría”. El televisor vomitaba un programa de tertulia al que nadie le hacía caso.

El padre se volvió hacia sus hijas con un impostado tono conciliador, intentando convencerles de que todo aquello había acabado. La mayor le miraba desde la esquina, sosteniendo al gato en brazos, mientras la pequeña le alcanzaba un pequeño cuadro.

-          ¿Qué es esto cariño? –pregunto intrigado el padre

-          Esto… -se fijó la madre-, es la foto de nuestra boda ¿habéis bajado al sótano?

La niña se limitó a levantar de nuevo aquella foto en que se sonreían a sí mismos, muchos años más jóvenes. Los ojos de ambos se posaron en la pequeña cinta de tela que rezaba “para siempre”. Eran los restos de la cinta con la que decoraron la tarta de bodas, una fantasía de cuento de hadas coronada por el “felices para siempre”.

-          Que nos ha pasado –preguntó la madre, ya sin ira

-          La vida –respondió el padre-, y que soy un poco gilipollas.

-          Un poco no –río entre dientes ella.

Los padres estallaron en risas mientras las niñas volvían a perderse por la casa, pero el ambiente había cambiado radicalmente. La madre descorchó una de las botellas de vino de “ocasiones especiales” y el padre encargó un par de pizzas para evitarse el cocinar siendo ya tan tarde.

-          No podemos repetir esto –dijo ella cuando su marido colgó a la pizzería-, tratarnos así.

-          No, tienes razón. Y menos delante de ellas.

-          Desde luego –respondió la madre mientras llenaba ambas copas de vino-, no quiero acabar como mis padres.

-          ¿Me sigues queriendo? –pregunto de repente él con voz trémula.

-          Sí, mucho. Pero solo con eso ahora no basta. Y lo sabes.

La pequeña se acurrucó en la esquina del estudio, escuchando a sus padres hablar tranquilamente del divorcio. Sin gritos ni golpes, ya no parecía de repente tan horrible, aunque la idea le seguía llenando de un miedo cerval.

Su hermana soltó a Kerchak, que se fue a buscar alguna otra rata al jardín, y se sentó al lado, dándole su calor.

-          Dijiste que lo solucionaría.

-          No –le respondió-, dije que le pondría fin a la guerra, que sería algo distinto.

-          ¿Mejor? –preguntó su hermana llorando gruesas lágrimas.

-          No lo sé –dijo mientras le abrazaba-, pero estaremos juntas.

-          ¡Y tenemos pizzas para cenar! –respondió riendo entre mocos

-          Y tenemos pizzas para cenar –respondió abrazándola más fuerte.

viernes, 19 de agosto de 2016

Los cinco Reinos

- Los Cinco Reinos han caído. – Musitó León.
- ¿Perdona?– Preguntó Sonia mientras se abrigaba con la manta.

León se incorporó sobre el banco y, con la mano del cigarro, señaló a los campos que se veían desde la colina.

- Toda esta zona, cuando yo era niño, aquel huerto de ahí, esa caseta... todo esto eran nuestros Cinco Reinos.
- ¿Y cuál era el de cada uno? – Sonia entrecerró los ojos, intentando adivinar fronteras entre la ribera, la pradera y las arboledas
- No, no era así; eran cinco porque cada uno de nosotros teníamos uno, pero yo un día era rey de aquella chopera, otro de este merendero.

León volvió a sentarse y dio una última calada antes de apagar la colilla contra la mesa de piedra. Se quedó pensativo un buen rato mientras Sonia removía la hojarasca con el pie.

- Comenzamos con eso un verano. Creo que fue un viernes cuando Nacho trajo el primer heroquest que vi en mi vida – metió la mano en la chaqueta y sacó el arrugado paquete de tabaco – Dios… ¡cómo quemamos el juego ese verano! Pilar llevaba el elfo y decía que era una princesa, aunque era bastante más bruta que el resto de nosotros. Luis y Quique se turnaban entre dirigir y llevar el bárbaro. Miguel siempre era el mago y yo el enano… ¡qué tiempos!

- No me creo que el enano fuera tu favorito – respondió Sonia riendo.
- A ver –respondió León entre caladas, encendiendo el pitillo -, me gustaba mucho, pero luego el hermano de Quique trajo el Dragones y Mazmorras unas navidades y eso ya fue genial.
- ¿También eras un enano?
- No, no…ahí siempre llevaba al paladín –León se tumbó sobre el banco y esgrimió la colilla como una espada- me encantaba, era como un caballero del rey Arturo
- Eso te pega más – Sonia se sentó con las piernas abrazadas, sonriendo.
- ¿En serio?… ¡gracias!

Quedaron de nuevo en silencio un buen rato. Cuando terminó el segundo cigarro León volvió a levantarse.

- Mira, ¿ves ahí? ¿aquella chopera?
- ¿Dónde? –Sonia estiró el cuello, evitando salir del calor de la manta.

León señalaba una pequeña arboleda que había vivido mejores tiempos, pero que ahora estaba llena del escombro de alguna obra del pueblo. Un tronco oscuro se elevaba, solitario y monumental, recordando que aquello no había sido siempre un vertedero.

- Ahí mismo, en ese roble seco, Pilar y yo escondíamos los tebeos que íbamos consiguiendo. Me acuerdo que a nuestros padres no les hacía ni puñetera gracia que nos pasáramos las horas muertas con ellos.
- Jolín…¿llegasteis a tener muchos?
- Pfff…varias colecciones, pero se echaron a perder un otoño que cayeron lluvias.
- ¿Se mojaron?
- ¡Qué va! Pilar escogió un sitio genial, ni una gota de agua pero… ¡acabaron llenos de moho y setas!

León y Sonia ríeron un rato y se quedaron mirando como se ponía lentamente el sol tras los montes. La luz del ocaso arrastró sus sombras más allá de la colina y comenzó a soplar una brisa fría que anunciaba la noche.

- A Quique lo sigues viendo ¿verdad? –preguntó de repente Sonia-, algún día se ha pasado por casa.
- Sí, de vez en cuando. Aunque solemos quedar en el local para echar partidas.
- ¿Y el resto?
- Bueno –León se frotó las manos para hacerlas entrar en calor- Miguel se fue a trabajar a Madrid, y con Pilar fui perdiendo el contacto.
- Pero vendrán mañana ¿verdad?
- ¿Al entierro? ¡Claro!
- Y a Luis, ¿lo echas de menos?

León acarició pensativo la piedra del merendero. En su cabeza, Luis y él aún tenían diez años y un verano infinito por delante, lleno de reinos que conquistar.

- Muchísimo–respondió al fin. Había comenzado a llorar sin darse cuenta.
- Lo, lo siento papá –exclamó Sonia azorada-. No quería…
- No pasa nada hija mía. Vamos –le tranquilizó León mientras se levantaba, cogiendo a la niña en brazos-, tu madre nos estará esperando en el hostal y mañana hay que madrugar.

Bajando la colina con su hija a hombros, León pensaba silencioso en todos aquellos días que parecían haberse esfumado de cuajo dejandole el alma vacía.

- Papá
- ¿Hmm?
- ¿Estás enfadado conmigo?
- ¡Por dios, Sonia!, claro que no. No has  hecho nada malo.
- Entonces ¿me seguirás hablando de los Cinco Reinos?

León se quedó mirando la cara de expectación de su hija. Sus ojos brillaban con la emoción por adentrarse en oscuras mazmorras en busca de tesoros y la fascinación de viajar por bosques lejanos y brumosos, llenos de elfos y magia. León sonrió de oreja a oreja.

- Claro que sí cariño.

Mientras volvían al pueblo, León comprendió que los Cinco Reinos nunca habían caído; seguían allí dormidos, como el mago Merlín o las doncellas de los cuentos, esperando que un viejo paladín o una joven princesa llegaran a descubrirlos.

Y aquella era una aventura que quería vivir, que debía vivir. Por todos aquellos que estuvieron, los que están y los que aún habrían de llegar a los Cinco Reinos.

martes, 12 de julio de 2016

¡Hazte con todos!



- ¡Toma un caramelo, pequeño Timmy! ¿Es que no tienes hambre? - El hombre del frac agitó una barrita de chocolate ante sus ojos y la arrojó a la oscuridad de la camioneta.

Claro que Timmy tenía hambre, un hambre voraz. Tanta hambre que el estómago le protestaba por aquella barrita de chocolate aun con los 40 grados a la sombra y el penetrante olor a descomposición que flotaba en aquella calle.

Y es que no había probado bocado desde la noche anterior, cuando su hermano mayor descubrió que, sin querer, le había liberado su único Bellsprout del Pokemon Go. Tras darle un par de zarandeos y unos gritos que le hicieron llorar, le dejo muy claro que, si quería que le perdonase, debía ingeniárselas para conseguir otro.

Angustiado, Timmy apenas pudo dormir y se escapó de casa antes de amanecer, con sólo una botella de agua y una batería de recambio. Durante toda la mañana había recorrido las calles del barrio, llegando incluso a la zona de las casas viejas donde su madre siempre les tenía prohibido ir. Al medio día, con  el sol cayendo de plano, se refugió en un porche a pensar en que estarían comiendo en casa y si le echarían mucho de menos. Le entraron ganas de llorar, pero se contuvo y volvió a sacar el móvil.

- Por favor, por favor, por favor -musitó como un mantra mientras volvía a entrar al juego.
Y entonces ocurrió el milagro: apareció un Bellsprout salvaje en las cercanías, justo en el límite de su radar. Timmy se levantó de un respingo y alzó la vista para poder averiguar el mejor camino hasta su presa, pero la calle se extendía monótona, sin atajos ni callejones. Recorrió una y otra vez ambas aceras, buscando la forma de acceder al pokemon sin tener que colarse en ningún chalet ajeno. Finalmente se dedicó a seguir obstinado las pequeñas líneas del minimapa del juego, sin levantar la mirada de la pantalla, con la esperanza de llegar hasta algún acceso que no hubiera visto.

Tras un par de giros, el niño volvió a mirar a su alrededor para descubrirse en un callejón de acceso, que discurría por la parte trasera de unas casas viejas y con toda la pintura desconchada. Aunque era julio, el suelo estaba lleno de las hojas de los árboles cercanos, que habían crecido retorcidos y descuidados, con gruesas telarañas colgando entre sus ramas.

Al fondo del callejón, donde el juego le indicaba que se hallaba el pokemon, había una solitaria camioneta con un señor muy raro sentado al lado. El auto tuvo que estar pintado en su día con colores vivos y motivos circenses, pero el sol se los había comido hasta desdibujarlos y conferirles un tono lechoso y ocre, como los ojos de su abuela la última  vez que fueron a visitarla a la residencia.

El señor vestía un frac ridículo de tela plateada estampada con topos rojos y verdes. Saludó a Timmy con un brazo exageradamente largo y delgado mientras se ponía en pie, creciendo hasta más de los dos metros. El niño supuso que debía calzar zancos y llevar algún tipo de palos en los brazos -había visto a equilibristas parecidos la última vez que vino el circo al pueblo- aunque se preguntó como hacía para que los zancos aparentasen tener rodillas.

- Eres Timmy ¿Verdad? -Dijo la figura con una voz tintineante y musical-. ¡Te hemos esperado un buen rato, chico! Tenemos algo que podía interesarte.

Sin moverse del sitio, la figura alargó los brazos y abrió las puertas traseras de la camioneta. Una vaharada de aire acre y viciado recorrió el callejón, aunque dentro solo se alcanzaba a ver oscuridad. La alarma del juego vibró y, cuando Timmy miró su móvil, pudo ver que el Bellsprout se encontraba justo dentro del auto.

El niño avanzó vacilante, sin perder de vista al hombre alto. Ahora que se acercaba podía ver su cara: unos ojos ahusados, con nariz aguileña y un bigotillo fino y largo que le caía a ambos lados de la boca. El hombre no apartó la mirada ni dejó de sonreírle en  ningún momento, como si no fuera capaz de poner otro gesto que no fuera esa eterna sonrisa de actor de serie B.

El niño se detuvo a unos pasos de la camioneta. Ya no se oían pasar coches ni gente por la calle, solo un desagradable zumbido de insectos que le taladraba los oídos. La peste era cada vez más fuerte y le recordaba aquella vez que se encontraron muerto un gato que se coló en su sótano. Volvió a elevar el móvil y pudo ver de nuevo el Bellsprout dentro de la camioneta, aunque ahora que lo tenía cerca la imagen se veía llena de cortes y crepitaciones, como si el sistema fallase cuando apuntaba la cámara allí dentro.

Fue entonces cuando el señor del frac sacó la barrita de chocolate. Al arrojarla dentro el Pokemon protestó con un lloriqueo quedo, como si hubiera sentido el caramelo golpeándolo. Mientras lo observaba extrañado, Timmy creyó ver por el rabillo del ojo como los bigotes del señor se alzaban para frotarse entre sí, como dos patas negruzcas. El niño se volvió, asustado, y todo paso muy deprisa.

El móvil se le cayó en el forcejeo y quedó apuntando a la camioneta, grabando como sus pies se alzaban un palmo de la calzada mientras luchaba por zafarse. Luego se oyó un sonoro y húmedo crujido, como cuando muerdes una jugosa manzana chorreante de jugo, y sus piernas se estremecieron una última vez antes de calmarse pasa siempre, mientras un hilillo de pis le bajaba por una de las perneras. Luego el móvil se apagó.

Días mas tarde Peter llegó hasta allí cerca grapando los carteles de "Perdido" con la cara de su hermano. No había abierto el juego desde el día de la bronca tras la que Timmy se marchó de casa. Su madre no había dejado de increparle una y otra vez que era un puñetero egoísta, que era una vergüenza que un hombretón de 24 años tratara a su hermano de 12 así por un puto juego y que era culpa suya que ahora Timmy estuviera perdido; y Peter sabía que tenía razón.

La alarma del móvil sonó de repente indicando un pokemon cercano. Peter dejó la grapadora y los carteles en el suelo y abrió el juego, deseando olvidarse por un segundo de la desaparición de su hermano y el accidente de su padre. El juego le repetía incesante que se había encontrado con un Misigno. Peter sonrió, pensando que había dado con un Easter Egg interesante que postear luego en el foro, y preparó las pokeballs. Cuando se giró para apuntar al pokemon el corazón se le subió a la garganta y notó como  sus testículos se empequeñecían hasta esconderse en  su ingle. Los ojos se le empañaron de lágrimas por el miedo y el aire se le escapó de golpe, olvidándose de volver.

Delante de él estaba un cuerpecito retorcido que recordaba vagamente a su hermano. La cara estaba hinchada e irreconocible. De la cuenca vacía de uno de sus ojos salió un ciempiés que correteó por su rostro hasta esconderse en uno de los cortes abiertos en el cuello. Tenía los pantalones y calzoncillos mugrientos y bajados por los tobillos, dejando al descubierto unas piernas moradas y retorcidas, con una herida en la rodilla por la que se podía ver el hueso entre una nube de moscas. Su sexo estaba irreconocible, oculto por una maraña de sangre coagulada, pelo y musgo.

Pero lo que le permitió reconocerle fue la camiseta. Aún recordaba cuando fueron a comprarla, junto al nuevo móvil de Timmy, como premio por las notas. En la tienda les dijeron que era promoción por el lanzamiento. Había sido de colores luminosos y, aunque ahora estaba oscurecida por el tarquín y la sangre, aún se podía leer el lema: "Hazte con todos".

Peter tardó un poco en darse cuenta que no le hacía falta el móvil para poder verlo, pero ya fue demasiado tarde.