lunes, 4 de abril de 2011

El viaje X - Mojang

Aproveché un momento para poder caminar aparte con Reshef y Dremin y comentarles la conversación de la noche pasada con Dester. Dremin me aconsejó ver lo bueno que había hecho Hazmat por nosotros, y no dar crédito a una acusación que únicamente se dejaba llevar por el miedo.

Reshef, sin embargo, reconoció que tampoco estaba de mas tener cuidado. Si la cosa se limitaba únicamente al libro, bien podría cogerlo un guardia o nosotros mismos. Si el mago realmente estaba aquí por ayudar no le importaría lo más mínimo que otro fuera el portador.

En esas estábamos, horas después de haber salido del merendero, que llegamos a un tramo en el que la luz blanca ya se hacía presente. Los hilos de plata nos rodeaban de forma mucho mas densa, y apenas se podía distinguir el vacío entre ellos.

Hazmat se paró de repente en mitad de las escaleras y nos hizo guardar silencio. Bajo nuestros pies, un rumor hacía temblar levemente el suelo.

  • Mojang nos saluda, señores. Estamos llegando

Y efectivamente, en menos de dos horas después llegamos a sus puertas. Las escaleras se abrían a una gran bóveda, iluminada por las miríadas de tililantes hilos argénteos que entraban por su techo, y por una infinitud de marañas doradas que nacían de su suelo. Ambos se entrelazaban formando extrañas columnas de luz, que parecían sujetar los altos ábsides.

Bordeado por las columnas de luz, un camino de laspilázuli partía desde el final de las escaleras hasta unas grandes puertas blancas de gran altura. En sus hojas estaban esculpidos relieves de bosques y montañas, que apreciamos conforme nos acercábamos, como si hubieran sido a la vez portal y escultura.

Atravesamos la bóbeda con renovadas fuerzas -y las antorchas ya apagadas, pues la luz en aquella sala era casi cegadora-, hasta llegar al portal. Hazmat y los Adm comenzaron a buscar la manera de abrirlo, mientras yo miraba extasiado los grabados que llenaban su superficie. La maestria era increible, sobresaliendo algunas figuras como si de un diorama se tratase, y sin que se alcanzara a ver punto de unión alguno.

  • Es prodigioso -exclamé-, cada hoja esta tallada de una sola pieza de esta piedra blanca.
  • No es piedra -me corrigió Reshef mientras pasaba la mano por encima.
  • ¿Y entonces? -preguntó interesado Osuspiro, que se nos había acercado.
  • Es marfil -dictaminó Reshef-, dos piezas titánicas de marfil.

Los tres dimos un paso atrás, queriendo entender de que animal se podrían haber sacado tales piezas, y un escalofrío me recorrió la espalda al recordar la antiguedad que Hazmat le suponía a este sitio. Era mas bello que las Escaleras de Obsidiana, sin duda, pero me resultaba igual de desconcertante.

  • No os distraigáis -dijo Phank-, creo que ya lo tenemos. Vamos a entrar.
  • Apartaos un poco, por favor -añadió Excessus.

Los Adm empujaron de determinados sitios en las puertas, y estas respondieron abriéndose lenta y suavemente. No pude evitar volverme a escudriñar los gestos de Dester y Hazmat; observaban el prodigio, el uno tenso, y el otro extasiado.

Tras la bóveda de luz, toda la magnificencia del lugar parecía perderse. La sala tras las puertas era titánica, pero la única iluminación provenía de las columnas que dejábamos atrás, y las antorchas que volvíamos a prender.

Caminamos, guiados por Hazmat, en una larga avenída de las mismas baldosas lapislázuli que vimos en la bóbeda, pero esta vez apenas brillaban ante nuestras teas. A ambos lados del camino distinguí zonas de tierra cenicienta, con troncos retorcidos y petrificados como hombres torturados. Quise desviarme a observarlos pero Hazmat me detuvo y, con una dura mirada, añadió

  • Ya os dije que esto antaño fue un palacio. Dejad en paz sus jardines y los guardias no nos molestarán antes de lo debido.
  • ¿Guardias? -preguntó sobresaltado Reshef, mientras hechaba mano de la pistola en su cinto.
  • Por los dioses, Res -respondió Dremin-, bajamos a un lugar mítico asediado por Darth Lagg desde hace eones... ¿en serio pensabais que estaría tal cual, vacio y esperando nuestra llegada?
  • No, es solo que... -comento Reshef, al ver que todo el grupo le miraba- no me gusta como suena lo de guardias, sugiere que "lo-que-sea" estará a la altura de lo que vamos a buscar y, bueno...
  • Nos preocuparemos de eso en su momento, astrónomo -respondió Hazmat quitándole importancia-, ahora centrémonos en llegar antes de hacernos ancianos discutiendo.

Avanzamos durante mucho tiempo en aquella semioscuridad, quizás un dia entero, sin llegar a ver en ningún momento pared, techo o columna alguna. Era como si hubiéramos salido a otro mundo, pero sin luz. Sin embargo aquella oscuridad era, con mucho, mejor que la reinante en las escaleras. Esta negrura sólo significaba espacio vació. Lo que sí vimos fueron numerosos jardines marchitos, como aquel primero que no me dejara inspeccionad Hazmat, y restos de templetes, otrora magníficos, pero ahora ruinosos entre estanques secos.

Nuestra travesía se cortó de repente al llegar a unas amplias escaleras, de marmol cubierto de vetas rojizas, que subían en suave pendiente. Los bordes de los escalones se extendían en forma de círculo a diestra y siniestra, perdiéndose fuera de nuestras luces.

  • Y esta es la biblioteca, señores. A partir de aqui tendremos que buscar la sala correcta.
  • No parece una biblioteca -comentó el guardia Blade-, ¿donde estan los libros acaso?.
  • ¿Mejor así, caballero? -replicó irónico Hazmat.

El mago susurró algo, y delante nuestra comenzaron a resplandecer brillos de entre el mármol. Pronto estos rompieron en una lengua de luz, que iluminó las amplias escaleras, revelándolas como una gigantesca pirámide circular. El brillo ascendía por los escalones hasta un final truncado, del que partían zigzagueantes escaleras pendidas de la nada; estas a su vez llegaban hasta unas plataformas aparentemente suspendidas en el aire, cada una con grandes anaqueles y repletas de libros.

Llegamos hasta la parte superior de la pirámide de mármol, nos separamos en grupos -quedando siempre a alcance visual-, y fuimos subiendo con cuidado por las estrechas escaleras, hasta las salas suspendidas. En verdad allí se debía encontrar un gran saber, pero la mayoría de los libros estaban escritos en lenguas que desconocía, o llenos con símbolos que se me antojában cabalísticos.

Yo ascendí con Blade, Dester y Hazmat. La búsqueda apenas consistía en que Hazmat leía el nombre de la sala -bajo la inquisitora mirada de Dester- y la descartaba sin apenas entrar en ella. Así fué prácticamente hasta que nos juntamos con el grupo del Adm Phank. Ellos tampoco habían encontrado la sala, aunque si llevaban un pesado tomo que Phank me indico trataba sobre los portales y las lineas ley.

  • Para reparar todo el daño causado -me dijo.

Tal y como estábamos reunidos, Reshef, que iba en el grupo de Phank, nos dió la alarma. Algo se movia desde la oscuridad y decendía hacia nosotros. El astrónomo sacó la pistola y descargó dos tiros sobre la figura, que se partió en dos y cayo muerta sobre la sala donde estábamos.

El ser no era ni sólido, ni exactamente etéreo, recordaba a una gota de aceite que se hubiera colado en un estanque de agua, y flotase ajena a la realidad que le rodea. Tan sólo se le reconocían una parodia de rasgos en ambos cuerpos, como el rostro que un niño dibujaría sobre arena mojada. Blade se acercó al cadáver partido en dos y lo atravesó con la espada.

  • Es como líquido -nos dijo, volviéndose a nosotros mientras nos enseñaba si espada-, ¡pero la espada ha salido seca!.

Oí un restallar, como de cuero al romperse, y cerré los ojos al notar que algo me salpicaba la cara. Cuando los volví a abrir, vi a Blade boqueando incrédulo delante mía: uno de los trozos del ser se había levantado y le atravesado el pecho como una lanza, reventándole costillar y armadura, y salpicándonos a todos con su sangre. El otro trozo, en el suelo tras Blade, culebreaba con vida propia mientras comenzaba a levitar y emitir un suave ulular.

  • ¡Mierda! -exclamo Hazmat- ¡Banush!¡Los guardias de la biblioteca!¡Rápido, fuera de aquí!.

El grupo se volvió a dividir, y dejamos atrás el cadáver de Blade mientras subíamos atropelladamente por las escaleras, seguidos lentamente por los seres. Dester, Hazmat y yo ascendímos hasta una sala amplia, con varias estanterías cerca de la entrada que el mago y el guardia tumbaron para usarlas de parapeto. Yo corrí hasta un altar de piedra en mitad de la sala, donde me apoyé y fui sacando el arco.

Mientras, unos metros a nuestra derecha y por debajo, oí el grito ahogado de Osuspiro -que iba en grupo con Reshef y Phank-: dos Banush descendían desde los oscuros techos hacia ellos. Aprovechando que Hazmat y Dester intentaban dar cuenta del que nos perseguía, me centré en herir a los que iban a por nuestros compañeros, disparando sin cesar hasta acertarles varias veces.

Sin embargo, y al igual que había pasado con el primero, el ser se volvía a levantar tras unos segundos inerte, transformado en dos más pequeños; y lo mismo pasaba cuando dañabas a alguno de los pequeños, causando que pronto estuviera alrededor nuestra una gran nube de Banush ululantes.

  • ¡Usad fuego! - Oí decir a Dester.

Entretanto Hazmat había sacado unas redomas y lanzólas contra nuestros perseguidores, que comenzaron a arder en mitad de agudos y desagradables chillidos. El otro grupo hizo lo mismo con la brea que llevaban para las antorchas, y pronto estuvimos dentro de sendos círculos llameantes, mientras grupos de Banush se agolpaban en las alturas.

  • Parece que les retiene –comentó Dester.
  • Parece, ¿pero que hacemos cuando se extinga el fuego? -respondí-. ¿Alguna idea Hazmat?

Pero Hazmat ya no me miraba, estaba absorto en las lineas que recubrían el suelo de la sala, indicando los saberes que en ella se guardaban. Miró las lineas, el estrado de piedra donde me encontraba, y un pesado tomo mohoso que en el descansaba. Y por su mirada comprendimos que lo habíamos encontrado.

Acordándome de lo aconsejado por Reshef, aproveche que tenía el tomo al lado para cogerlo antes que mis compañeros se tirasen hacia él. Cuando me volví a mirarles Hazmat tenía la expresión crispada, mientras que la de Dester era de un triunfo seguro.

  • ¡Maese! -me ordenó Hazmat- dadme el libro ahora mismo y podremos espantar a los Banush. ¡Rápido!
  • ¡Ni locos! -exclamó Dester, amenazando al mago con su espada- sabemos que habeis venido a hacer aquí nigromante, y no os lo pensamos permitir. ¡Lanzadme el libro, Piteas, y apuntad al mago con vuestro arco!
  • Piteas, por favor. No cometais una locura -el rostro de Hazmat cambió a la súplica-, el libro puede hacer mucho daño en manos no adecuadas.
  • Razón de más para que lo lleve alguien como yo, que no desea usarlo -respondí-, ¿no creéis?
  • Lanzadme el libro, y yo lo llevaré hasta Phank -dijo Dester sacando una larga cuerda de su mochila- si ato la cordada al estrado podré descolgarme hasta ellos, y todo habrá acabado.
  • ¡Idiota!¡Ni se os ocurra!¡Debeis darme el libro ahora mismo, maese! -Gritó furioso Hazmat.

Tan violento fué su cambio de la suplica al odio que me convencí de las palabras de Dester. Mientras el guardia apuntaba con la espada al nigromante -que quedó al otro extremo de la sala-, se puso a mi lado y le di el tomo. Dester se volvió hacia mí, sonriendo agradecido.

Y conforme se oscurecieron sus ojos y sus dientes se tornaron monstruosas fauces, comprendí que me había equivocado.

2 comentarios:

  1. Chan chan chaaaaaaan

    Creo que este es un buen momento para decir el lema del grupo de rol "Vamos a morir todos"

    ResponderEliminar
  2. Una buena aventura sin una gran cagada solo sería... er... ¿feliz?

    ResponderEliminar

Contribuye a que siga teniendo ganas de postear... ¡comenta!