viernes, 19 de agosto de 2016

Los cinco Reinos

- Los Cinco Reinos han caído. – Musitó León.
- ¿Perdona?– Preguntó Sonia mientras se abrigaba con la manta.

León se incorporó sobre el banco y, con la mano del cigarro, señaló a los campos que se veían desde la colina.

- Toda esta zona, cuando yo era niño, aquel huerto de ahí, esa caseta... todo esto eran nuestros Cinco Reinos.
- ¿Y cuál era el de cada uno? – Sonia entrecerró los ojos, intentando adivinar fronteras entre la ribera, la pradera y las arboledas
- No, no era así; eran cinco porque cada uno de nosotros teníamos uno, pero yo un día era rey de aquella chopera, otro de este merendero.

León volvió a sentarse y dio una última calada antes de apagar la colilla contra la mesa de piedra. Se quedó pensativo un buen rato mientras Sonia removía la hojarasca con el pie.

- Comenzamos con eso un verano. Creo que fue un viernes cuando Nacho trajo el primer heroquest que vi en mi vida – metió la mano en la chaqueta y sacó el arrugado paquete de tabaco – Dios… ¡cómo quemamos el juego ese verano! Pilar llevaba el elfo y decía que era una princesa, aunque era bastante más bruta que el resto de nosotros. Luis y Quique se turnaban entre dirigir y llevar el bárbaro. Miguel siempre era el mago y yo el enano… ¡qué tiempos!

- No me creo que el enano fuera tu favorito – respondió Sonia riendo.
- A ver –respondió León entre caladas, encendiendo el pitillo -, me gustaba mucho, pero luego el hermano de Quique trajo el Dragones y Mazmorras unas navidades y eso ya fue genial.
- ¿También eras un enano?
- No, no…ahí siempre llevaba al paladín –León se tumbó sobre el banco y esgrimió la colilla como una espada- me encantaba, era como un caballero del rey Arturo
- Eso te pega más – Sonia se sentó con las piernas abrazadas, sonriendo.
- ¿En serio?… ¡gracias!

Quedaron de nuevo en silencio un buen rato. Cuando terminó el segundo cigarro León volvió a levantarse.

- Mira, ¿ves ahí? ¿aquella chopera?
- ¿Dónde? –Sonia estiró el cuello, evitando salir del calor de la manta.

León señalaba una pequeña arboleda que había vivido mejores tiempos, pero que ahora estaba llena del escombro de alguna obra del pueblo. Un tronco oscuro se elevaba, solitario y monumental, recordando que aquello no había sido siempre un vertedero.

- Ahí mismo, en ese roble seco, Pilar y yo escondíamos los tebeos que íbamos consiguiendo. Me acuerdo que a nuestros padres no les hacía ni puñetera gracia que nos pasáramos las horas muertas con ellos.
- Jolín…¿llegasteis a tener muchos?
- Pfff…varias colecciones, pero se echaron a perder un otoño que cayeron lluvias.
- ¿Se mojaron?
- ¡Qué va! Pilar escogió un sitio genial, ni una gota de agua pero… ¡acabaron llenos de moho y setas!

León y Sonia ríeron un rato y se quedaron mirando como se ponía lentamente el sol tras los montes. La luz del ocaso arrastró sus sombras más allá de la colina y comenzó a soplar una brisa fría que anunciaba la noche.

- A Quique lo sigues viendo ¿verdad? –preguntó de repente Sonia-, algún día se ha pasado por casa.
- Sí, de vez en cuando. Aunque solemos quedar en el local para echar partidas.
- ¿Y el resto?
- Bueno –León se frotó las manos para hacerlas entrar en calor- Miguel se fue a trabajar a Madrid, y con Pilar fui perdiendo el contacto.
- Pero vendrán mañana ¿verdad?
- ¿Al entierro? ¡Claro!
- Y a Luis, ¿lo echas de menos?

León acarició pensativo la piedra del merendero. En su cabeza, Luis y él aún tenían diez años y un verano infinito por delante, lleno de reinos que conquistar.

- Muchísimo–respondió al fin. Había comenzado a llorar sin darse cuenta.
- Lo, lo siento papá –exclamó Sonia azorada-. No quería…
- No pasa nada hija mía. Vamos –le tranquilizó León mientras se levantaba, cogiendo a la niña en brazos-, tu madre nos estará esperando en el hostal y mañana hay que madrugar.

Bajando la colina con su hija a hombros, León pensaba silencioso en todos aquellos días que parecían haberse esfumado de cuajo dejandole el alma vacía.

- Papá
- ¿Hmm?
- ¿Estás enfadado conmigo?
- ¡Por dios, Sonia!, claro que no. No has  hecho nada malo.
- Entonces ¿me seguirás hablando de los Cinco Reinos?

León se quedó mirando la cara de expectación de su hija. Sus ojos brillaban con la emoción por adentrarse en oscuras mazmorras en busca de tesoros y la fascinación de viajar por bosques lejanos y brumosos, llenos de elfos y magia. León sonrió de oreja a oreja.

- Claro que sí cariño.

Mientras volvían al pueblo, León comprendió que los Cinco Reinos nunca habían caído; seguían allí dormidos, como el mago Merlín o las doncellas de los cuentos, esperando que un viejo paladín o una joven princesa llegaran a descubrirlos.

Y aquella era una aventura que quería vivir, que debía vivir. Por todos aquellos que estuvieron, los que están y los que aún habrían de llegar a los Cinco Reinos.

martes, 12 de julio de 2016

¡Hazte con todos!



- ¡Toma un caramelo, pequeño Timmy! ¿Es que no tienes hambre? - El hombre del frac agitó una barrita de chocolate ante sus ojos y la arrojó a la oscuridad de la camioneta.

Claro que Timmy tenía hambre, un hambre voraz. Tanta hambre que el estómago le protestaba por aquella barrita de chocolate aun con los 40 grados a la sombra y el penetrante olor a descomposición que flotaba en aquella calle.

Y es que no había probado bocado desde la noche anterior, cuando su hermano mayor descubrió que, sin querer, le había liberado su único Bellsprout del Pokemon Go. Tras darle un par de zarandeos y unos gritos que le hicieron llorar, le dejo muy claro que, si quería que le perdonase, debía ingeniárselas para conseguir otro.

Angustiado, Timmy apenas pudo dormir y se escapó de casa antes de amanecer, con sólo una botella de agua y una batería de recambio. Durante toda la mañana había recorrido las calles del barrio, llegando incluso a la zona de las casas viejas donde su madre siempre les tenía prohibido ir. Al medio día, con  el sol cayendo de plano, se refugió en un porche a pensar en que estarían comiendo en casa y si le echarían mucho de menos. Le entraron ganas de llorar, pero se contuvo y volvió a sacar el móvil.

- Por favor, por favor, por favor -musitó como un mantra mientras volvía a entrar al juego.
Y entonces ocurrió el milagro: apareció un Bellsprout salvaje en las cercanías, justo en el límite de su radar. Timmy se levantó de un respingo y alzó la vista para poder averiguar el mejor camino hasta su presa, pero la calle se extendía monótona, sin atajos ni callejones. Recorrió una y otra vez ambas aceras, buscando la forma de acceder al pokemon sin tener que colarse en ningún chalet ajeno. Finalmente se dedicó a seguir obstinado las pequeñas líneas del minimapa del juego, sin levantar la mirada de la pantalla, con la esperanza de llegar hasta algún acceso que no hubiera visto.

Tras un par de giros, el niño volvió a mirar a su alrededor para descubrirse en un callejón de acceso, que discurría por la parte trasera de unas casas viejas y con toda la pintura desconchada. Aunque era julio, el suelo estaba lleno de las hojas de los árboles cercanos, que habían crecido retorcidos y descuidados, con gruesas telarañas colgando entre sus ramas.

Al fondo del callejón, donde el juego le indicaba que se hallaba el pokemon, había una solitaria camioneta con un señor muy raro sentado al lado. El auto tuvo que estar pintado en su día con colores vivos y motivos circenses, pero el sol se los había comido hasta desdibujarlos y conferirles un tono lechoso y ocre, como los ojos de su abuela la última  vez que fueron a visitarla a la residencia.

El señor vestía un frac ridículo de tela plateada estampada con topos rojos y verdes. Saludó a Timmy con un brazo exageradamente largo y delgado mientras se ponía en pie, creciendo hasta más de los dos metros. El niño supuso que debía calzar zancos y llevar algún tipo de palos en los brazos -había visto a equilibristas parecidos la última vez que vino el circo al pueblo- aunque se preguntó como hacía para que los zancos aparentasen tener rodillas.

- Eres Timmy ¿Verdad? -Dijo la figura con una voz tintineante y musical-. ¡Te hemos esperado un buen rato, chico! Tenemos algo que podía interesarte.

Sin moverse del sitio, la figura alargó los brazos y abrió las puertas traseras de la camioneta. Una vaharada de aire acre y viciado recorrió el callejón, aunque dentro solo se alcanzaba a ver oscuridad. La alarma del juego vibró y, cuando Timmy miró su móvil, pudo ver que el Bellsprout se encontraba justo dentro del auto.

El niño avanzó vacilante, sin perder de vista al hombre alto. Ahora que se acercaba podía ver su cara: unos ojos ahusados, con nariz aguileña y un bigotillo fino y largo que le caía a ambos lados de la boca. El hombre no apartó la mirada ni dejó de sonreírle en  ningún momento, como si no fuera capaz de poner otro gesto que no fuera esa eterna sonrisa de actor de serie B.

El niño se detuvo a unos pasos de la camioneta. Ya no se oían pasar coches ni gente por la calle, solo un desagradable zumbido de insectos que le taladraba los oídos. La peste era cada vez más fuerte y le recordaba aquella vez que se encontraron muerto un gato que se coló en su sótano. Volvió a elevar el móvil y pudo ver de nuevo el Bellsprout dentro de la camioneta, aunque ahora que lo tenía cerca la imagen se veía llena de cortes y crepitaciones, como si el sistema fallase cuando apuntaba la cámara allí dentro.

Fue entonces cuando el señor del frac sacó la barrita de chocolate. Al arrojarla dentro el Pokemon protestó con un lloriqueo quedo, como si hubiera sentido el caramelo golpeándolo. Mientras lo observaba extrañado, Timmy creyó ver por el rabillo del ojo como los bigotes del señor se alzaban para frotarse entre sí, como dos patas negruzcas. El niño se volvió, asustado, y todo paso muy deprisa.

El móvil se le cayó en el forcejeo y quedó apuntando a la camioneta, grabando como sus pies se alzaban un palmo de la calzada mientras luchaba por zafarse. Luego se oyó un sonoro y húmedo crujido, como cuando muerdes una jugosa manzana chorreante de jugo, y sus piernas se estremecieron una última vez antes de calmarse pasa siempre, mientras un hilillo de pis le bajaba por una de las perneras. Luego el móvil se apagó.

Días mas tarde Peter llegó hasta allí cerca grapando los carteles de "Perdido" con la cara de su hermano. No había abierto el juego desde el día de la bronca tras la que Timmy se marchó de casa. Su madre no había dejado de increparle una y otra vez que era un puñetero egoísta, que era una vergüenza que un hombretón de 24 años tratara a su hermano de 12 así por un puto juego y que era culpa suya que ahora Timmy estuviera perdido; y Peter sabía que tenía razón.

La alarma del móvil sonó de repente indicando un pokemon cercano. Peter dejó la grapadora y los carteles en el suelo y abrió el juego, deseando olvidarse por un segundo de la desaparición de su hermano y el accidente de su padre. El juego le repetía incesante que se había encontrado con un Misigno. Peter sonrió, pensando que había dado con un Easter Egg interesante que postear luego en el foro, y preparó las pokeballs. Cuando se giró para apuntar al pokemon el corazón se le subió a la garganta y notó como  sus testículos se empequeñecían hasta esconderse en  su ingle. Los ojos se le empañaron de lágrimas por el miedo y el aire se le escapó de golpe, olvidándose de volver.

Delante de él estaba un cuerpecito retorcido que recordaba vagamente a su hermano. La cara estaba hinchada e irreconocible. De la cuenca vacía de uno de sus ojos salió un ciempiés que correteó por su rostro hasta esconderse en uno de los cortes abiertos en el cuello. Tenía los pantalones y calzoncillos mugrientos y bajados por los tobillos, dejando al descubierto unas piernas moradas y retorcidas, con una herida en la rodilla por la que se podía ver el hueso entre una nube de moscas. Su sexo estaba irreconocible, oculto por una maraña de sangre coagulada, pelo y musgo.

Pero lo que le permitió reconocerle fue la camiseta. Aún recordaba cuando fueron a comprarla, junto al nuevo móvil de Timmy, como premio por las notas. En la tienda les dijeron que era promoción por el lanzamiento. Había sido de colores luminosos y, aunque ahora estaba oscurecida por el tarquín y la sangre, aún se podía leer el lema: "Hazte con todos".

Peter tardó un poco en darse cuenta que no le hacía falta el móvil para poder verlo, pero ya fue demasiado tarde.

jueves, 4 de febrero de 2016

Despertando

- Yaaaawn

El pequeño sergio que vive en vuestro interior se despierta y despereza. Vive alojado en vuestro cerebro, al lado de vuestro lóbulo temporal. Sí cerrais fuerte los ojos y os los frotais, le veréis trasteando con vuestros nervios opticos.
 
El pequeño Sergio es el que os susurra mierdas al oido cuando a un amigo le va bien y a vosotros no; también es el mismo que, cuando os vais a dormir, os comienza a hablar de angustia existencial. A veces se hace palomitas y os hace pensar que, si óleis a maíz quemado, quizás sea un tumor.
 
- ¡Dum dum dum!
 
El pequeño sergio se pasea por vuestras ideas desayunando los sueños, esos de los que ya no os acordaréis.
 
- ¡Ñaaaaa! ¡Jijiji!
 
Entre risitas, el pequeño sergio activa vuestras ansias homicidas. Le podéis echar la culpa si queréis, pero la verdad es que nadie os creerá.
 
- ¡Aaaa-puffff!
 
El pequeño sergio se deja caer sobre vuestra esponjosa materia gris, ha sido un rato muy duro de trabajo. Mientras, en el radiocasete de vuestras ansias homicidas, suena la canción que se os atascará todo el día en la cabeza.
 
Un día, el pequeño Sergio encontrará un pensamiento suficientemente retorcido. Lo usará como taladro y os trepanará el craneo desde dentro. Ese día volverá a ser libre y, aunque vosotros ya no viviréis para verlo, se meterá por la boca de algún ser querido mientras duerme para empezar de cero.
 
¡Es muy estresante ser el pequeño Sergio!

sábado, 16 de enero de 2016

Garabato I (La voz del páramo)

Me detuve cansado en lo alto de la loma y me senté sobre el recuerdo de un automóvil comido por el tiempo y la lluvia. A mi alrededor el páramo hablaba: su voz era el ulular del viento al bailar dentro de la oscuridad vacía de las casas vencidas, el quedo y ominoso crujir de la maleza omnipresente.

Cerré los ojos para que no me distrajera la luz del atardecer, ambar caprichoso que encantaba con las ilusiones de las vidas extintas hace siglos, para que no me distrajera del susurro de los fantasmas que danzaban en el viento invernal.

Conforme mi corazón -desbocado reloj de cuerda- se calmaba, la melodia de murmullos que me rodeaba fluyó hacia mí: unos mirlos en aquellas ramas; una liebre huidiza, oculta entre el follaje.
Finalmente escuché, allí donde los edificios se apiñaban contra la oscuridad del crepúsculo, la cacofonía de pasos y susurros de alguien o algo que emboscaba mi camino.

Abrí de nuevo mis ojos y, cuando el somnoliento sol dejó de cegarme, oteé hacia los lejanos edificios de los que el viento me advertía. Los ruinosos bloques se alzaban escuálidos y manchados, como un cadaver saqueado a la vera del camino y devorado por las rapaces. Apenas pude distinguír movimiento alguno entre las cuencas vacías de aquellos gigantes.

Resolví entonces tomar otro camino. Las ciudades ya no eran seguras para mí.

sábado, 5 de diciembre de 2015

Pleamar

Para mi el género negro (el noir, que llaman los Hipsters) no es exclusivamente policial: es una novela sobre lo sórdido de nuestro interior. Desde luego, una investigación policial es un buen punto de partida para el descenso a los infiernos personales, pero hay otros caminos tan válidos o incluso más.

Visto de esta manera se puede entender que, cuando me plantee escribir un relato para "Bruma Negra" (un certamen de novela negra de Plentzia y la revista Calibre 38), no llevase ideade ningun "juego de detectives". Aunque aprecio los giros de guión como cualquiera (¡soy fan de Doctor Who, por dios!), creo que el cluedo que se suele presentar en estos relatos distrae de lo verdaderamente importante.

No gané ningún premio; se presentaron escritores realmente buenos con relatos mucho mejores. Sin embargo, me quedé muy contento con el resultado. Os lo dejo aqui para que lo disfruteis.






PLEAMAR
A Roberto Malo, por todos los malos sueños.

La chica le sonrió antes de saltar al vacío.

Miguel frenó en seco y a duras penas pudo controlar el coche. Cuando se detuvo, salió corriendo hasta el borde de la carretera y miró hacia abajo.

El cuerpo se había despanzurrado contra el fondo del acantilado, salpicando las rocas de sangre. El vestido que llevaba, antes blanco y vaporoso, ahora estaba empapado de rojo y hecho jirones. Desde tan lejos parecía irreal, como si alguien hubiese tirado una vieja muñeca desmadejada.

El corazón de Miguel se desbocó y notó como el bocadillo del almuerzo se abría paso por su garganta. Reprimió las arcadas y, respirando profundamente, levantó la vista hacia el horizonte. El viento frio arrastraba nubarrones grises y el mar seguía bañando indiferente la costa. Por ninguna parte se veían casas o barcazas, ni ningún coche recorría la carretera.


-          Joder, joder, joder –gemía mientras volvía al coche- sabía que tenía que haber ido por la autovía.

Sollozando, llamó a emergencias. La policía llegó en menos de una hora.

Cuando cayó el crepúsculo, este encontró a Miguel en la vieja fonda de piedra. El edificio era señorial, pero distaba mucho de las fotos que había consultado días atrás en Internet. La luz, amarilla y titubeante, apenas iluminaba los sillones desconchados y los muebles cubiertos de polvo.

El encargado aporreó torpemente el teclado del ordenador para registrarle. Mientras, Miguel fue hasta una de las pocas ventanas abiertas de la salita para escapar del tufo a lejía que inundaba el sitio. Respiró el fresco y húmedo aire de la playa y se consoló a sí mismo.


-          Al menos –se dijo- no creo que  coja ninguna infección.

Cuando terminó el registro evitó hablar con el mastuerzo de recepción, que ya le preguntaba acerca del accidente con la chica, y subió directamente a la habitación. Una vez entró, arrojó el equipaje a una esquina y se sentó en la cama a oscuras.

La expresión de la chica antes de saltar le venía a la cabeza continuamente. Estaba seguro de que sus miradas se habían cruzado, que la sonrisa iba dirigida expresamente a él, que la chica le había dedicado ese salto de alguna forma.

El resto de cosas hasta llegar a la fonda –el interrogatorio de la policía, las ambulancias, la llegada al pueblo- las había hecho maquinalmente. Ahora que se había vuelto a quedar solo, la sonrisa de la joven acechaba en su recuerdo como la del Gato de Cheshire. Sabía que esa noche no podría dormir.

Se levantó angustiado de la cama y abrió la portezuela del balconcillo. Desde fuera, le saludó el murmullo de las olas y el susurro del viento entre los juncos de la playa. La luna bañaba de plata el paisaje, quieto y solemne. Miguel exaló profundamente, soltando toda la tensión de ese día de mierda. Esta tranquilidad, casi mágica, era la que perseguía al marcharse de Madrid.

Esa noche, el rumor del Cantábrico le arrulló. Durmió como un niño hasta que, al amanecer, le despertaron las gaviotas.

La mañana siguiente estuvo llena de actividad. Tras una ducha rápida y un desayuno frugal se lanzó a buscar el local por las calles empedradas del pueblecito. La blanca luz del día, el bullir de turistas y las risas del bulevar enterraron a la chica del acantilado muy profundo en su memoria.

Se perdió un par de veces por las callejuelas antes de llegar a la placita. Para entonces ya estaban los de las mudanzas esperando al lado de la persiana bajada. Pasaron todo el día trabajando, montando estanterías, pequeños muebles y un par de ordenadores.

Cuando se fueron los de las mudanzas, el sitio ya parecía una librería. Miguel fue montando el archivo de la tienda online conforme rellenaba los estantes de libros. Cuando acabó, apagó las lámparas que colgaban del techo abovedado y cenó sentado en el mostrador, iluminado sólo por un pequeño flexo. Estaba exhausto y feliz.

Entre tragos de cerveza, ojeó el periódico. Un festival en un pueblecito cercano, un concierto allí mismo dentro de unos días, una feria gastronómica… sus ojos se detuvieron en un artículo sobre dos turistas muertas, madre e hija. A la madre la habían encontrado degollada en un bosquecillo de abedules y la hija –presunta culpable- se había suicidado en los acantilados. 

La chica muerta emergió de su memoria, llevando de la mano a la otra desconocida. La prensa especulaba que la suicida estuviera loca y matase a su compañera. De repente Miguel ya no tenía hambre. ¿Y si la chica, en lugar de tirarse, le llega a pedir ayuda?, ¿y si luego le hubiera degollado a él en el coche?, ¿tenía suerte entonces que la chica se hubiera matado?

Se notó perder la calma y corrió a trompicones hasta la puerta. La abrió a la noche y se quedó un rato boqueando, apoyándose en sus rodillas. El aire estaba cargado de olor a mar y los murmullos de las olas. Cerró los ojos y se concentró en aquel susurro rítmico. Pronto las náuseas pasaron, el ardor del pecho desapareció y una profunda calma lo invadió por dentro.

Volvió a incorporarse, decidido a mantenerse frio. Esto era el inicio de su nueva vida y los ataques de pánico debían quedarse atrás. Sonrió a la oscuridad de la noche: lo estaba consiguiendo.


-          Disculpe señor –dijo una voz seca, cargada de acento-, ¿es usted quien se encontró a la chica esta mañana?

-          Errr… -titubeó Miguel. Dos hombres, de expresión ceñuda y rasgos hoscos, se le habían colocado al lado-, si ¿por?

-       Porque tenemos que hablar- Antes que Miguel pudiese responder, el alto le empujó dentro de la tienda mientras su compañero cuidaba que nadie les viera.

No vio los bates que llevaban hasta que no cerraron la puerta. De una barrida, el alto destrozó el mostrador, desparramando la cena y trozos del monitor por el suelo. El que vigilaba le espetó un par de frases cortas en algún idioma que sonaba al este de Europa.
Aprovechando el segundo de distracción, Miguel se lanzó hacia la parte de atrás de la tienda, tumbando un par de estanterías para poner algo por medio. Su perseguidor las saltó sin problema y le agarró del pelo antes que pudiera llegar a la puerta de atrás. Le derribó de un golpe en los riñones y, ya en el suelo, le metió dos patadas en el las costillas. Miguel vomitó la poca cena que había comido. 


-          ¡Dimitri, mira! –le dijo a su compañero en español, para que pudiera entenderles- este hijo de puta quiere huir.

-          Que cabrón. Dale en las piernas, a ver si puede correr así.

El ruso levantó el bate y descargó un golpe brutal contra las rodillas de Miguel. Intentó esquivarlo, pero solo consiguió que el golpe cayese en las pantorrillas. Una oleada de dolor tensó su cuerpo mientras chillaba. 


-          No chilles tanto, joder, que será peor - El tal Dimitri se acercó y le metió un pañuelo sucio en la boca-. Aquí, mi amigo Víctor te ira preguntando cosas. Y cada vez que no nos guste lo que respondas…

Le atizaron de nuevo con el bate, esta vez en la cadera. Miguel lloró de dolor e impotencia mientras se retorcía en el suelo. Los captores volvieron a hablar entre ellos en ruso y Dimitri volvió a vigilar la puerta.


-          A ver, chaval –le dijo Víctor con todo divertido mientras le quitaba el pañuelo de la boca-, ¿quién más sabe de las chicas?

-          ¿Las chicas? Está en el periódico, yo no sé…
 

Otro golpe. Este le fue a la mandíbula y casi consiguió que perdiera el sentido. Un montón de luces bailaron delante de sus ojos.

-          No nos tomes por gilipollas. ¿Quién, más, sabe, de, las, chicas?

-          En serio –lloriqueó Miguel- no tengo ni idea. Por favor, pa…
 

Arremetió en la cabeza. De repente el mundo le daba vueltas y la sangre le caía por la frente. Víctor se agachó y le miró de cerca, para comprobar que no lo había matado. Cuando le oyó sollozar se acercó a la oreja y le chilló.


-          ¡Habla ya, joder! ¿Qué cojones te dijo esa puta antes de saltar?
 

Miguel notó como su cuerpo se agarrotaba mientras un incendio le quemaba desde dentro. Unos terribles pinchazos en su pecho le ahogaban y su cráneo retumbaba al ritmo del pulso acelerado. El dolor dejó paso durante un instante a la fría consciencia, y comprendió que aquello no iba a acabar bien.

El ruso volvió a levantar el bate.


-          Han decidido no presentar cargos –le dijo Héctor hace seis meses.
 

Miguel, sentado al otro lado de la mesa de reuniones, se retorcía nervioso las manos. Sólo estaban ellos dos en la pequeña salita. En los últimos meses, Héctor había pasado de abogado a confesor y amigo.

-          Entonces –le respondió-, está todo bien… ¿no?

-          Si, bueno –Héctor se quitó las gafas y se masajeó la marca que le dejaron-, no exactamente. Hay condiciones.

-          ¿Condiciones? ¿Qué condiciones? Si les tengo grabados reconociendo que nos echaron sin razón.

-          Y esa es una. No quieren que te unas a la demanda colectiva ni que esa grabación aparezca rondando por ahí.

-          Pero… pero si me dijiste que grabándolos les teníamos por los cojones.

-          Ya pero, después de lo que pasó, tampoco creo que te convenga mucho sacar a relucir esa grabación.

-          Pero si tenemos razón, lo oíste claramente.

-          Lo sé, lo sé. Pero también sales tú agrediendo a tus superiores.

-          ¡Joder! –Miguel se levantó, encendido, golpeando la mesa con rabia-, ¡ellos me provocaron, copón! Yo simplemente reaccioné.

-          NO –cortó Héctor, secante y lanzándole una dura mirada-. Se reacciona con un improperio, igual que ahora. Lo que grabaste es cómo casi le escachas la cabeza a tu jefe con una grapadora. ¡Le han tenido que reconstruir el tabique! Y el de recursos humanos puede dar gracias porque solo le abriste la cabeza con una jarra.

-          Porque me pararon entre tres, que si no…

-          ¿Ves? ¡A eso me refiero! Tienes un problema serio con tu Ira. Lo del despido no te ha salido tan mal, pero te vas a tener que poner las pilas si quieres recuperar la custodia.

Miguel se derrumbó en la silla, derrotado. Héctor se pasó la siguiente media hora explicándole los términos del despido, nada malos si paraban ahí la querella. La agresión no quedaría por escrito  y su exmujer no la podría usar como arma arrojadiza.

-          Tal como lo veo –continuó Héctor- lo mejor para ti es alejarte de todo unos meses. ¿Sigues acudiendo al psiquiatra que te comenté?

-          Si –mintió Miguel. Las primeras visitas no estuvieron mal, pero la medicación del loquero le dejaba grogui y decidió no volver-, ¿por?

-          Porque, tal como lo veo, no tienes las cosas tan mal.

-          ¿Ni con el despido?

-          Para nada. Mira, tú solo desaparece un tiempo de Madrid. Sigue con tu tratamiento, vete a un lugar donde puedas relajarte. Quizás hasta puedas aprovecharte de este pellizco – dijo Héctor señalando los papeles del despido-. ¿No me decías que querías montar algo por tu cuenta?

-          Una librería online –comentó triste.

-          ¿Online? ¡Genial! Te vas y montas el local donde quieras. ¿No querías conocer Galicia o Cantabria? ¿Ver el mar? Te pasas allí unos meses, quizás un año. Luego vuelves como alguien nuevo, equilibrado… ¡a ver si Chelo te puede negar la custodia entonces! –cruzó la mesa hasta donde estaba su amigo  y le cogió del hombro-. Créeme, las cosas aún pueden acabar bien.

 -          Si –musitó Miguel mientras la sangre le empapaba la camisa-, las cosas aún pueden acabar bien.

-          ¿Qué dice este ahora? –preguntó divertido el ruso a su compañero.
 

Miguel se levantó como un resorte mientras Víctor miraba hacia la puerta. Le agarró de la cabeza antes de que este pudiera reaccionar, metiéndole los pulgares en sus ojos, y le echó todo su peso encima. Cuando cayeron sobre las espaldas del ruso notó un leve crujido, húmedo y desagradable. Los dedos se le habían hundido hasta el nudillo en las cuencas.

Mientras Víctor chillaba y pataleaba como una cucaracha boca arriba, Miguel agarró el bate y rodó a ocultarse entre las estanterías caídas. Entre las maderas, vio como Dimitri se acercaba corriendo y sacaba una pistola con silenciador. En cuanto lo tuvo a mano, emergió entre las maderas lanzando un golpe casi a ciegas.

Dimitri se cubrió a tiempo y el bate no le acertó en la cabeza, pero al menos envió la pistola a la otra punta de la tienda. Miguel intentó volver a golpearle, pero el ruso le agarró y lo golpeó fuertemente contra la pared. El bate se le cayó al suelo y la sangre, no sabía de qué herida, le nubló la vista.

El matón se montó a horcajadas sobre él, le rodeó la garganta con las manos y comenzó a estrangularlo. Miguel pateó el aire desesperado. Tanteó entre los libros caídos y la basura, buscando algo para golpear al ruso. Cuando ya se le oscurecía la vista, agarró un bolígrafo y se lo clavó en el primer sitio que pudo. Le acertó en toda la garganta.

La sangre comenzó a manar a chorro. Dimitri se incorporó, intentando tapar la herida con las manos, y Miguel aprovechó para zafarse. Agarró un trozo de estantería y le golpeó todo lo fuerte que pudo en la parte de atrás de la cabeza; el ruido le recordó al de una sandía al partirse.

En el instante de calma que sobrevino, Miguel miró a su alrededor: las estanterías caídas, los libros destrozados, sangre por todas partes y dos rusos –uno sin ojos y otro creía que muerto- en mitad de todo el caos. Al menos había acabado. Avanzó, torpe y dolorido, hacia Víctor, que aún lloriqueaba intentando levantarse. 


-          ¿Por qué? –le preguntó, abatido.

-          Tú sabes muy bien porque, hijo de puta.

-          No, la verdad es que no tengo ni idea. Y estoy cansado, muy cansado –Miguel dejó caer el madero ensangrentado y se dirigió al teléfono de pared-. Ya se lo contareis a la policía.

-          ¿A la policía? ¡Claro! Igual nos meten un tiempo en la cárcel y todo.

Miguel estuvo a punto de decirle que a la cárcel solo iría él, que su compañero seguramente fuera al tanatorio, pero se contuvo.


-          ¿Pero crees que con eso se habrá acabado? –continuó el ruso-, tengo colegas que irán a por ti y por tu familia. 
 

Se dio cuenta de que Víctor tenía razón y colgó el teléfono. No iban a parar hasta que él y su familia estuviesen muertos. La policía no podría ayudarles. Estaba jodido. Mientras el ruso se reía, bajó la mirada y se encontró la pistola de Dimitri. Dos tiros en la noche cortaron la risa de Víctor.

Encontró las llaves de un todoterreno en la chupa de Dimitri. Lo habían aparcado bastante cerca y en el lado más oscuro de la plaza, por lo que nadie vio a Miguel cargar los cadáveres en el maletero.

Cinco minutos después ya estaba en la carretera. Esa noche la luna estaba llena; más allá de los faros se deslizaba un mundo bañado de blancos y azules. Paró en el mismo lugar donde se encontró con la suicida y salió, permitiéndose el primer cigarrillo en más de seis años de abstinencia.

Miguel se aseguró de que nadie circulase por la carretera antes sacar los cadáveres del maletero. Los había envuelto en dos cortinas de la librería para que le fuera más cómodo cargarlos. Arrastró los fardos al borde del barranco y miró hacia abajo.

Había marea alta. Los cuerpos no se quedarían en las rocas, como la chica, sino que el mar se los tragaría y se los llevaría muy lejos de allí. Justo lo que necesitaba. Empujó los cadáveres con el pie, se zambulleron con un salpicar sordo, pero luego volvieron a flotar como troncos.

Preocupado, comenzó a plantearse bajar para recuperarlos e intentar otra cosa. Había visto en las películas que se ataban piedras para que se hundieran, aunque igual se quedarían en el acantilado cuando la marea bajase. 

Pero entonces, simplemente, el mar se los tragó. Sin ruido, los fardos desaparecieron de la superficie y no volvieron a verse. Miguel levantó la mirada y sonrió al océano, que le respondió rompiendo las olas contra la piedra. Aún le quedaba mucho por hacer, pero tenía un buen aliado. Definitivamente, las cosas aún podían acabar bien.

Cuarenta y ocho horas antes, Aia no estaba tan segura de ello. Su madre la había rescatado del prostíbulo hacía dos días y habían conducido sin parar hasta aquel pueblecillo. Pero los rusos las habían encontrado.

Su madre abrió le dijo que corriera, y eso hizo. Atrás, entre los abedules, oyó como los rusos le metían una paliza y luego el grito de su madre convertido en un gorgoteo. No miró en ningún momento.

Ahora iban a por ella. Sabían que iba a delatarles, que si hablaba con la prensa la policía les cerraría todos sus antros. No la dejarían escapar con vida.

De repente el bosque se acabó y cayó por un terraplén hasta la carretera. Al otro lado de esta, un acantilado y el mar. No había ningún otro lugar al que ir. A pesar de sus catorce años, Aia comprendió que no iba a tener ningún final feliz.

Le habían arrebatado todo lo que era, le habían destrozado la infancia, la ilusión e incluso la esperanza. Se asomó al acantilado, miró el mar -perpetuo, majestuoso, señor del horizonte- e hizo un pacto con él. Quería venganza.

El rumor de un motor le llamó la atención. Por la carretera desierta se aproximaba un coche viejo, sacado de un manual de autoescuela. A su volante estaba un hombre crispado, con la fuerza de las mareas en sus ojos. El pacto estaba sellado.

La chica le sonrió antes de saltar al vacío.