martes, 29 de marzo de 2011

El viaje VIII - Cambio de rumbo

Avanzamos por la playa, siguiendo los Adm a buen paso. Mientras nos adentrábamos entre las dunas Excessus continuaba explicando:
  • Cuando cerramos los portales pensamos que todo había cesado. Enviamos mensajeros a las ciudades cercanas para avisarles, pero al caer la tarde ninguno de ellos había vuelto. Ya de noche, nuestros vigías avistaron muchos monstruos pululando fuera de las murallas, más allá del alcance de nuestros arcos. Los seres permanecieron allí hasta el amanecer, y después desaparecieron como habían llegado.
  • Vamos -respondí, mientras intentaba seguir a su altura-, como en el resto de ciudades por toda Serveria.
  • Imagino, maese Piteas. En ese sentido habreis visto más que yo -admitió antes de continuar-. Al día siguiente aprovechamos para traer a todos los campesinos de fuera de Espaún a la ciudad.
  • ¿Y no hubo quien se negara? -preguntó Reshef.
  • Para nada, algunas granjas habían sido asaltadas por la noche, así que la mayoría lo agradeció. Al ocaso las puertas de la ciudad se cerraron y se dobló la guardia en sus almenas.

Tras la caminata, los cuatro llegamos a una gran hondonada excavada en la arena. Allí esperaban Osuspiro y Hazmat, al lado de una pesada losa que habían desenterrado. Los otros dos viajeros, subidos en las dunas cercanas, vigilaban los alrededores. Excessus se adelantó.
  • ¿Esta es? -Preguntó Excessus al pálido Hazmat.
  • Esta es -respondió el hombre-. Al fin la hemos encontrado.
  • Por fin -exclamó aliviado Phank-, la primera buena noticia desde hace tiempo.

Excessus nos presentó entonces a Osuspiro y Hazmat, los que nos habían salvado la vida la noche anterior, y estos nos contaron su historia.

Osuspiro era un mensajero que Espaún envió a Aleria, cruzando el desierto del oeste. A mitad de camino, los ataques nocturnos le obligaron a buscar protección en el caravansari de Shai-Hulud, donde se refugió junto a algunos viajeros y comerciantes. Y allí se encontró con el mago Hazmat, que había sido formado en el lejano Poniente en las artes oscuras. El hechicero había aprendido sobre Dart Lagg, los Monstruos y el lugar de donde proceden, y tras estudiar muchos años los vetustos tomos de la biblioteca de Atlantia, vislumbró un peligro oculto tras la red de portales.

Los portales son dos lugares de nuestro mundo atados mediante Lineas Ley; estas son las venas por las que fluye la energía del mundo y fueron tejidas hace mucho tiempo por el mismo creador. Aunque sus extremos tocan constantemente Serveria, las líneas se entrecruzan como hilos de plata a lo largo de otra realidad: un inconmensurable abismo vacío, sin luz ni sonido alguno, tan sólo interrumpido por sus apagados brillos argénteos. Este era el otro mundo que el Adm Bob había situado "al otro lado del espejo".

Pero en este desolado lugar es donde Darth Lagg tiene su morada, y el único hogar que conocen sus hijos, los Griefers. Nuestros constantes viajes repiquetearon en su silencio como campanillas en la noche, despertándo su atención y su hambre. Darth Lagg se valió de los portales para entrar Griefers en nuestra realidad, que se ocultaron entre nosotros bajo apariencia humana esperando el momento para levantarse. Eran los llamados durmientes y, cada vez que alguno de ellos usaba los portales, los corrompía allanando el camino para su maestro.

Para cuando quiso advertir de ello era demasiado tarde y el caos se había desatado. Los Adm actuaron pronto -deteniendo los portales y con ellos el grueso de la invasión- pero el mal ya estaba hecho e incluso las Lineas Ley quedaron corruptas. Aunque los monstruos ya no podían salir por los portales, al caer el sol aparecían por cualquier resquicio de oscuridad, teniendo en mente destruir todo cuanto encontrasen a su paso.

Pero también en el Vacío había una esperanza que podía salvarnos. Las leyendas hablaban de una caverna mítica, perdida en mitad del golfo de oscuridad y enredada entre las Lineas Ley como el oro se envuelve en las vetas. Un lugar titánico que una vez fue un palacio y donde, hace eones, se recogió todo el saber de Server: Mojang. Su biblioteca tiene una infinidad de salas, teniendo cada una grabado en su arcada el Nombre Verdadero de cada cosa que és, guardando en ella los tomos con sus Órdenes y Sellos. De tal manera que si se busca la sala con el Nombre correcto, se puede incluso encontrar el libro con las órdenes y sellos que sujetan a Darth Lagg.

Viendo la posibilidad de solucionar algo, Hazmat y Osuspiro reemprendieron el camino de vuelta a Espaún superando muchas celadas. Afortunadamente el mago poseía una sobrenatural intuición para con los monstruos, y esto les permitió llegar sin sufrir daño alguno. Cuando regresarón Hazmat les planteó la misiòn a los Adm. Era una locura casi suicidia, pero la alternativa era no hacer nada y dejar que los monstruos invadieran Serveria. Excessus y Phank -que se sentían responsables de lo ocurrido- aceptaron el riesgo. Hazmat iría para guiarles, y tres voluntarios de la guardia (el mismo Osuspiro, Dester y Blade) se sumaron para protegerles.

Salieron de la asediada Espaún a través de los caminos de Ferdulio -los primeros túneles de Espaún, que se comunican con todas las minas y cuya longitud nadie conoce con seguridad- volviendo a la superficie por una salida mas allá del devastado museo. Desde entonces viajaban siguiendo las señales de las estrellas, que les habrían de indicar donde se ocultaba la entrada a Mojang.

  • Y así llegamos hasta estas playas -dijo Hazmat mientras entreabría la losa. La oscuridad de su interior era plástica como el agua y pareció abrazar su mano, culebreando entre los dedos.
  • ¿Esto ha estado aqui todo el rato? -preguntó Reshef, sorprendido- ¿Siempre?
  • Si, astrónomo -respondió Hazmat sarcástico, más pendiente de la oscuridad que de nosotros-, las estrellas marcan este lugar... ¿y vos que las estudiais no os disteis cuenta?.
  • Tenemos que prepararnos -cortó Excessus, mientras miraba preocupado la oquedad bajo la piedra-, estamos cansados. Si de verdad pretendemos conseguirlo, necesitaremos toda las fuerzas que podamos reunir.
  • Excessus lleva razón –concluyó Phank- volvamos a la casa y descansemos hasta mañana; aún tenemos tiempo para preparar defensas y pasar seguros la noche.

Volvimos a la casa de Reshef, donde Dremin ya había despertado prácticamente curado de sus heridas -así de extraño y milagroso debía ser el ungüento de Hazmat-. Mientras los guardias organizaban defensas fuera, Dremin, Reshef y yo hablamos sobre lo que nos habían contado los Adm, las palabras del mago y la situación de Server. Los tres llegamos a la misma conclusión: debíamos ayudarles.

Y así se lo expusimos a Excessus que, para que mentir, se alegró de tener tres hombres más en el grupo.

viernes, 25 de marzo de 2011

El viaje VII - Malas nuevas

Dremin reposaba en una esquina de la casa; la cura de Hazmat parecía haber funcionado y, pese a que aún no había recobrado el conocimiento, las heridas habían parado de sangrar. Tras cambiarle las vendas y limpiar el emplasto, volví a la balconada, donde Reshef dialogaba con el tal Excessus.

  • Y entonces Bahía del sol ha sido asaltada... - Decía el astrónomo cuando llegué
  • Al menos la parte del coliseo, si. Incluso se puede ver la luz de los incendios desde Espaún.
  • Pero Espaún, la ciudad en si, ¿aguanta? - pregunté uniéndome a la conversación.
  • Cuando nosotros partimos, y de eso ya hace tres días, los monstruos ya habían entrado en la parte norte de la ciudad y parte de la muralla oeste. Las barricadas ahora aseguraban la zona alta y el puerto, pero es cuestión de tiempo.

Quedamos un momento en silencio, resistiéndonos a creer que en aquellos momentos pudiera estar cayendo la capital. Fuera, la calma de la mañana se había olvidado de los horrores de la noche: tan sólo se oían las gaviotas y el rumor de las olas.

  • Bueno, – renaude yo – si vos sois Adm de Espaún tendreis que saber algo de los portales ¿no?
  • De hecho, mi compañero Phank y yo éramos responsables de casi todos ellos.
  • ¿Y ninguno de ustedes sabe la razón por la que los portales dejaron de funcionar?

Excessus, que hasta ese momento apenas había levantado la vista de su té, me dirigió una mirada profunda y apesadumbrada.

  • Por supuesto que lo se, maese Piteas. Fui yo mismo el que los desactivó.

Reshef y yo nos quedamos congelados. A mi no me salían las palabras, me acordaba de todo el caos y los problemas con los que me había encontrado. Fue el astrónomo el que se atrevió a preguntar.

  • Pero... ¿Por qué?
  • Creo que lo habeis entendido mal, –Excessus suspiró y se mesó el pelo– el problema no es que estemos asediados porque los portales estén apagados.
  • Pero ¿habeis mirado a vuestro alrededor? -estallé- ¡A la gente que vive en esta misma costa le es imposible defenderse de manera organizada!¡Y como ellos la mitad de los pueblos!
  • Maese, calmaos por favor. -intentó mediar Reshef, mientras me sujetaba.
  • ¡No quiero calmarme! -le dije, mientras me zafaba para continuar enfrentándome con Excessus- ¡Las ciudades se quedan aisladas, algunas sin víveres!¿Y cual es el problema pues según vos?
  • Dejad que me explique –me cortó el Adm con un gesto– y de seguro lo entenderéis.

Lo que contó Excessus
Todo comenzó poco después del ocaso; esa noche no tenía vigilancia y estaba tomando algo en el Garfio de Oro cuando tocaron la campana de alarma. Alguien habían alertado de un ataque en el puente entre Museo y Ramaverde. En menos de diez minutos ya nos habíamos presentado la mitad de guardia y los Adm en la plaza del puerto, algunos cansados, otros recién despiertos, pero todos preparados para un posible asalto. 
Hicimos varios grupos, uno de los cuales tomaría un portal directo a la bahía Ramaverde, otro lo haría a Museo (para poder cubrir por el otro lado) y el resto acudiríamos corriendo a las torres del  portón este. Desde allí se dominaba el puente atacado, y podríamos dar cobertura con los arqueros. Para nuestra sorpresa, cuando llegamos a las almenas nos encontramos un panorama desagradable: la bahía entera bullía de zombis. 
Los compañeros que se habían teletransportado hasta allí los habían encontrado por todas partes. Les habían alejado del portal y los diezmaron en continuas emboscadas. La mayoría de supervivientes se habían hecho fuertes en el balneario, pero ahora estaban aislados fuera del alcance de nuestros arcos. Por su parte, en la zona de museo se alcanzaban a escuchar gritos y explosiones, aunque no discerníamos nada: la niebla del río evitaba que pudiéramos ver nada. 
Tras asegurar el portón este, unos cuantos hombres y yo volvimos al pueblo, tomamos unas barzacas, y rodeamos costeando la bahía para poder socorrer a nuestros compañeros en el balneario. Llegamos hasta las cercanías, y subimos usando una senda escarpada que daba a parar justo en la parte norte de donde estaban guarnecidos. 
Pos supuesto, nos encontramos varios zombis en el camino. Ibamos bien pertrechados para la batalla, pero no pude impedir que cayeran un par de hombres en una celada que los monstruos nos tendieron. Gracias al cielo, conseguimos rechazarles y hacia el portón, donde nuestros tiradores dieron buena cuenta de ellos. 
Socorrimos a nuestros compañeros atrapados; ordené que vinieran con nosotros los guardias que estaban en condiciones de combatir, y que los heridos volvieran a Espaún a través del portal para poder tratarles. 
Con la moral crecida, avanzamos en pequeños grupos coordinados, siendo ahora nosotros los que abatíamos a los zombis dispersos por las lomas de Ramaverde. El Adm Bob había lanzado un ataque a su vez desde el portón este, por lo que el perímetro seguro se había adelantado bastante de las murallas, y pudimos regresar a Espaún y organizarnos antes de medianoche. Sin embargo, los heridos que yo había mandando de vuelta no habían aparecido en la central. 
Esto nos extrañó sobremanera, así que Bob y unos cuantos hombres se quedaron en la estación de portales intentando averiguar que había pasado. El resto decidimos prescindir de usar los portales, por si los monstruos nos esperaban al otro lado, e intentar otro desembarco, esta vez en la orilla de museo. Partimos muchas barcazas, adentrándonos en la niebla del rio para poder descubrir asustados las ruinas del puente del Este. Había sido volado por creepers en casi todos los puntos, y tan sólo asomaban ahora del agua unas pocas columnas, estiradas como brazos de naúfrago pidiendo ayuda. 
Los primeros que llegamos a la costa distinguimos mas creepers entre la niebla, y avisamos al resto de que tuviesen cuidado; aún así algunos avanzaron contra nosotros. A pesar que derribamos bastantes a flechazos, uno de ellos llegó hasta las barcazas a nado, estallando  y hundiendo a varios de nuestros compañeros en el río. 
Desembarcamos en cuanto vimos un trecho de playa despejada y avanzamos por el sendero real en formacion cerrada, eliminando a cualquier monstruo que se nos acercase entre la bruma. Para cuando llegamos hasta Museo, la niebla comenzó a levantarse, y pudimos darnos cuenta que sólo quedaban ruinas y los cadáveres de nuestros compañeros. 
La mayoría de los hombres estaban demasiado atemorizados o furibundos para poder guardar formación, así que nos dispersamos, y fue cuando un grupo de jinetes de arañas aprovecharon para atacar desde el bosque cercano. Más mal que bien, nos pudimos refugiar entre las ruinas de Museo usándolas como parapeto, pero muchos hombres valientes murieron en aquella emboscada. 
En un momento de inspiración, Phank –el que ahora me acompaña en mi viaje- consiguió reorganizar a un grupo de hombres. Estos, usando viejos escudos del museo, avanzaron hasta la primera línea de árboles y prendieron fuego al bosque, matando así a muchos jinetes y poniendo en huida al resto. 
Nos replegamos, dejamos a unos cuantos a cargo de los heridos, y el resto batimos la zona por última vez en una búsqueda –infructuosa- de supervivientes. Cuando pasamos cerca de las ruinas del portal de Museo, me fijé en un detalle desconcertante, pero que me guardé hasta que pudimos volver a Espaún: si bien el portal de Museo estaba en ruinas, no quedaba ningún rastro de una explosión de Creeper cerca de él. El portal había sido derribado por nuestros propios hombres. Supuse que había sido algún último acto de heroísmo por parte de la guardia que, al verse rebasada, quiso impedir que los monstruos pudieran aparecer en la ciudad. 
Convencí a la mayoría de hombres para volver a Espaún, con la promesa de regresar a Museo la mañana siguiente para enterrar los cadáveres. Así reembarcamos de nuevo y llegamos hasta el puerto donde se agolpaba una multitud de ciudadanos. No habíamos aún terminado de atracar los barcos cuando un mensajero del Adm Bob ya me estaba dando las malas nuevas: habían vuelto a aparecer, casi de la nada, los monstruos invasores de Ramaverde. 
Las patrullas que dejamos cuidando el perímetro de seguridad habían sido sorprendidos. Sólo  una rápida intervención de nuestros arqueros les permitió replegarse hasta el portón sin sufrir apenas bajas. El Adm Skass, viéndose superado por la situación, había organizado una milicia ciudadana para complementar a la maltrecha guardia. Ordenó cerrar las puertas de la ciudad, declarándola sitiada, y colocó a la Guardia Alta de Ballesteros defendiendo el portón este. 
Quise ir a reforzar los hombres del portón, pero el mismo mensajero me instó a ir raudo a la central de portales, donde el Adm Bob me requería con urgencia. Phank y un par de soldados vinieron conmigo para escoltarme hasta la estación central, donde encontramos a Bob y un buen número de guardias custodiando la entrada. 
Bob y yó hablamos sobre lo que cada uno había descubierto. Le conté el estado de Museo, así como el sacrificio de nuestros hombres volando el portal, pero Bob entonces me abrió los ojos a lo que ya tenía que haber sospechado. Me contó como habían estado midiendo las runas Mod de cada uno de los portales, estudiando los cordones de oro etéreo que los unen a las lineas Ley, para descubrir que todos los portales apuntaban ahora hacia otro sitio. 
No supe entenderlo demasiado bien, pero me explicó que aunque el viaje entre portales ocurre durante un instante más corto que un latido, se atraviesa entretanto otro universo escondido en las esquinas del nuestro. Un mundo construido a partir de los rincones donde desaparecen las cosas, el otro lado de los espejos, y los abismos que separan nuestro propio espacio. 
No habían terminado aún de observar esto, cuando una oleada de seres había surgido por el portal de Valinor, acabando en segundos con un par de guardias que corrieron a interceptarlos. Abatieron los monstruos a flechazos, pero muchos más entraban en tropel por el portal y se vieron obligados a salir sellando las puertas. En ese momento se había dado la voz de alarma porque los monstruos acababan de volver a Ramaverde. 
Nos dimos cuenta entonces lo que habían comprendido nuestros compañeros caídos en Museo: los portales ya no eran seguros -¡y yo había condenado a nuestros heridos del balneario pensando que los enviaba de vuelta a casa!-. Además, cada poco rato manaban de ellos virulentas oleadas de monstruos cada vez mas violentos y osados. Teníamos que desconectar la red para parar esto. 
Phank, Bob y yo escogimos a los hombres en mejor estado para acompañarnos dentro de la estación, abrimos sus puertas y nos adentramos decididos. Dos guardias, que nos acompañaban portando grandes escudos, consiguieron hacer retirarse de la entrada a un copioso número de zombis que la ocupaban. Gracias a ello pudimos torcer hasta la escaleras al piso superior y subirlas casi a saltos. 
La planta superior parecía desierta, lo que no hizo mas que inquietarnos. Avanzamos raudos hasta la sala de control, pero en ese momentos salió de entre las sombras de los altos techos un ser abotargado, de blanco fantasmal y largos tentáculos. Aullaba como una plañidera y se cernía sobre nosotros, uno de nuestros hombres alzó su pica para atravesarle, pero el ser escupió una llamarada que iluminó la estancia, acabando con la vida del guardia y abrasando el brazo y la cara de Bob, que cayó al suelo. 
Phank y un arquero derribaron al ser y se quedaron junto a Bob mientras yo alcanzaba los controles de los portales. Fui desactivando las runas tán rápido como podía, pero a mis espaldas podía oir los gritos de los hombres al descubrir horrorizados como más monstruos surgían por uno de los portales del piso superior, que ni siquiera habíamos enlazado con otro. 
Cuando me quedaban pocas runas que anular, fuí derribado por un ser de los que habían aparecido: una caricatura de hombre de grandes ojos sin pupilas, y con una parodia de manos convertidas en afiladas garras. Conjuré fuego contra él, pero apenas pareció hacerle daño y se avalanzó sobre mi cuello para degollarme. Y lo habría conseguido de no ser porque un guardia atravesó de una lanzada su cabeza, dejándolo casi empalado en la pared de los controles. 
Aturdido, me levanté para ver como dos de aquellos seres habían dejado fuera de combate a Phank, y arrastraban hacia el portal de donde habían salido a Bob, que intentaba desesperado  aferrarse a los huecos entre las baldosas. 
Ordené al guardia que desactivase las runas, y me apresuré a intentar socorrer a Bob. Alcancé a los seres cuando casi estaban cruzando el portal, y me aferré a las manos de mi amigo para impedir que lo arrastraran con ellos. Los monstruos eran fuertes y forcejeé con ellos para salvar a Bob, pero cuando habían arrastrado mas de la mitad de su cuerpo por el portal mi amigo se zafó de mi para evitar que nos llevasen a los dos. 
No pude siquiera despedirme de él, ni siquiera decir una última palabra desesperada como en las historias. El guardia terminó el trabajo que le había encomendado y el portal se cerró tras mi compañero, dejándome grabada su cara de terror al comprender que se lo llevaban a donde jamás podría volver. 
Así que creo me entendereis, maese Piteas, cuando os digo que comprendo perfectamente cual es el riesgo que corremos todos. Al cerrar los portales las oleadas pararon, al menos esa noche, pero nos vimos aislados para avisar al resto de ciudades. Por desgracia el día fue apenas un respiro en el que aprovechamos para reconstruir lo caido: con la primera noche nos dimos cuenta que los monstruos seguían apareciendo, siguiendo las Lineas Ley, y en grupos cada vez mas numerosos
Excessus bebió de la taza, y quedó un rato largo en silencio, mirando a través del ventanal. Yo me sentía avergonzado por mi ataque de ira, y atemorizado ante lo que nos acababa de relatar. Los monstruos cada noche se levantaban mas fuertes, y ni siquiera estabamos unidos para hacerles frente.

  • ¿Y – dijo dubitativo Reshef – no hay ninguna solución? ¿Sólo el huir del epicentro de la desgracia?.
  • No os equivoqueis, astrónomo, –Excessus sonrió– no estamos huyendo, sino siguiendo la última esperanza que tenemos.
  • ¿Y en que consiste? -pregunté intrigado.

En ese momento, Phank llegó hasta la puerta de la casa, jadeante.

  • ¡Excessus!¡Lo hemos encontrado!
  • Perfecto Phank -dijo, emocionado, mientras se levantaba de la mesa-, ahora vamos.

Excessus salió de la casa y nosotros le seguimos, casi por instinto. El Adm se me volvió y me dijo:

  • Estáis a punto de verlo vos mismo, maese Piteas.

miércoles, 23 de marzo de 2011

El viaje VI - En la casa del astrónomo

Los primeros rayos del alba me despertaron antes que a mis compañeros. Aún tiritando por la enfermedad, me levanté del camastro donde había dormido. Ya había estado en casa de Reshef en alguna ocasión, asi que me tome la libertad de acercarme a la hornilla y comencé a hervir agua.

Dejé el cazo en el fuego y aproveché para comprobar mi equipaje. Era un completo desastre: lo que no estaba roto, estaba chipiado. Casi era un milagro que la caja de semillas para Norsk siguiera de una pieza. Mis flechas no habían corrido la misma suerte: la mayoría estaban partidas, y entre todas apenas pude obtener para un carcaj sano. La cecina, mi brújula y otros útiles habían desaparecido, perdidos en la atropellada huida.

¡Pero el té enano estaba intacto! Cuando el agua comenzó a bullir, la separé del fuego y verti unas cuantas cucharadas. Tras esperar unos minutos pude deleitarme con el aroma, que despertaba con sólo olerlo, y me acerqué taza en mano al ventanal a disfrutar del amanecer.

La casa de Reshef era también su observatorio, por lo que la pared que da al mar -y la mitad de su techo- eran de cristal enano. Eso hacía que los ocres y rojos de la alborada inundasen la estancia, abrigándonos con su calor. Cerré los ojos y, con el té calentandome las manos, me permití unos segundos de relajación.
  • ¿Ya despierto? - Preguntó Reshef, que en ese momento se levantaba de su cama.
  • Si... tienes té. ¡Lo traje desde Castro Cubum!
  • Bien, bien, bien – se embutió las babuchas y ciñóse la túnica.
Con cuidado de no despertar a Dremin –cosa que habría sido difícil, pues roncaba sonoramente en un rincón– el astrónomo se sirvió una taza y vino a hacerme compañía.
  • Bueno, –dijo, mientras se dejaba caer a mi lado– creo que contigo he hecho un buen trabajo.
  • Gracias, –musité– lo tuyo es realmente mágia. Ayer me estaba muriendo y hoy apenas me duele el pecho.
  • Magia, fé... y calmantes. Estas mejor Piteas, pero cuando se te pase el efecto sentiras como si te hubieran dado una paliza.
  • ¡Y nos la dieron! -reí- ¿Como esta Dremin?
  • Mal, pero mejorará. Te llevó a rastras un buen rato, y eso le dejo la herida bastante fea... por no hablar del vendaje de aficionado que le pusiste. -sonrió al decir esto último.
Permanecimos un rato en silencio, viendo como el sol trepaba hasta la cima de las montañas del este.
  • ¿Cómo estan las cosas por aqui, Res? -Le pregunté al rato.
  • Complicadas, -se desperezó– no hay quien se atreva a salir a la noche, así que sólo puedes ir adonde llegues en medio dia... nunca pensé en lo poco que era eso.
  • ¿La gente esta bien?
  • La zona tiene granjas, hay algún herrero, –señaló a la costa a través del ventanal– nos organizamos y la gente tiene lo justo para ir tirando.
  • No parece mala situación –entrecerré los ojos, intentando distinguir alguna casa en lontananza.
  • Lo es, Piteas. Ya van dos granjas que han sido atacadas por la noche. Y sin gente para contarlo.
  • ¿Muertos?
  • Todos: la gente, los animales... se hace raro; saludas a la gente sin saber si será el último día que les veas.
  • Ya...
Acabé el té y fui a rellenar mi taza. Mientras tanto, Reshef se enrolló el turbante y aprovechó para examinar de nuevo a Dremin. Cuando regresaba hacia el ventanal, el dolor y el frio me golpearon el pecho y apenas pude mantenerme de pie. Me senté en mi camastro y me cubrí con la manta.
  • C-c-creo que se pasan los calmantes, Res.
  • Ya voy, ya, –el astronomo cruzó la habitacion y me dio una gruesa píldora negra– traga esto con el té.
Respondí con un gruñido mientras engullía la medicación. Reshef me miraba fijamente.
  • ¿Realmente teníais que cruzar el monte?
  • ¿Que preferías? -repliqué- ¿que hubiéramos ido cerca de Espaún, con todos esos bichos sueltos?
  • ¡Sabes a lo que me refiero Piteas! Nadie se aventura más allá de la esquina, y a vosotros dos os da por hacer de mensajeros por medio mundo.
  • Es trabajo
  • ¡También sería trabajo si hubieses ido a Sosaria, o a Drakendem!
  • Es grano, Res. Llevo grano a Norsk, que se muere de hambre.
  • No me seas ahora salvapatrias. Todo el mundo va mal, y todo el mundo se las arregla. ¿Y si ni siquiera quedase ya Norsk?
  • No digas tonterías...
  • ¿Tonterías? Estamos a dos días de Espaún y no sabemos absolutamente nada. ¡Espaún podría ya no existir, y ni nos habríamos enterado! ¿Y crees que es tontería que Norsk haya sido arrasada?
  • Res, te lo agradezco, en serio, pero ya no trabajamos juntos. No me hace falta que seas la voz de mi conciencia.
La conversación se enfrió de repente, como mi té. Ambos estábamos un poco incómodos.
  • Al menos, –reaudó Reshef-  esperad a estar recuperados para continuar. No me haría ni pizca de gracia haberos salvado la vida para que os suicidéis.
  • Descuida, aunque no quisiera –me tapé mejor con la manta para ganar calor– tampoco podría ir muy lejos.
Dremin durmió todo aquel dia, sólo despertó a la noche para cenar algo de sopa de setas caliente. Bromeó algo sobre el combate del bosque, pero enseguida volvió a quedarse dormido. Entretanto, Reshef miraba preocupado a través del ventanal. Con su telescopio, ahora reutilizado como catalejo, oteaba las costas, el resto de casas, quizás algún grupo de monstruos que hubiera atisbado...
  • ¿Y no han venido hasta aquí?
  • ¿Uh? -dijo, sin dejar de mirar por el telescopio
  • Los monstruos. ¿No han venido hasta aquí?
  • Si, si, si –respondió atareado– pero siempre grupos pequeños, no me parece que les gusten las zonas tan abruptas como esta.
  • Res, vives en una playa rodeado de dunas bajas; esto no es abrupto
  • Bueno –contestó ya algo molesto– pues a eso me refiero, a que no les gustan las dunas.
Al día siguiente Dremin pudo levantarse e insistió en ayudar a Reshef en cualquier cosa para agracerselo. El astrónomo nos explicó que de día la zona era segura y, ya que habíamos gastado bastantes víveres, podíamos ayudarle con los trueques en las granjas cercanas.

Emprendimos ruta por la fria playa, repleta de matas altas. Fuimos de granja en granja, trocando medicamentos de Reshef por comida o herramientas, e incluso cambiando algo de especias o té del que nosotros mismos habíamos traido.

Pronto nos dimos cuenta que a la gente le alegraba nuestra presencia, el que hubíeramos cruzado tanto trecho trayendo noticias les devolvía algo de esperanza. Una mujer nos preguntó por su hijo, guardia en Drakenden y el herrero, que era de las tierras de los enanos, se interesó por como seguía Castro Cubum... todos ellos agradecieron saber que esos sitios aún perduraban.

Al medio dia llegamos al caseron de dos hermanos, amigos de Reshef. Estaban refugiados allí, junto a la mujer y los hijos de uno de ellos, y preparaban defensas por si los monstruos intentaban asaltarles. Ayudamos a montar parapetos y cerrar ventanas, y ellos nos invitaron a comer agradecidos.

La comida fue, de lejos, la mas agradable que había tenido desde que salí de Valinor: comímos carne y cebollas a la brasa en el jardín, bajo un cálido sol de otoño, e incluso descorcharon un buen vino para agasajarnos. Cuando terminamos, y los niños entraron a jugar dentro de la casa, Dremin y uno de los granjeros encendieron sendas pipas y hablamos de los ataques nocturnos.

Nos contaron que cada día iban a más y que ellos se resguardaban en los pisos altos, haciendo guardias por turnos para evitar que nadie entrara a la casa. La mujer nos confesó que la noche anterior incluso había oído algarabía en otra granja cercana, pero que ninguno de ellos se había atrevido a ir.

Tras darles las gracias, regalarles algunos presentes por su hospitalidad, y aconsejarles que siguieran siendo tan cautos, nos marchamos. Al volver Reshef pidió que nos desviásemos algo del camino para poder ir hasta la granja de la que había hablado la mujer.

Nos adentramos en las lomas, alejándonos de la playa, y cruzamos un maizal de espigas largas y retorcidas. Antes incluso de salir al claro de la casa, una tenue columna de humo y olor a carne quemada vaticinaban lo peor.

En mitad del claro sólo quedaban ruinas chamuscadas de lo que había sido una casa. Entre los maderos ennegrecidos distinguimos algun cuerpo asaeteado por flechas negras. Tal y como había dicho Reshef, hasta los animales de granja estaban muertos.

El astrónomo se quiso quedar para poder enterrar a los muertos, pero ya caía la tarde y no nos apetecía nada pasar la noche al raso tras haber visto aquellos restos. Le prometimos acudir al día siguiente y sólo asi accedió a volver.

Regresamos en silencio, inquietos ante la sensación de ser prisioneros de la noche. Como habíamos quedado impresionados por el ataque a la granja, le sugerímos a Reshef dormir a turnos a partir de entonces para poder estar prevenidos.

Mi primer turno pasó tranquilo, aproveché para otear con el catalejo de Reshef pero ni siquiera en la costa se veía movimiento. Cuando Reshef me relevó, me dormí con la idea de que las guardias había sido una pérdida de tiempo y esfuerzo. Al rato Dremin me despertó sacudiéndome.
  • ¿Que? ¿Dremin?
  • Despertad al astrónomo ¡En silencio! –me susurró al oído
  • ¿Que sucede? -pregunté nervioso mientras  me levantaba.
Dremin se limitó a señalar la puerta de la casa: una multitud de zombis la empujaban y arañaban.

Desperté a Reshef, que se asustó bastante al ver a la horda de muertos. Nos pusimos unas pecheras de lino endurecido –que aún guardaba Reshef de nuestros viajes– y recontamos lo que teníamos.

Yo aún tenía el arco, pero entre las flechas que Reshef guardaba en casa y las mías apenas reuníamos tres carcajs. Reshef aún poseía su pistola de dos cañones, pero era lenta de cargar y sólo le daría para dos disparos antes que entrasen; luego tendría que luchar con su sable (y no es que se manejara mal con él, pero siempre es peligroso luchar cara a cara con un zombi).

Sin embargo, Dremin era un arsenal andante a pesar de haber perdido la mitad de su equipaje. Antes de despertarme se había ceñido dos pequeñas hachas arrojadizas a la espalda, una espada corta al cinto y, mientras Reshef y yo nos preparábamos, escogió de su petate un pesado martillo de guerra.

Pasado el primer susto, pensamos en taponar la entrada con un cofre para que resistiera los empentones, cada vez mas fuertes, y así esperar a que el amanecer hiciera desaparecer a los muertos. Le comentamos a Reshef la posibilidad de subir al techo para estar mas seguros, pero se puso lívido y nos explicó con angustia que a la parte superior se accedía por unas escaleras desde fuera de la casa.

Maldije nuestra suerte, pues ya oíamos a los zombis trepar hacia la parte de arriba, y sería cuestión de tiempo que llegaran y quebrasen el cristal. Dremin, mientras tanto, se asomó por las ventanas y juzgó la situación.
  • Veo unos veinte, quizás cinco más con los que estan trepando. No he visto llegar a ninguno desde hace rato, así que no creo que haya más cerca. -dijo.
  • Bien, ocho a uno, seguimos bastante mal –respondió Reshef.
  • No del todo, astrónomo. Ellos son bastante mas lentos, y creo que podemos intentar dividirlos.
  • ¿Y si hay arqueros? -pregunté acordándome de la celada en la tierra de los enanos
  • Ya nos estarían atacando, habrían prendido fuego a la casa hace rato.
  • ¿Y entonces que proponeis Sir Dremin? -dijo mi viejo compañero.
  • Piteas no es mal tirador, y ellos son muy lentos trepando. Abrimos la puerta, la limpiamos de un disparo –señaló la pistola- y salgo yo abriendo camino, con Piteas detrás y vos defendiéndoos en el dintel. ¡No pongais esa cara! ¡Sólo os vendrá uno de vez y será bastante fácil rechazarlos!.
  • ¿Y entonces?
  • Entonces Piteas les descarga todas las flechas que pueda, aunque vayan hacia él tendrán que trepar las dunas... y ellos son mucho más lentos que vos –me señaló Dremin-. En todo caso, nos habremos cargado a un tercio en la salida, y cada uno combatirá en terreno mucho mas propicio. Y en el peor de los casos, siempre podéis replegaros mientras os cubro.
La idea no era la más brillante que había oído, pero era mejor alternativa que quedarnos allí esperando que los monstruos rompieran el techo. Apartamos el baúl, tomamos aire y abrimos la puerta. Casi al instante, dos zombis lucharon para entrar a la vez por el dintel, quedándo casi atascados.

Durante un segundo quedamos congelados, pero Reshef disparó la pistola, abatiendo a los que intentaban entrar. Las dos detonaciones nos devolvieron a la acción. Dremin salió gritando como un poseso, sujetando el martillo como un ariete y empujando fuera de mi camino a varios zombis. Salí corriendo arco en espalda, ignorando las manos descarnadas que me arañaban a diestro y siniestro, para alcanzar la cima de las dunas tal y como habíamos acordado.

Tropecé con un zombi alejado del resto que me tiró al suelo y estuvo a punto de atraparme, pero una de las hachas arrojadizas de Dremin le destrozó la cabeza, y pude esquivarlo mientras su cuerpo caía inerte al suelo. Escuchaba al caballero bramando tras de mí, abriéndose paso hacia la escalera lateral de la casa

Agarrándome a las hierbas altas, trepé agachado y resbalando por la arena, temiendo que en cualquier momento la duna se desmoronase. Al llegar a la cima saqué mi arco, lo cargué, y gaste prácticamente medio carcaj en abatir a todos los zombis que me intentaban seguir duna arriba.

Afianzada mi posición, me arrodillé para apuntar mejor y comence a disparar mas calmado, evitando gastar demasiadas flechas. Así conseguí al menos apoyar a Reshef que, envalentonado, había incluso salido un par de pasos del dintel sajando monstruos.

Cuando comenzaba a pensar que el plan al final podía haber funcionado, oí a Dremin alertarnos desde el lateral de la casa. Un grupo de monstruos, salidos de entre las arenas, le había acorralado. El caballero luchaba ya sólo con la espada corta, pero eran demasiados y distinguí como caía abatido.

No pensé en lo que podía hacer, sencillamente salté de entre las hierbas y, descargando una y otra vez mi arco, fui avanzando hasta el cuerpo del caballero. Algún zombi me salió al paso, pero Reshef ya había recargado su pistola, y me cubrió mientras corría hacia Dremin.

Cuando llegué al cuerpo de mi amigo, el grupo de zombis se habia dispersado; guardé mi arco y le intenté arrastrar hacia la casa por si podíamos hacer algo por el, aunque entre las heridas viejas y nuevas el pobre estaba malherido.

Reshef me gritó algo entonces, yo levante la mirada y pude ver como dos monstruos se me echaban encima sin que pudiera evitarlo, Empuñé la espada ensangrentada de Dremin, en un intento de parar sus mordiscos, pero sabía que de poco iba a servir.

Sin embargo, en ese momento uno de los zombis perdio la cabeza –literalmente– y el otro cayó partido por la mitad. Tras ellos, un caballero de brillante yelmo, armado con dos espadas, estuvo a punto de seguir la matanza con nosotros, hasta que se dió cuenta de que éramos humanos.
  • ¡A la casa y rápido! ¡Vienen más! -dijo el caballero, señalándo la casa de Reshef con una espada.
  • La casa no es segura –intenté explicar atropelladamente– el techo es de...
  • ¡Da igual! ¡A la casa he dicho! -me cortó abruptamente– Hazmat, ayúdame con esto.
El hombre enfundó las espadas para agarrar a Dremin de los tobillos y ayudarme a llevarlo hacia la casa. Detrás suya, un pálido hombre vestido con negras túnicas le cubría la espalda, despachando estilete en mano a un zombi que intentaba atacarnos.

Cuando llegamos a la casa me sorprendí de ver a cuatro viajeros dentro junto a Reshef, pero mi cabeza estaba demasiado ocupada para hacer preguntas, y metí a Dremin ayudado por el caballero. Cuando cruzamos el dintel, el hombre pálido se dirigió al marco de la puerta y vertió unas gotas de oscuro líquido en el suelo, para luego volver hacia nosotros
  • ¡La puerta! - exclamé.
  • Esta mas segura ahora que cerrada –dijo el hombre sin mirarme siquiera, se arrodilló a mi lado y puso las manos sobre las heridas de Dremin.
  • ¿Cómo lo veis Hazmat? -Le preguntó el caballero de las dos espadas, mientras se quitaba el yelmo.
  • No lo sé Osuspiro. Su cuerpo esta mal, muy mal –le respondió el hombre de negro. De entre los pliegues de su túnica sacaba algunos frasquitos, para irlos oliendo y rechazando como buscando el adecuado.
  • Pero... quienes son ustedes –acerté a preguntar.
  • ¡Este es! -dijo Hazmat al oler un frasco de cristal azul. Seguidamente volcó el polvo que contenía sobre las heridas de Dremin, que se retorció de dolor.
  • ¡Maldito! -intenté golpear al extranjero, pero uno de los viajeros que ya estaba dentro de la casa  me agarró el puño.
  • No, dejadle hacer. Si alguien puede salvar a vuestro amigo es él. - me dijo.

Miré desconcertado al viajero; llevaba ropas de viaje, pero decoradas y con capa bordada. No era un mendigo ni tenía pinta de salteador, pero tampoco parecía un guerrero. Bajé el brazo.

  • ¿Quien sois? - pregunte desafiante.
  • Soy Excessus, Adm de Espaún.

martes, 22 de marzo de 2011

Panyee Club de Fútbol

¡Basado en hechos reales!

Tailandia - 1986. En Koh Panyee -una aldea flotante sin apenas tierra firme- un grupo de niños deciden crear su propio equipo de fútbol, pese a las burlas de sus vecinos.

¡De una molabilidad semejante a los anuncios de cocacola!


Visto en Yonkis.com

lunes, 21 de marzo de 2011

El viaje V - Mons Cayvm

El cielo comenzaba a clarear cuando salimos de las tierras de Dremin. Partimos en barcazas, costeando el mar interior y remontando el rio Cayvm hasta donde pudimos. El sol nos encontró echando el pie a tierra, en las estribaciones del monte.

La vegetación aquí se nos antojaba exuberante. Las hayas, los pinos y los arbustos crecían frondosos y retorcidos, tanto que sólo podíamos subir por los caprichosos senderos que creaban los arrollos durante el deshielo.

Muchas veces, ante una encrucijada, tomábamos un camino para luego, tras un recodo, ver como quedaba ciego por la vegetación, o moría en una fuente; y entonces desandábamos el trecho para volver a probar suerte.

Pese a que nos retrasó bastante avanzar por semejante laberinto, íbamos descansados y ligeros. Gracias a ello, emergimos de las faldas boscosas del Mons Cayvm sin que fuera aún media mañana, y así llegamos hasta sus empinadas laderas, ahora apenas salpicadas de elegantes abetos.

Subíamos por territorio virgen, así que decidimos tomar un descanso, recuperar fuerzas con el especiado té enano y decidir cual sería el mejor camino para alcanzar la senda de los Lagos Altos. El día había salido claro y, en aquella inmensidad, nuestra vista dominaba toda la costa norte del mar interior: las insular Baronía de Dremin se veía cercana, y aún distinguíamos, pequeño en la lejanía, Castro Cubum.

Reunidas fuerzas, emprendimos la subida por una ladera suave, pero cubierta de gravilla –la cual nos dió más de un susto al hacernos resbalar. Pronto nuestros pasos nos llevaron a la orilla de un rio, que bajaba fuerte y decidido la montaña y nos habría de guiar hasta los Lagos. Remontando este cruzamos un ultimo paso entre peñascos y... habíamos llegado.

A nuestro alrededor ya no crecían árboles; en su lugar, una corta y espesa manta de hierba cubría todo el suelo, agarrándose a la tierra y confundiéndose con el liquen sobre las rocas. Frente a nosotros, con una bullente cascada, nacía el río que nos había guiado en un ibón que parecía contener un trozo de cielo.

Bordeando este lago cruzaba la senda que veníamos buscando, señalada tan sólo por pequeños cairns a cada trecho y valiéndose de precarios troncos para cruzar por encima de los arrolluelos. Nos incorporamos a ella animados, pues el camino sería algo más llano y seguro a partir de ahora, pero en este lado del monte el tiempo comenzó a empeorar por momentos.

Las nubes se agolparon a nuestro alrededor -algunas de ellas a ras de suelo, como una niebla fría y molesta- y apresuramos el paso para evitar que una tormenta nos sorprendiera allí desguarnecidos. Caminábamos taciturnos y embozados en las capas de viaje, cuidando el paso para no caer a los arroyos de aguas heladas, cuando las nubes se despejaron un poco y pude ver, a unos metros de nuestro camino, un gigantesco palacio de hielo surgir de uno de los lagos.

Quise acercarme a verlo de más cerca, pero Dremin me instó a seguir caminando, pues en las tierras de los enanos se oían extraños cuentos acerca de viajeros que se habían adentrado en esta senda y, llamados por las maravillas de la montaña, jamas habían vuelto. Además, ya se oían en la lejanía rumores de truenos, y para mi la tormenta en ese lugar era un adversario mucho mas temible que cualquier leyenda.

Sería media tarde cuando encontramos una de las sendas que descendían de los lagos hasta la cara oeste del MonsCayum. Esto era tierra conocida para mi, por lo que recobré fuerzas y optimismo. Descendiendo por una pista bien marcada y en muy poco tiempo, volvimos a estar al abrigo de un bosque de abetos, casi a la vez que comenzaba a nevar copiosamente.

Pese a que no había llegado todavía el anochecer el día se oscurecía por momentos, así que apretamos el paso para llegar pronto al refugio de Maese Trevas. Bendije al cielo cuando los árboles se separaron para dejarnos ver, unos metros por debajo, el claro y la casa de mi amigo el escultor. Seguro de llegar por fin a un refugio, caminé decidido hacia la puerta de la casa, cuando sir Dremin me agarró de un brazo y me apartó a un lado del camino.

  • Cuidado, Maese
  • ¿De qué? Trevas es un amigo, no os preocupeis por eso. No creo que le importe que hagamos noche.
  • No hablo de eso Piteas – me cortó, mientras señalaba a la puerta de la casa, levemente entreabierta. No se distinguía luz dentro, pero un murmullo incesante delataba habitantes.
  • ¡Genial, hay gente! Quizas han estado de caza y acaban de... – me detuve al instante, mientras un escalofrío recorría mi espalda.

Y es que entonces pude distinguir como un Creeper, con sus tristes y muertos ojos, salía de la casa de Trevas. Dremin me instó a ocultarme mejor entre el brezo: cansados, cargados y medio congelados, éramos presa fácil para el monstruo.

Permanecimos escondidos hasta que el Creeper marchó del claro. Como el rumor de voces seguía oyéndose, nos acercamos sigilosos a la casa para otear su interior, pensando que quizas habría alguien atrincherado contra los monstruos, o tal vez algún herido.

Para mi sorpresa, y a pesar de que la nevada ya era copiosa, la puerta y los ventanales estaban abiertos, y a través de ellos se podía distinguir un grupo de gente vestida en harapos, caminando arriba y abajo del salón mientras parloteaba sin parar.

Conforme el ocaso convertía los bosque del MonsCayvm en una boca de lobo, la oscuridad se iba adueñando del interior de la casa, pero los hombres no paraban su continua charla a pesar de no haber encendido ninguna lumbre. Como locos, balbuceaban sin sentido, caminando de un sitio a otro, tropezando con los muebles y hablando con el aire.

Alguno de nosotros rompió una pequeña rama, y el rumor de la gente cesó al instante. Dremin y yo nos encogimos en la oscuridad que ya reinaba en el claro, seguros de que no nos verían. Pero, al tenue contraluz, distinguimos que aquellos hombres comenzaron a olfatear, como lobos buscando el rastro.

Uno de ellos miró donde estábamos, y se me heló la sangre en las venas. Los inmensos y sobrecogedores ojos de aquel ser -pues de seguro no era humano- brillaban sin pupilas en la oscuridad. Nos señaló con un dedo huesudo y, abriendo una boca llena de afilados dientes, chilló en nuestra dirección.

Dremin y yo nos precipitamos a la espesura, poniendo tierra por medio. Detrás nuestra escuchamos algarabía y atropellos: los seres se agolpaban para intentar salir por la ventana y darnos caza.

Corrimos al límite de nuestras fuerzas, siempre ladera abajo. No puedo recordar bien cuanto tuvo que durar aquella huida entre la inmensidad del bosque, pero se me hizo eterna y espantosa. Los árboles, que hasta hacía poco habían representado un abrigo ante la tormenta, eran ahora un laberinto lleno de susurros y oscuridad.

Al cabo de un buen rato, a punto de caer extenuados, llegamos a las ruinas cubiertas de nieve de algúna pequeña capilla, perdida en el bosque. Dremin, a sabiendas de que no podríamos seguir a ese ritmo mucho tiempo, me sugirió defendernos en ella, pues aún parecía conservar el piso superior en pie (aunque sin techo que nos sirviese de cobijo).

Entramos apresurados, comprobando que podíamos subir hasta la parte de arriba con facilidad, y preparamos unas improvisadas defensas. Con unas piedras cercanas obturamos el acceso desde
 la parte baja a la alta, y ayudé a Dremin a colocarse una cota de cuero blando por si llegábamos a las manos.

Desde el segundo piso, ocultos entre las copas de las hayas, podíamos distinguir como aquellos seres iban llegando hasta las ruinas y rodeaban el templo buscando algún lugar por donde atacar. Dremin encendió una antorcha y la arrojó lejos, iluminando un grupo de monstruos agazapados, que chillaron amenazantes. Disparé de seguido una andanada de flechas hacia allí, y di seguro en el blanco, pues los chillidos dieron paso a un desagradable gorgoteo

Los seres se lanzaron entonces en tropel, llenos de furia ciega e intentando asaltar por todos los lados. Recuerdo que me parecieron animales hambrientos, que se abalanzaban sobre su presa sin pensar, fruto del ansia. Mis flechas consiguieron derribar a algunos pero, entre mis manos entumecidas por el frío y la velocidad a la que se movían, no podía sino disparar a bulto y pronto gaste un carcaj entero. Dremin, por su parte, caminaba a un lado y otro del piso, hacia donde los seres conseguían trepar o saltar, abatiéndolos de dos hachazos, para luego tirar el cadáver al resto.

Cuando tuve que sacar mas flechas del petate, unos cuantos treparon por mi lado rodeándonos. Pese a que Dremin les rechazó, hondeando su hacha a diestro y siniestro, llegaron a morderle en el costado, que comenzó a sangrar profusamente.

Pude volver a disparar y lancé de nuevo una lluvia contra los más cercanos, dándonos un respiro. Sin embargo, para cuando nos preparábamos para un segundo asalto, los seres llegaron olisqueando hasta algunos de sus propios cadáveres, para luego despedazarlos entre varios y adentrarse de nuevo entre los árboles.

La calma se adueñó de nuevo del lugar. Oteé los alrededores, pero aquellas criaturas parecían haber desaparecido sin dejar rastro. Me volví, contento hacia Sir Dremin, para encontrarle apoyado en una de las pocas paredes de piedra aún de pie, con el hacha caida a tierra y conteniendose la herida.

  • ¡Sir Dremin! ¿Estais bien? - me dirigí hacia él con dificultad, pues el frio ya había calado en mí.
  • No, Piteas, no. Pero no os apureis, que de peores he salido. - No sin dificultad, se encendió la pipa con dedos entumecidos.
  • Dios, estais... ¿puedo parar la herida? En el petate tendremos algo.

Mientras Dremin se desangraba y yo notaba la fiebre creciendo dentro de mi, la tormenta arreciaba sobre nosotros, fría y cruel. Conseguí parar la herida –aún no se muy bien como– pero Dremin cayó agotado antes de poder darse cuenta. Por mi parte, me arrebujé entre unas mantas que llevaba en el petate, y permanecí la noche en duermevela. Continuamente me acosaron por las alucinaciones de la fiebre, en forma de los espantosos vagabundos del Mons Cayvm.

Dremin despertó con la alborada del dia siguiente, débil y casi helado de frio, para encontrarme demacrado y ardiendo por pulmonía. Para poder proseguir me dió un poco de Pyramidum enano, y reemprendimos viaje ladera abajo.

En el precario estado en el que nos encontrábamos avanzamos ridículamente lento. Pero con el medio día llegamos por fin al otro lado del monte. Las laderas boscosas dieron paso a suaves colinas, y el olor del mar nos dio fuerzas para continuar hacia delante. Cuando paramos para intentar comer algo –Dremin no tenía hambre y yo vomitaba todo cuanto comía– consulté el mapa para ubicarnos.

Me alegré mucho al reconocer la zona donde habíamos ido a parar en nuestra huida: era el Mar Escarlata, la lengua salada que une los mares de Norsk y del Norte. En aquella zona vivía un viejo amigo de tiempos jóvenes, cuando era un mercader en bahía del sol: el astrónomo Reshef.

No costó dar con su casa, oteamos la playa abarrotada de hierba desde las lomas y en seguida vimos una gran cabaña, de techos de cristal y por cuya chimenea salía un humo que prometía hogar. Dremin me ayudó a llegar en último tramo, pues la fiebre volvía a subirme y ya hacía un rato que escupía sangre por la tos.

No me puedo imaginar lo que paso por la cabeza de mi amigo cuando, al abrir la puerta de su casa, se encontro dos deshechos humanos tan malheridos.

  • ¡Reshef! - exclamé soltándome de Dremin, tambaleándome para poder dar una abrazo a mi antiguo compañero
  • ¡Dios santo Piteas! ¿Que os ha pasado?¿Venis acaso desde Ramaverde?
  • No, nosotros – pero no pude continuar, un ataque de tos me hizo doblarme y casi caer al suelo.

Reshef nos hizo pasar a su casa –que, por humilde que fuera, me pareció una autentica mansión– y entre Dremin y el me recostaron en un diván. Aterido de frio, me hice un bulto y observé en silencio como el caballero y el astrónomo conversaban sobre lo que habíamos pasado.

El calor y los inciensos de la casa me relajaron, y los colores del turbante y la túnica de Reshef se fueron transformando en manchas que bailaban a mi alrededor, arrastrándome a un sueño reparador.

domingo, 20 de marzo de 2011

El viaje IV - En tierra de los enanos

Desperté inquieto, sin apenas recordar lo sucedido durante la noche, y con un espantoso dolor de cabeza. A mi lado, una doncella llenaba de agua una palangana a los pies de mi cama.

  • Buenos dias señor – sonrió la doncella.
  • Buenos... ¿mi equipaje? ¿Dremin?
  • Tranquilizaos, vuestro equipaje esta allí – señaló un armario en el cuarto donde me encontraba, mientras me retiraba las sábanas
Pude comprobar entonces que tenía el pecho vendado, y recordé el ataque desde el castillo, la carga de los enanos...¿Donde estoy? - Pregunté al rato, mientras la doncella cambiaba las vendas por otras limpias.

  • En Castro Cubum, por supuesto – respondió la chica sonriendo para si. - ¿No os acordais de nada realmente verdad?
  • ¿De nada? Claro, el ataque, sir Dremin volvió...
  • Estabais muy herido, y habíais perdido bastante sangre, – dijo la doncella – así que los soldados os dieron Pyramidum para que aguantaseis el viaje hasta aquí.
Pese a la conversación, la joven no retiraba su atención de las curas: quitaba y ponía las vendas y extendía unguentos con dedos ágiles.

  • ¿Drogas os referís?¿Por eso me duele la cabeza?
  • Sí, algo así; lo cierto es que os soltó bastante la lengua... - La chica sonrió, pícara, mientras recogía todo en una caja de madera pintada.
  • Dios, er... siento si dije algo fuera de...
  • No os apureis, Maese Piteas – rió la doncella - tampoco fuisteis demasiado grosero. Creed que he oido cosas peores. Ahora descansad, avisaremos a Dremin de que habeis despertado.
La muchacha salió de la habitación. En cuanto el dolor de cabeza se hizo tolerable la desobedecí, y me levanté para examinar el estado de mi equipaje. Había algunos útiles rotos, ropa rasgada, pero las semillas estaban intactas y en su lugar.

Dremin entró mientras terminaba de guardar el petate.

  • ¿Ya de pié? Claro, vuestro equipaje... defecto profesional.
  • No, no – respondí turbado mientras volvía a sentarme a la cama – tenía miedo de que algo se pudiera haber roto y – Dremin me cortó con un gesto.
  • Tranquilo, tranquilo, era broma. ¿Como os encontráis? - El caballero, que ahora estaba vestido con ricas ropas de noble, tomó asiento cerca de la cama.
  • Dolorido, jodido... vivo. Muchas gracias.
  • Por Dios, Piteas. Os estais jugando la vida por llevar grano a mi ciudad. Soy yo el que os las debería dar en nombre de Norsk. No comencemos.
  • Bien. ¿Podremos partir pronto?
  • Hoy y mañana descansaremos, que os hace falta. Pasado al alba unos guardias nos escoltarán hasta las tierras de mi familia. - De un bolsillo, Dremin sacó su pipa - ¿quereis dar una vuelta?.
Me puse una saya holgada, y salimos a andar un poco por Castro Cubum. Era una pequeña fortaleza que vigilaba desde arriba una agradable aldea. Partían de ella dos caminos elevados, fabricados en duro cristal enano, que llevaban hasta dos fortalezas gemelas en picos cercanos, sin necesidad de pasar por el abrupto terreno y dominando la zona.

A estas alturas de mi relato, considero apropiado señalar que el apelativo "enano" de los orientales no les hace justicia. Se les compara con estas criaturas por su amor con las artes de la fragua y la minería, pero haceros a la idea que la altura del mismo Dremin es semejante a la mía, y con él la de todos los habitantes de la región.

La tarde ya estaba avanzada, y los rayos ambarinos del ocaso jugueteaban a través de las vidrieras, cuando paseamos por los corredores de cristal, cruzándonos con el cambio de guardia. Caminábamos pausados, mientras Dremin me narraba como la noche anterior había encontrado una patrulla. Le siguieron prestos cuando les hubo enseñado el sello de su casa, y llegaron justo a tiempo para sacarme de allí.

Después de rechazar el ataque, los hombres le habían dicho que en esa zona también estaban aumentado en virulencia los ataques de los monstruos; sobre todo en los alrededores del "Castillo del mal Hospedaje", que era como llamaban a la fortaleza de la que habían partido los jinetes de arañas que nos atacaron.

Paramos al llegar al "Fuerte catarata", llamado asi por la cascada que nacía en el peñasco en el que estaba ubicado. Allí nos quedamos un rato, viendo ocultarse el sol. Metros debajo nuestra, los monstruos salían de sus cubiles a la noche.

  • Los ataques aumentarán a partir de ahora – dijo Dremin, mientras miraba como la luna salía tras el horizonte.
  • Me imagino. ¿ Creéis que algún enano nos acompañará hasta Norsk?
  • Ni de casualidad – Hizo una pausa para exhalar una gran voluta de humo. El humo de su pipa era agradable: olía a hogar. - necesitan todos los refuerzos para cubrir las fortalezas.
  • No creo entonces que podamos volver a hacer noche al raso – observé las montañas al norte.
  • Exacto, – dijo taciturno – eso limita nuestro viaje ¿verdad?.
  • Algo, Dremin. Pero creo que podemos seguir, mirad. - Le señalé un pico cortado que se distinguía en lontananza - ¿Veis esa montaña?
  • ¿Mons Cayvm?
  • Exacto. Tengo un amigo, Trevas el Escultor, que tiene una fortaleza en su cara oeste. Con un poco de suerte, y si partimos temprano, podríamos llegar a ella antes de la tarde siquiera. Al día siguiente no tendríamos mas que bajar por las sendas del norte, que tengo entendido son bastante seguras y transitables, incluso en invierno.

La noche, morada, ya nos había cubierto. La guardia nocturna guardaba silencio y sólo se oía el rumor de la cascada bajo la peña. Sir Dremin aspiró la pipa y el resplandor rojizo de la lumbre iluminó su cara barbuda.

  • Me convence, –dijo, tras soltaba el humo.- iremos a ver a ese Trevas.
  • ¡Perfecto!
  • Pero mañana, maese, pasaremos el día en mis tierras. ¡Ya que estamos aquí quiero presumir de ellas!

Al dia siguiente, tras un copioso desayuno al estilo enano –manzanas, panceta frita, huevos, queso del llamado brie, tostadas, buñuelos y abundante té ahumado de raices– partímos rodeados de un grupo de cazadores hasta las tierras de Dremin.

Para fortuna de mi maltrecho cuerpo, obsequiaron a Dremin con un par de Ponys orientales, bestias peludas que cabalgan sin apenas mover al jinete, con lo que fué sin lugar a dudas la jornada más cómoda de todo nuestro viaje.

A media mañana llegamos a la Torre de Agbar –la legendaria ruina que se vuelve  más jóven cuan pasa el tiempo– y nos despedimos de nuestra escolta. Les regalé café y especias de Valinor, y ellos a su vez me dieron un elegante frasco de latón del rico té ahumado que preparan.

Tras eso, cruzamos un pequeño bosquecillo, y por fin llegamos al puente que marcaba los territorios de los Dremin: un conjunto de islas en el mar interior, fértiles y seguras. Los guardias, reconociendo a su Sir, nos recibieron con alegría y se encargaron de nuestros equipajes y monturas.

Comimos prácticamente al llegar, en un cenador sobre las blancas playas de la isla principal. Tras una breve sobremesa, en la que le regalé los oídos a Dremin elogiando el lugar, el caballero me llevó hasta un lugar que deseaba enseñarme: un bajo edificio, de simple pero elegante estructura.
 
Las pocas ventanas apenas eran del tamaño de aspilleras por lo que, en el interior, reinaba una luz mortecina. En la semioscuridad del fui distinguiendo bancos, un sencillo altar de obsidiana, y un retablo curioso: una representación de un cubo desplegado, mostrando todas sus caras de vez, realizada con piedra, lava y cristal enano.

No era la primera vez que lo veía: la filosofía del cubo había entrado hacía años en Serveria, causando problemas entre los nobles locales. Renegaba de los dioses y los derechos divinos, reclamando que villano y señor eran iguales y ambos tenían que responder por igual a sus vidas.

Contraria al resto, no prometía un paraiso despues de la muerte, sino que recordaba lo temporal de los hombres en este mundo, e instaba a que cada uno -siendo libre de mandamientos sagrados- fuera responsable de su vida y actos.

Yo, que había vivido años en ciudades libres como Espaún o Valinor, simpatizaba con ella, pero no esperaba encontrármela en las tierras del norte, una zona de reyes feudales. 
  • Bienvenido al templo del cubo, maese.
  • Un lugar de recogimiento –dije mientras me adentraba; la temperatura en la sala era calída y agradable.
  • Y de reflexion, –dijo Dremin dirigiéndose al retablo– para recordar lo que al fin y al cabo somos.
  • Cubos somos –afirmé.
  • Y en cubos nos convertiremos, tarde o temprano.
    Dremin quedó ante el altar con la mirada perdida. 
    • Y ya que no podemos evitar nuestro final, - continuó el caballero - al menos podemos dirigir nuestro camino mientras tanto.
    • Habláis más como un burgués que como un Noble, Dremin. ¿Tienen vuestros siervos el mismo control sobre sus vidas? - comenté sarcástico.
    • No os riais Piteas: soy justo con ellos y les pago bien. Pueden disponer de mis tierras para vivir, o marchar cuando quieran. Trabajan para mí, no son mios.
    • No todo los nobles piensan así.
    • Yo no soy todos los nobles. Soy Dremin.
      Luego pasamos detrás del altar, hasta unas escaleras bien iluminadas que se hundían en las profundidades. Allí se encontraban las salas donde Dremin vivía cuando llegaba a sus tierras. Arrancadas a la tierra, y bajo las agua del mar interior, estaba contruida prácticamente una mansión: alojamientos, almacén, forja.

      El caballero me guió a través de un pasillo que se abría a un bosque de columnas –en el que sin duda me habría extraviado de no guiarme Dremin-, hasta salir a la superficie mediante unas grandes escaleras de piedra.

      Al volver a subir, pude ver como anochecía en mitad del mar cristalino; nos encontrábamos con una isla bastante mas aislada del resto, con tan sólo un puerto contruido, pero en el que estaba amarrado un barco mas grande incluso que el Astetanic de Espaún. 
      • ¿Que os parece el "Hades"? - Dijo Dremin al ver mi cara de admiración.
      • Increíble, sir. Os habrá costado...
      • Años de trabajo, si – encendió su pipa – pero en breves estará acabado, y patrullará por el mar interior.
      • Es imponente
      • Tiene que serlo –abrió los brazos, como queriendo describir lo intangible- por encima de un barco será el símbolo que ha de unir a lo enanos.
      • ¿En un nuevo reino?
      • No, por dios; -meneó la cabeza y chupó de la pipa– no creo que haya dos enanos que estén de acuerdo en como gobernar. Tendría que ser una confederación, una liga... lo que sea, pero unidos.
      • Un sueño grandioso.
      • Por eso lo continúo, -exhaló el humo y se volvió a mirarme– yo, maese Piteas, adoro viajar, como vos. Esto es el sueño de mi abuelo, que mi padre continuó y yo acabaré.
      • ¿Y entonces dejareis de viajar para dirigir el barco? -me aproximé a la nave, admirando la técnica enana en cada detalle.
      • Entonces...  -la mirada de Dremin vagó perdida unos instantes, pero luego sonrió y me miró decidido- ya veré lo que haremos entonces.
        Quedamos así, en silencio, durante un buen rato. Luego volvimos por el bosque de columnas hasta las salas, donde cenamos y nos recogimos temprano. Al día siguiente comenzaba una jornada que se prometía dura.

        En aquel momento, ni me imaginaba todo lo que se desencadenaría los próximos días. Quizas por eso dormí tan agusto.

        sábado, 19 de marzo de 2011

        El viaje III - Las estribaciones Orientales

        Al dia siguiente avanzamos a buen paso, alejándonos de las tierras bajas hacia el este, y volvimos a entrar en una zona llena de lomas y valles: las estribaciones heladas. Para cuando llevabamos media mañana el cielo comenzó a cubrirse, y el clima se volvió un punto mas desapacible.

        No nos importó demasiado, pues llevábamos preparada buena ropa de abrigo. De hecho, nos sirvió para avanzar más rapido, pues en la zona no había tanto follaje ni pantanos como en las cercanías de Drakenden.

        Pasado el mediodía, llegamos a la gran Cadena Oriental, siguiéndola hacia el norte nos adentraríamos en las tierras de los enanos -donde nos dirigíamos. Decidimos hacer un alto para poder comer algo y toma más café. En este primer descanso del día aprovechamos para conversar sobre el camino recorrido, de lo que habíamos visto la noche anterior y acerca de lo que nos esperaba.


        No recuerdo quien de los dos sacó el tema, pero comenzamos a hablar del Camino Secreto. Cuentan las leyendas que, un par de pasarangas al sur de donde nos encontrábamos, la cadena se dispersaba en un laberinto de agujas y lomas, salpicadas por bosques, hasta llegar a la Brecha Helada.

        Según la leyenda, Adm Skass encontró el sendero mientras intentaba cazar una corza blanca. Cuando el animal desapareció en mitad del páramo Skass la siguió y descubrió que la bestia había caído por una gigantesca grieta, que se abría hasta el corazón de la tierra. Consideró que aquello era una señal de Notch, así que recurrió al Fuego Sagrado de los Adm y excavo la brecha. La talló siguiendo sus vetas naturales, y la entregó a los habitantes de Serveria para que hiciesen de ella su hogar.


        Pero todo el mundo piensa que la leyenda no es más que un cuento para decorar las decisiones de los Adm, y que no existe camino practicable alguno desde la Brecha hasta el resto de Server: sólo se puede acceder a ella mediante el portal de la ciudad.

        Y hacía un mes que el portal había dejado de funcionar...

        Para vivir en la brecha todo el mundo acató ciertas normas: nada de agua y sólo casas pequeñas excavadas en las paredes de la roca; por ello, todos los víveres de la brecha eran importados desde otras ciudades. Ahora, incomunicados, no acertaba a imaginar como podrían haber conseguido sobrevivir en condiciones. Tenían algo de animales, pero era en pequeños jardínes privados; y si alguien hubiera podido arrancar a la roca un camino hasta fuera de la brecha, se encontraría con un inhóspito páramo, helado y hostil.

        No quisimos hablar mucho más sobre el tema, y acallamos nuestra preocupación fantaseando sobre una expedición como la nuestra, que se estuviera aventurando entre los hielos para llevarles víveres. Pero lo cierto es que, si a mi me habían considerado un loco por querer cruzar un camino salvaje, pero posible, ¿realmente habría alguien se intentase llegar a un lugar que es imposible de encontrar?

        Tras la comida renaudamos el camino al norte, siguiendo la Gran Cadena. Nuestra senda se volvía mas abrupta por momentos, y no veíamos zona buena donde montar campamento, hasta que divisamos una torre de piedra en la lejanía.

        Avivamos el paso esperanzados, pues según el mapa ya estábamos cerca de las tierras de los enanos, y aquella torre seguramente sería uno de sus puestos fronterizos. Conforme nos acercábamos, descubrimos que la torre formaba parte de un elegante castillo, rodeado por un amplio foso y altas murallas.

        Rodeamos el foso hasta el puente, que se encontraba levantado, y Dremin hizo sonar un cuerno ante la entrada principal. Mientras esperábamos una respuesta, me explicó que, en aquella tierra de castillos, el cuerno era la forma habitual de avisar a los habitantes para pedir hospedaje.

        Largo rato estuvimos espectantes, pero no obtuvimos respuesta alguna, ni fuimos capaces de detectar ninguna actividad en las murallas. Dremin fué a tocar el cuerno de nuevo, cuando se detuvo extrañado.

        • ¿Os habéis fijado en las almenas? - me preguntó mientras guardaba el cuerno.
        • Si, y no veo a nadie.
        • No, no, no... – respondió, sin desviar la mirada de las murallas – me refiero a que no hay luz alguna.
        Caía ya la tarde y, pese a que con la luz del dia no me había percatado, bajo el ambarino y menguante ocaso podía darme cuenta de lo extrañas y oscuras que estaban esas murallas; ninguna tea iluminaba las almenas y por las ventanas no se veía luz. Ni tan siquiera se alcanzaba a distinguir el resplandor en el cielo de los patios de armas iluminados; el castillo estaba en perfecto estado, pero parecía totalmente desierto.

        Decidimos intentar apurar el paso hasta las estribaciones cercanas, para buscar refugio en alguna pequeña cueva elevada, cuando vi algo que se movía en una de las torres. Avisé a sir Dremin para que parasemos un instante el paso y poder otear.

        Aprovechando los ultimos destellos del sol extendí mi catalejo, pero no fui capaz de ver nada y se lo pase a mi compañero, que apuntó directamente a la torre donde creí ver algo. De repente, Dremin se quedó lívido y helado, tan solo para momentos despues arrojarme el catalejo mientras me decía.

        • Maese Piteas, por lo que mas querais, seguidme y no perdais el paso.
        • Pero que habeis – pregunté mientras Dremin se adelantaba a los senderos montaña arriba.
        • ¡Luego os lo explico! - me cortó – pero ahora seguidme y no os quedeis atras.
        No protesté, asustado por la reaccion del caballero, y apreté el paso para igualarme a él. Tras de mí, un ominoso ruido de cadenas, cubrió la zona: el puente del castillo estaba bajando.
        • No os aconsejo mirar hacia atras, maese.
        • Como querais Dremin – jadeaba yo - pero... ¿donde vamos?
        • ¿No lo veis?¡Donde podamos montaña arriba!
        La noche comenzaba ya a caer, morada y oscura, ocultando tanto senda como obstáculos. Con la luz de la luna habríamos marchado mejor, pero aún tardaría esta en alzarse por encima de las montañas que nos rodeaban.

        Escuchamos una multitud de pasos cruzar rápidamente el puente de madera, lo que nos hizo acelerar nuestra carrera aún mas. Desobedeciendo a Dremin, miré de reojo a nuestros perseguidores, y se me heló la sangre en las venas.

        Nos perseguía una marea negra de grandes ojos brillantes: multitud de arañas habían salido del maldito palacio, llevando en sus lomos siniestros jinetes en cuyos huesos se reflejaba la luz de las estrellas.
        • ¡Dremin!¡Muertos!¡Nos persigue un ejército de muertos! - Chillé espantado mientras me lanzaba a la carrera.
        • Os dije que no miraseis hacia atrás maese.
        • ¿Que hacemos Dremin? ¡Una cueva no nos va a servir!
        • Aguantad un poco más Piteas, ya llegamos.
        Cinco minutos más corriendo sendero arriba, con el peso de nuestros petates, y ya notaba mis piernas destrozadas y sabor a sangre en mi boca. Abruptamente, Dremin se detuvo en una pequeña explanada.
        • Bien Piteas: esto haremos. El camino es por aqui, pero tendré que avanzar solo si queremos tener alguna opción.
        • ¿Y yo? -pregunté espantado ante la idea de convertirme en cebo.
        • Tranquilizaos –me dijo, mientras se descargaba equipaje– estáis en alto, con lo que les podréis disparar mientras llegan. Yo volveré en cuanto pueda
        • ¿Y si no volveis? -Espeté.
        Dremin me miró fijamente, molesto.
        • Voy a volver, maese. Yo NUNCA dejo a nadie atrás, pero debo adelantarme sólo -casi me avergonzó de haber dudado de su palabra.
        • Bueno, pero ¿y si me rebasan?
        • Id subiendo la senda. Desde aquí es complicado mantener un buen ritmo con el equipaje que llevais, pero también será complicado para ellos avanzar. Podreis ganarles un poco más de tiempo
        • De acuerdo –le dije, mientras sacaba mi arco, pero Dremin ya se había adentrado montaña arriba, entre arboles y matojos.
        Mi giré hacia la legión de seres que avanzaban montaña arriba. La senda era estrecha y, gracias a dios, tenían que ir en estrechas filas de a dos. Clavé un par de antorchas para tener mas visión y comenzé a disparar flechas.

        Una vez calibré la distancia, conseguí abatir las primeras filas de monstruos a flechazos. Sus compañeros tuvieron que caminar por encima de los cadáveres, por lo que gané algo de tiempo para trepar más senda arriba. El camino era ya muy escarpado, tal y como había dicho Dremin, y tuve que avanzar a cuatro patas para no perder el equilibrio.

        En cuanto pude volver a incorporarme, lancé otra andanada casi a ciegas contra mis perseguidores, que ahora se hallaban incómodamente cerca mío. Cayeron unos cuantos, pero otros comenzaron a su vez a dispararme, por lo que me cubrí para evitar ser alcanzado.

        Disparé en cuanto pararon, ralentizándoles un poco; pero los jinetes comenzaron a coordinarse, y las ráfagas que me disparaban fueron mas frecuentes. Me cubrí con mi propio petate, que quedó atravesado como un erizo, y salí de la senda buscando el abrigo de los arbustos altos.

        Abandoné la idea de responderles a los disparos, pues tan sólo habría quedado mas expuesto, y me centré en la posibilidad de seguir escalando, aferrándome a las matas y cubriéndome con las ramas bajas.

        Los jinetes llegaron hasta donde Dremin y yo nos habíamos separado, y abrieron sus filas para poder dispararme mejor. Un par de seres descendieron de su montura y, reptando, comenzaron a darme caza.

        Un par de flechas me alcanzaron en hombro y brazo, pero tenía tanto miedo que ignoré el dolor y me lancé como un poseso, intentando llegar a un punto más alto mientras los disparos silbaban a mi alrededor.

        Avancé trepando como un gato, clavando mis manos en cualquier saliente hasta brotar sangre en mis dedos. En alguna ocasión noté una mano que tocaba mis pies, pero pateaba con fuerza y seguía adelante.

        Desesperado como estaba, me agarré a una gran roca en lo alto de la senda, pero para mi desgracía noté como la piedra comenzaba a resbalar de la tierra, arrastrándome con ella ladera abajo.
        • Socorro – Logré susurrar. Habría querido gritar de espanto, pero solo me alzanzó para un hilo de voz, mientras comprendía que iba a caer hacia mi muerte.
        Debió ocurrir muy deprisa, pero lo recuerdo ralentizado. Cerré fuerte los ojos mientras me notaba perder el equilibrio, preparándome para el golpe. Noté las flechas silbando alrededor mio, y algo aferró de repente mi brazo.
        • ¡No os soltéis comerciante, agarraos bien! - Dijo una voz enfrente mío
        • Disparad a esos miserables, hay cuatro entre los arbustos. - Ordenó sir Dremin
        Cuando volví a abrir los ojos, un par de enanos me había agarrado por los brazos, y me arrastraron a cubierto de los disparos. Junto a ellos, una docena de ballesteros -liderados por Dremin– descargaban sus virotes sobre los jinetes.

        Casi en volandas, me guiaron a traves de caminos encrespados, mientras los ballesteros cubrían nuestras espaldas. Estos se turnaban para poder disparar la mitad, mientras el resto avanzaba con nosotros a la vez que recargaba, sin dejar asi respiro a nuestros perseguidores. De esta forma cruzamos un par de arboledas y arrollos, hasta una pequeña torre excavada en la ladera de la montaña.

        Una vez dentro de la torre, dos enanos atrancaron la puerta mientras el resto tomaba posiciones en las aspilleras. En aquel momento yo estaba extenuado, y además había perdido bastante sangre, por lo que en cuanto me sentí seguro perdí el sentido, y no volví en mi hasta el alba.