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domingo, 8 de mayo de 2011

El viaje XV - In Memoriam

Hubo vítores y gritos de alegría al ver morir al griefer. Skass nos llamó a la calma, recordándonos que aún quedaba trabajo por hacer. El capitán mandó un grupo de hombres a través del puente, estos limpiaron la otra orilla y regresaron con el libro de los monstruos.

Mientras el resto usamos el carromato que antes llegaba el cilindro para cargar a los caídos. Cuando la avanzadilla volvió, regresamos al corazón del templo del valor. Allí tratamos a los heridos y, cuando pudimos emprender la marcha, Phank creó un portal hasta la casa de Reshef.

¡Cuanta alegría sentí al volver a sentir de nuevo el sol y el viento! El astrónomo quedó a descansar en su casa, junto a Excessus y Hazmat. Mientras, los otros dos Adm volverían a pie hasta Espaún con el libro; aún con el griefer muerto no era aconsejable abrir portales alegremente. Me despedí de Phank y Skass, prometiendo que les visitaría en un futuro no muy lejano, cuando acabara mi viaje a Norsk.

El capitán trocó con nosotros algunos puros por té enano, y me aseguró que estaría muy interesado en hacer negocios conmigo cuando me pasase por Espaún. ¡Qué poco me imaginaba que aquella sería la última vez que le vería con vida!

Tras todo el ajetreo y una descansada cena en casa de Reshef, Dremin y yo hicimos petate de nuevo para continuar hacia Norsk. Osuspiro, agradecido por nuestra ayuda, se ofreció para acompañarnos en el último trecho.

Tomamos una barcaza frente a la casa del astrónomo y, sin apenas acercarnos a la costa, navegamos el resto del primer día. Disfrutamos del sol y la brisa marina como si fuera la primera vez, incluso me dio un golpe de calor y tuve que tomar hierbas calmantes.

Al atardecer llegamos sin percance al castillo de Azafrania, el último antes de las tieras salvajes. Nos recibió su barón, viejo conocido de Osuspiro. Sorprendido de tener visitantes en tan malos tiempos, nos invitó esa noche a una opípara cena, en la que entretuvimos a la corte con las andanzas de los últimos días.

Al dia siguiente, los hombres del barón nos escoltaron hasta la linde de sus tierras. Allí nos señalaron el camino para cruzar Desierto Camelia y llegar a los bosques Sin Fin, donde se encontraba Norsk.

Cubrimos la distancia raudos y ligero, quizás por saber nuestro destino tan cerca, y llegamos hasta el lago de Norsk esa misma tarde. Más la visión de la ciudad sacudió nuestros corazones.

Columnas de humo salpicadas por doquier delataban varios incendios entre las casas. La muralla, siempre alta e imponente, estaba derruida en algunas partes. Sus brechas estaban pobremente cubiertas por barricadas improvisadas.

Al acercarnos a la puerta sur, un par de guardias maltrechos y famélicos nos reconocieron a sir Dremin. Este les solicitó audiencia con el hidalgo Skylanden y nos dejaron entrar. Atravesando la ciudad vimos la miseria en las calles. Muchas casas estaban derruidas y requemadas. La mayoría de los habitantes vagaban entre las ruinas, tristes y con la mirada perdida; sus rostros reflejaban el hambre y el miedo por los ataques sufridos.

Llegamos hasta la alcaldía, sombra medio derruida de lo que había sido, y subimos hasta la sala de Skylanden. El hidalgo, triste y apagado, nos habló acerca de los terribles ataques que la ciudad había sufrido desde hacía semanas.

Al igual que en el resto de ciudades, todo comenzó con el bloqueo de los portales y las de oleadas de monstruos al caer el sol. Algunos hombres, preocupados por la falta de comida, marcharon en caravana hacia el sur. La expedición fue atacada a mitad de camino y muriendo muchos hombres, regresando heridos el resto.

A partir de ahi la cosa fue a peor. Los monstruos atacaban las murallas cada noche, hasta que unos creepers abrieron brecha. El caos se desató en las calles y, para cuando los escasos guardias consiguieron rechazarles, comenzaron a bombardear con  rocas candentes. Esa noche perdieron el granero y casi todo el barrio sur en un gran incendio. El hidalgo organizó una milicia improvisada al día siguiente, para poder sustituir a los guardias caídos: los propios ciudadanos defenderían las murallas.

Hacía dos días, sin embargo, los ataques casi cesaron. Desde entonces Skylanden había organizado el desalojo de la ciudad. Los guardias protegerían una única caravana de civiles hasta Azafrania, y dejarían Norsk abandonada.

Molesto por la noticia, Dremin me arrebató el petate y lo abrió. Mostró el contenido al hidalgo y pasó a relatar todas las penurias que sufrimos para traer el grano. Contó tambien nuestro encuentro con los Adms, la historia de Excessus y todas nuestras peripecias en Mojang y Nederia.

Al terminar, el caballero se acercó a Skylanden y le dijo:

  • Señor, en pago a tan largo viaje sólo os pedimos una cosa: dejadnos replantar los huertos.
  • Pero la ciudad será abandonada, sir Dremin, ya esta decidido -respondió el hidalgo-. Aqui sólo quedan ruinas y tristeza.
  • Entiendo vuestro pesar, Skylanden, pero en serio os ruego que les deis una oportunidad.
  • ¿A las semillas? -Respondió esbozando una sonrisa
  • No, a los habitantes de Norsk. Maese Piteas y yo...
  • [Ejem] -Tosió Osuspiro.
  • ...y Osuspiro -corrigió Dremin-, nosotros hemos arriesgado la vida en este viaje porque creemos en Norsk. Porque deseábamos traerle un soplo de esperanza. Por favor, dad una oportunidad a vuestro pueblo de elegir que hacer con él.
  • Los ataques no se recrudecerán -dijo Osuspiro-, si en una semana seguís queriendo abandonar la ciudad, contareis con mi espada para defender a vuestros hombres.

El hidalgo lo meditó, y al final decidió darnos una semana de tiempo. Los tres le dimos las gracias, y partimos a los huertos para plantar el grano de Valinor. La gente nos miraba desconfiada al comienzo, pero más de uno corrió a ayudarnos cuando vió lo que hacíamos.

Esa noche, aunque no había crecido apenas nada de trigo, la gente del pueblo celebró fiesta por nuestra llegada. Repartí los puros de Skass, y estiré todo lo que puede el té y las especias para ofrecer algo medio decente. Fue, con lejos, la comida más insípida que habíamos probado (¡incluso comparada con la poca que tomamos en Nederia!), pero desde luego fue la mejor cena: sabía a victoria.

Esa semana se obró el milagro: cada dia más ciudadanos decidían quedarse y reconstruir sus casas. Los cazadores pudieron volver a cobrar piezas por los bosques Sin Fin, sin miedo a encontrarse con un monstruo. El trigo crecía mientras fuerte y sano.

Nos tocó repetir una y otra las historias de nuestras aventuras. Prácticamente todo el mundo en la ciudad se las aprendió de memoria, incluso hubo quien las acabó contando mejor que nosotros. La fama y el favor de Skylanden me valieron el poder colocar una pequeña tienda en la misma ciudad -de exito rotundo-, y ser nombrado "Amigo de Norsk".

Al igual que la primavera borra los rastros del invierno, Norsk volvió a florecer, dejando atras sus momentos oscuros y relegando nuestras aventuras a los cuentos de viejas. Tán sólo una estela de piedra, grabada por Osuspiro, Dremin y yo, recordaba todo lo ocurrido rezando:

IN MEMORIAM QUI ABSENTES

Finalmente llegó el dia en que los portales se reactivaron, con fiesta y jolgorio en todas las ciudades. Aproveché entonces para volver a mi casa en Valinor y tomar un descanso de todo lo ocurrido, antes de volver a los negocios.

Mucho tiempo despues volvería a Norsk en circunstancias harto distintas. Sería buscando supervivientes mientras los Chunks devoraban Serveria. Pero eso es otra historia que tendrá que ser contada en otra ocasión.

lunes, 2 de mayo de 2011

El viaje XIV - A hierro muere

Aguardamos a los flotantes espadas en mano. Sus explosiones cada vez sonaban más cerca. Delante mía, Osuspiro sujetaba a un Hazmat que se esforzaba por permanecer en pie. Alguien gritó con voz potente:
  • ¡A mi orden, guardia! ¡Atacamos en uno...!
Miré a Dremin, sorprendido de su enterezas. Encontré entonces al caballero mirándome anonadado. Delante nuestra, el mago y el explorador buscaban atónitos el origen de la misteriosa voz.
  • ¡Dos...!
Al tanto el retumbar de las explosiones llegaba a la puerta, una luz azulada bañó la estancia. Las hojas de alabastro se combaron bajo la presión de los monstruos, empujándonos con violencia a los lados. Una miríada de flotantes entró en la estancia.
  • ¡Y tres!¡Fuego!
Decenas, cientos de flechas surcaron el aire, masacrando a los flotantes. Sus cuerpos caían inertes entre nosotros, como hojas en otoño. A través del portal en el centro de la sala, atravesando una luminosidad azul turquesa, entraban varias filas de ballesteros. Habían llegado los refuerzos.

Dremin y yo nos retiramos, espalda en la pared, para evitar que nos alcanzasen los virotes. Los soldados, que serían más de medio centenar, disparaban sin cesar a traves del portalón con ballestas de repetición espaunitas.

Pronto el silencio cubrió el interior del templo. Un par de ballesteros me ayudaron a levantarme, y tras ellos escuché una voz conocida.
  • Os dije que os encontraría -dijo Phank. Ahora estaba ataviado con una elegante cota de placas.
  • No sabéis lo que me alegra -acerté a responder- ¿cómo supisteis donde estábamos?
  • El libro -dijo, mientras señalaba su petate- hace más cosas que abrir portales, maese.
  • Siento interrumpir -dijo un capitán de los ballesteros-. El tiempo corre en nuestra contra Phank. Si es cierto lo del libro, tenemos dos horas para dar con el griefer y recuperar el libro. -su voz, grave y decidida, me era familiar. Era la que habíamos escuchado justo antes del ataque.
  • Llevais razón, disculpadme. Piteas, os presento al capital Skass. El jefe de los ballesteros de Espaún.
  • ¿Skass? ¿El Adm Skass, fundador de la brecha helada?
Nos estrechamos las manos. Noté que tenía un "algo" especial, no gracias a su físico -desaliñado y de rasgos saltones-, sino por un aura de decisión y confianza que lo rodeaba. Era el tipo de persona que te puede guiar hasta el infierno y traerte de vuelta intacto.

  • ¡El mismo! Supongo que sois maese Piteas. Y vos -dijo, saludando al caballero- debeis ser Dremin. Phank nos ha hablado de vosotros. Es todo un placer. Y ahora, si me disculpan, tenemos un griefer que cazar. ¡Soldados!

Menos un pequeño grupo que se quedó con los heridos, los ballesteros se organizaron en filas y avanzaron a la par de Skass. La filas de vanguardia, con la ballesta a la espalda, portaban grandes escudos con ruedas. El resto de hombres se repartían equidistantes, guardando la formación. Osuspiro, Dremin y yo fuimos con ellos para guiarlos hasta el portón de entrada. Caminamos en retaguardia, donde los últimos soldados arrastraban un pesado carromato, cargado con un gran cilindro de metal bruñido.

No hubo piedad con los flotantes que fuimos encontrando. Mientras cruzábamos de nuevo las grandes salas, los ballesteros abatían a los grupos dispersos que quedaban emboscados. En más de una situación los flotantes alcanzaron a disparar sus llamas, pero los escudos de la vanguardia estaban hechos para resistir.

Llegamos al estrecho puente y pudimos ver un espectáculo dantesco del otro lado. El griefer, que habia aumentádo aún más de tamaño, estaba encaramado a la ladera de la montaña. El cuerpo de lo que antes era Dester se había convertido en un gigante abotargado, de quitinosa piel negra.

El monstruo poseía seis patas, acabadas en afiladas garras Ninguna de ellas estaba repartida de forma lógica por su cuerpo. Un par de gigantescas alas le permitían levantar algo el vuelo y, entre ellas, se distinguía una cabeza bulbosa coronada de ojos saltones. El griefer no paraba de aullar a traves dos fauces circulares y dentadas, como las de una lamprea, a la vez que una pupa ulcerosa a la altura de su pecho vomitaba incontables monstruos.

Apenas las primeras filas de ballesteros tomaron posición, comenzó a caer sobre nosotros una tormenta de fuego y flechas. Los portaescudos cerraron su formación para proteger a las primeras filas de ballesteros. Mientras, las paredes de la sala -ruinas tras el primer ataque de los flotantes- se desmoronaban sobre los nosotros.

Aún con toda la organizacion sufrimos muchas bajas. Las filas se dividieron y los hombres buscaron cobertura en las salas adyacentes, respondiendo al fuego con oleadas de virotes. Siempre con su vanguardia, Skass dió orden de concentrar las andanadas para limpiar el cielo de flotantes, aunque ello implicaba quedar muy expuesto a los arqueros de la otra orilla.

En mitad de todo el caos, el carromato al lado del que íbamos nosotros se adelantó hasta la posición del capitán. Lo aprovechamos como parapeto y pudimos acercarnos hasta el grupo de Skass.

No quedó ningún flotante en el cielo, pero las flechas silbaban continuamente a nuestro alrededor. Apenas me atrevía a levantar la cabeza de la pared derruida tras la que nos defendíamos, pero el capitán Skass y otro de sus hombres permanecían firmes sobre ella, calculando distancias con un astrolabio.

El adm se dejó caer a mi lado con expresión triunfante, mientras sacaba un cigarro puro del bolsillo de su casaca. Mientras lo encendía, me miró divertido y preguntó:

  • ¿Os habéis preguntado alguna vez como es ese "fuego sagrado" con el que contruí la brecha, hijo?
  • Mas de una, capitán. ¿Por?
  • ¡Porque lo vais a ver en primera fila! Tapaos los oídos y abrid la boca...

Skass se incorporó y aplicó la llama de su puro sobre una pequeña endidura en el cilindro de metal. Este comenzó a cimbrear ligeramente, dando paso a un rumor grave que creció hasta una fuerte vibración que hacía temblar el suelo. Me apresuré a seguir el consejo del Adm.

El propio metal comenzó a abombarse como un tonel, para luego proferir el mayor estruendo que recuerdo haber escuchado. Retumbó en toda aquella profundidad como cien truenos en uno solo. Su sonido me golpeo como un puñetazo en las tripas.

No me había recuperado del todo cuando vi que la mayoría de ballesteros se encaramaban a sus posiciones, siguiendo algo en el cielo. Temblando aún por la impresión, me levanté para ver lo que miraban.

Una gigantesca bola de acero al rojo vivo surcaba los cielos como un meteoro, e iba directa al cuerpo del Griefer. Cuando lo golpeó, otra explosión tan fuerte como la anterior se produjo, estremeciendo los cimientos de Nederia y destrozando la cima del monte quemado. Hubo una gran nube de humo en la montaña y desprendimientos en su ladera, oyéndose chillidos y algarabía en ese lado.

Cuando el humo se dispersó sólo quedaron algunos monstruos dispersos: el griefer había caido.

jueves, 28 de abril de 2011

El viaje XIII - El corazón del valor

Osuspiro se retrasó para obligar al astrónomo a continuar camino mientras el resto seguíamos avanzando. Cuando ambos volvían hacia nosotros, los monstruos comenzaron a organizarse. Las arañas pequeñas dejaron de intentar avanzar, mientras que las grandes se situaban en filas. Sus jinetes sacaron grandes arcos de hueso y tensaron sus cuerdas.

La primera andanada de flechas quedó bastante detras nuestra, pero con la segunda los esqueletos corregieron el tiro y las flechas comenzaron a caer a nuestro alrededor. Avanzamos a gatas entre la lluvia de flechas, destrozándonos rodillas y codos mientras rezábamos porque ninguna nos acertase. Hazmat, que lideraba la fila, llegó hasta la entrada del templete. Ya erguido, nos ayudó al resto a pasar a cubierto. Para cuando llegaron Osuspìro y el astrónomo nos habían disparado encima más de siete andanadas. Incluso alguna flecha se había clavado en el grueso petate a la espalda de Rheshef.

La sala que servía de entrada al templo estaba cerrada al exterior excepto por la puerta de entrada. Excessus y yo aún teníamos el arco intacto tras todas las peripecias. Repartimos las flechas que quedaban entre nuestros carcaj y buscamos ángulo de tiro desde el dintel. Dremin, por su parte, había explorado las salas de alrededor para saber desde donde podríamos cubrir mejor la pasarela. El caballero volvía contento, arrastrando un cofre que había encontrado en la sala contigua.

  • ¿Que traéis Dremin? -pregunté, mientras me ajustaba el carcaj a la espalda
  • Un regalo de los dioses maese -dijo, dejando caer el cofre delante nuestra: su interior estaba lleno de espadas de bella factura y brillantes armaduras.
  • ¡Vaya -exclamó Hazmat, que volvía tambaleándose desde la puerta-, esto si ha sido un golpe de suerte!

Y dicho esto, el mago se desplomó sin sentido en el suelo, sangrando profusamente. El Adm y yo nos avalanzamos sobre él. Un par de flechas le habían alcanzado en el costado y el brazo derecho.

Excessus aplicó los propios ungüentos de Hazmat sobre sus heridas, y al menos pudo parar la sangre. Rheshef ayudó a quitarle las flechas y vendar las heridas, y el resto nos repartimos entre la puerta y unas troneras que Dremin encontró en las salas contiguas. El ejército, al ver que nosotros ya estábamos a cubierto, había cesado en los disparos, quedando sólo alerta una guardia de arqueros al pie del puente. Estábamos a salvo por el momento.

Nos equipamos con lo que trajo Dremin, y decidimos pasar la "noche" (en Nederia no existen sol ni luna) en ese mismo lugar. La cena fue bastante frugal, pues no sabíamos cuanto tendríamos que esperar allí y debíamos racionar los alimentos. Tras comer fuimos montando guardia con los arcos de dos en dos, para reaccionar si el ejercito avanzaba.

Durante mi turno de descanso, el mago despertó tosiendo. Tras alcanzarle algo de nuestra mermada agua se incorporó y observó la sala.

  • No es buena situación...
  • Sería peor si nos hubiesemos quedado -respondí-, hicisteis bien en traernos.
  • Lo sé. Aqui nos podemos hacer fuer... – la tos, esta vez acompañada de sangre, interrumpió la frase. Me asusté bastante, la herida debía ser más grave de lo que pensábamos
  • Reclinaos, Hazmat. Guardad fuerzas.

Hazmat volvio a beber otro trao de agua, calmándose un poco la tos. Mientras yo arrojé un vistazo detenido a la sala donde estábamos. Sin ningun abalorio, los contrafuertes de las paredes se unían en una elegante bóveda sobre nosotros. A un lado y otro, guardaban el camino las salas de las troneras, donde ahora montaban guardia Osuspiro y Rheshef.

Detrás nuestra, en la pared contraria a la entrada, un portal custodiaba la parte interna del templete. El dintel de esta puerta era el unico decorado. Tallado como ramas de vid entrelazadas, simulaba sostener en su punto mas alto un cartel donde estaba tallada la palabra "VALOR". Todo me resultaba inquietantemente familiar.

  • Hazmat -pregunté extrañado- ¿alguna vez habíais estado aqui antes?
  • ¿Yo? -el hechicero volvió a intentar incorporarse- Jamás muchacho. Pero, por lo que veo en tu mirada, este sitio lo hemos visto tanto tu como yo.
  • No lo comprendo
  • ¿No conoceréis a Trevas, el escultor?

¡Trevas! Me acordé de su casa, en el Mons Cayvm. y como Dremin y yo tuvimos que salir de allí, perseguidos por los vagabundos. Parecía que habían pasado años desde esa noche. ¿Tenía el artista algo que ver en toda esta locura?

Le conocí en su juventud. Era un aprendiz, obsesionado con las legendarias obras del Adm Bob. Compartimos hogar durante un tiempo en la Bahía del Sol, donde yo buscaba inspiración y el comenzaba sus primeras esculturas.

Y en ese momento recordé. Trevas realizó un trabajo para los Adm de Espaún en las laderas del monte Nibél, cerca de Bahia del Sol. Siempre dijo que nunca le acabó de complacer del todo. Era un pequeño templete, que se podía usar como refugio si la noche sorprendía a los caminantes. Lo llamó "El templo al valor". Ahora me daba cuenta que no era sino una pequeña sombra del templo donde nos encontrábamos

  • Pero...
  • Yo también conocí a Trevas, maese -dijo Hazmat mientras se recostaba-, hace ya meses que abandonó su hogar en Mons Cayvm, atormentado por sus propias musas.
  • No os entiendo
  • Trevas es un gran escultor, sin duda, pero lo que realiza no es producto de su imaginación, Piteas. Desde joven, su mente se alejaba de su cuerpo durante el sueño, cruzando viajera los hilos de plata, y llegaba hasta aquí abajo. Él fue realmente el primer hombre en atisbar Nederia.
  • Y todo lo que el creo ¿esta aquí?
  • Aqui no, exactamente -el mago miró a traves del portón externo- allí fuera, si pudieramos viajar lo suficiente, admiraríamos la Dama fria, el Sol oscuro... todas sus construcciones
  • ¿Y como lo averiguasteis?
  • Trevas cruzó el desierto hasta Poniente hace muchas estaciones. Buscaba algún mago que diera alivio a sus sueños, que estaban cada vez más llenos de lugares retorcidos y oscuros. Tras tentarle con parajes gloriosos, Nederia le comenzaba a mostrar su lado mas siniestro.
  • ¿Él esta bien?
  • Desde luego, Piteas. Le encontré y me ofrecí a ayudarle. Aprendió a dominar de nuevo su alma durante el sueño, sujetándola férrea y guiándola donde el quisiese. En cierta manera, arruiné una inspiración monstruosa, pero le devolví la paz. En pago, él me ayudó a construir un plano de Nederia. Registramos cada isla, cada construcción, cada túnel y cada monstruo que observó.
  • ¿En la biblioteca de Atlantia?
  • No... aquí -Hazmat se señaló la cabeza mientras sonreía.

Me levanté, confuso, intentando recordar. Había algo importante que no alcanzaba a discernir. Algo que sospechaba vital para nuestra situación, pero que se escondía en un rincón de mis recuerdos.

  • Os veo anonadado, Piteas
  • No, no es esto, el caso es que...
  • ¡Alerta! Cruzan el monte quemado -el grito de Reshef cortó mis pensamientos.
  • Descansad Hazmat -respondí rápidamente, mientras corría a la tronera del astrónomo.

Dremin y Excessus se agolpaban detrás de Reshef, peleándose para ver lo que este avistaba con su telescopio. Durante unos momentos estuvimos pendientes de la oscurecida ladera del norte, esperando ver al mosntruoso Griefer cruzándolo, pero Reshef señaló el cielo oscuro.

Contra la espesa mata de nubes se recortaban una miriada de figuras, blanquecinas y abotargadas. El viento arrastraba lamentos inhumanos, disonantes y desesperados como el mugido de las reses en un matadero. Los seres, que paecían ser arrastrados por el aire hacia arriba, comenzaron a descender sobre nosotros torpe y lentamente.

El astrónomo disparó un par de flechas a los mas cercanos. Estos se desinflaron como un odre lleno de aire, cayendo inertes a la lava. Nos miramos incrédulos ante estos nuevos mosntruos, que no parecían revestir ninguna amenaza, hasta que Excessus alertó.

  • ¡Fuera de la tronera!¡Fue... -no llegó a terminar la frase. 

Una explosión de fuego destrozó la pared, y nos arrojó a todos hacia atrás. Sólo dejó tras de si una lluvia de cascotes ardientes. A punto estuve de perder el conocimiento.

Me levanté y vi que el Adm y el astrónomo se llevaron la peor parte, pues estaban delante en el momento de la explosión. A pesar de sus heridas y quemaduras, que aparentaban ser bastante graves, ambos respiraban, por lo que intenté sacarlos de allí.

Dremin se recuperó enseguida y me ayudó a volver a la sala principal con los heridos. Osuspiro había salido mientras tanto hasta la puerta exterior, donde disparaba a los nuevos monstruos. Los seres flotantes vomitaban llamaradas, que el explorador esquivaba como buenamente podía sobre el resbaladizo puente.

Cada vez que una de esas bolas de fuego tocaba la estrecha pasarela, estallaba furiosamente en llamas. Pero a pesar de esto el puente seguía intacto sobre el abismo. Mientras, el ejército de la otra orilla no perdía el tiempo. En un instante reanudaron la lluvia de flechas sobre el explorador que amenazaba con abatirle, si no resbalaba antes cayendo a la lava.

  • Joder con el héroe -se quejó Dremin
Dejó a Excessus junto al hechicero, mientras este se incorporaba asustado

  • ¡Piteas, examinad la heridas por si podeis hacer algo! Yo intentare que no maten al chaval.

El caballero corrió hacia el puente, donde Osuspiro intentaba resistir la nueva andanada de flechas. Hazmat mientras me iba diciendo qué debía hacer. Rasgué las vestiduras y apliqué los ungüentos que aún nos quedaban, pero el mago me confesó que no teníamos mucho con lo que teníamos allí. Sólo nos quedaba algo de linimento, pero necesitábamos equipo de quirurgía.

Y entonces se iluminó el oscuro rincón de mi mente.

  • ¡Es eso Hazmat!
  • Si, es eso maese, el Adm y el astrónomo moriran seguramente.
  • No, no, no. Es lo que Trevas me dijo en su dia del templo. Que no le gustó porque no estaba completo.
  • Ahora soy yo quien no os entiende maese
  • Me dijo que en el corazón del templo tenía que haber un portal, un portal a casa. Nunca lo entendí, pues no tenía sentido... un portal tan cerca de dos ciudades que ya poseían uno. Hasta que vos me lo habéis explicado. No era un capricho del artista, sino que él YA LO HABÍA VISTO EN SUEÑOS.

Hazmat comprendió al vuelo. Me ayudó a tumbar a Reshef y Excessus sobre sendas esterillas. Usándolas como parihuelas, los arrastramos hasta el interior del templo. Me volví a la puerta de entrada y avisé a los compañeros de la retirada.

En aquel momento Osuspiro se aferraba agachado al dintel exterior. Estaba sujetando a Dremin para evitar que cayese al abismo, en mitad de la lluvia de fuego y flechas. El caballero había acudido en ayuda de Osuspiro, pero resbaló apenas puso un pie en la pasarela. Gracias a los dioses, se aferró en el último instante y -mientras gritaba de espanto- quedó colgando del suelo de la entrada.

El mago yo nos adentramos en las salas interiores, seguidos de nuestros compañeros en cuanto Dremin pudo encaramarse. Sin apenas fijarme en detalles, recorrí lo más rápido que pude los pasillos, reconociendo el camino hacia el refugio interior.

Los ecos de los flotantes comenzaron a resonar por los pasillos, recordándonos la inmediatez de nuestros perseguidores. Pero entonces llegamos a una gran puerta doble de alabastro -que sin duda debía ser la inspiracion de las puertas de madera blanca del templo de Nybel.

Hazmat y yo empujamos triunfantes las puertas de la sala, para descubrir una cálida estancia de alabastro y madreperla, iluminada por dorados pebeteros. En la mitad, se levantaba un bello arco de obsidiana, pero este estaba limpio y vacío: no habia portal alguno.

Nos detuvimos un instante, incrédulos. Me sentí desfallecer y con ganas de llorar. Había acariciado una esperanza con los dedos y ahora sólo me quedaba la cruel realidad. Sin embargo Hazmat reaccionó pronto, arrastró a Reshef hasta el estrado y me indicó que hiciese lo mismo con Excessus. Mientras le seguía observé que las vendas del mago estaban encharcadas en sangre: sus heridas se habían abierto.

  • Hazmat, quedaos con ellos.
  • Piteas -me cortó decidido-, si he de morir, prefiero morir de pie y luchando. Ayudadme a ceñir una de las armaduras, por favor.

Mientras el mago se colocaba una de las cotas, Osuspiro y Dremin entraron atropelladamente en la sala.

  • Ya vienen -comentó jadeante Dremin -las explosiones a su espalda ratificaban sus palabras.
  • Las paredes interiores son gruesas, han resistido más de una llamarada de esos seres -dijo Osuspiro, mientras ayudaba a Dremin a cerrar las puertas de alabastro-. Creo que si nos colocamos a ambos lados de la puerta tendremos algo de parapeto.

Siguiendo el consejo, cada pareja nos colocamos a un lado de la puerta. Dremin y yo en una, Osuspiro y Hazmat en la otra. Dado que los dos ultimos arcos habían quedado destrozados, desenvainamos las espadas que Dremin había conseguido.

Entreabrimos las hojas de la puerta. Nuestra esperanza era que los seres bajasen a la abertura del dintel, en lugar de simplemente volar la puerta, y pudiéramos caer sobre ellos en cuerpo a cuerpo.

Mientras los flotantes se acercaban, oí a Dremin canturrear una oración por su alma. Fui consciente entonces que, aunque todo saliera bien, no hacíamos sino retrasar lo inevitable. Era el final.

  • Siento haberos arrastrado a esto, Dremin -le dije en un hilo de voz, sin atreverme a mirarle a los ojos.
  • ¿Bromeais? -dijo sorprendido-, Serveria entera esta siendo masacrada a traición maese. Gracias a vos he podido plantar cara y luchar. Con que hayamos retrasado unos días la caida, habrá valido la pena.
  • Desde luego tuve suerte de encontraros en  Drakenden -me volví hacia el  caballero-. Ha sido un honor, Sir Dremin
  • Lo mismo digo Maese Piteas -dijo, poniéndome la mano en el hombro-. Ahora, vendamos caras nuestras vidas.

viernes, 15 de abril de 2011

El viaje XII - Cayendo en las brasas

Cuando abrí los ojos, mis compañeros seguían allí.

Pero todo a nuestro alrededor había cambiado. El suelo donde estaba tendido era áspero y poroso, aunque mucho más calido que las ruinas de hacía un instante. Nos miramos extrañados, para descubrir que todo en la vasta explanada donde nos encontrábamos estaba teñido por un resplandor rojizo, semejante al de las ascuas de una hoguera.

En el oscuro horizonte sólo se perfilaba la silueta de un gran pico, a cuyas faldas estábamos nosotros; el resto del ceniciento cielo estaba ocupado por nubes negras como el hollín y extrañas estrellas amarillas. A unos pocos metros, la propia explanada se cortaba en una caida vertical, de cuyas profundidades procedía el brillo que lo iluminaba todo.
  • ¿Donde estamos? -preguntó para sí, Osuspiro.
  • Esto, señores -se apresuró a responder Hazmat- es Nederia. 
Nederia, donde duerme el sol, los infiernos, el lado oscuro del mundo... había leído mucho acerca de esa tierra. Era un lugar lejano -algunos incluso lo situaban bajo tierra- en la que los mares eran de lava y las estrellas estaban tan próximas que se podían tocar con la mano. De tierra totalmente quemada, era el hogar de los monstruos de fuego y los aurífagos.

Y ahora nosotros estábamos allí, confusos y perdidos.
  • Bueno. Tendremos que apresurarnos. Tenemos poco tiempo para malgastarlo. -Dijo Hazmat, a la vez que se dirigía a la oscura silueta de la montaña.
  •  ¿Tiempo para qué? -preguntó Reshef mientras se ajustaba el turbante, que se le habia desanudado.
  • Para que el Griefer nos siga a través del portal -respondió el mago-. Aqui el tiempo avanza mas lento que en el resto del mundo, lo que nos da unos minutos preciosos.
  • ¿Y pensáis que en la ladera de ese monte nos podremos defender mejor? -comentó Dremin, valorando la situación
  • ¿Allí? -cuestionó Hazmat-; no, ni loco. Pero en el valle que hay detrás sí.
  • Espera, espera... ¿ queréis decir que tenemos que cruzar corriendo esa montaña? -gimió Reshef mirando las escarpaduras, pero el resto del grupo ya habíamos emprendido la marcha.
Durante las siguientes hora, ascendimos por los intrincados senderos, que apenas se adivinaban entre la ennegrecida roca. El calor que desprendía el suelo fue volviéndose insoportable conforme subíamos, hasta llegar al punto de no poder apoyarnos mucho rato para descansar, si no queríamos acabar abrasando las ropas.

En un par de ocasiones volví la vista hacia abajo: vista desde las alturas, la meseta de la que nos alejábamos parecía una pequeña isla, rodeada de un titánico océano de lava; lejos en el horizonte se distinguían otros promontorios, emergiendo afilados y retorcidos.

Hazmat me detuvo bruscamente, sacandome de mi ensimismamiento: delante nuestra el fuego brotaba de la propia tierra como si de un fogón se tratase.
  • Acostumbraos a mirar donde pisais, maese Piteas. -me reprendió mientras rodeaba la extraña hogera.
  • ¡Increible -musitaba Dremin-, piedra de fuego!
  • ¿La conoceis? -preguntó Excessus
  • Una vez, en Castro Cuvum -explicó Dremin mientras arrancaba unos trozos del suelo con un pequeño pico- tuve la ocasión de trabajar con ella. Da un fuego mucho mas potente que el carbón, ¡y arde semanas sin agotarse!. Maese, os recomiendo que recojáis aunque sea un poco... ¿sabeis a como la podríais vender cuando volvamos?
  • Si no nos damos prisa -replicó irritado Hazmat- no creo que eso ocurra jamás.
Apenas reemprendimos la marcha, se levantó un fuerte viento que arrastraba cenizas y nos quemaba el rostro. La mayoría nos agachamos, buscando protección entre las rocas a los lados del camino, pero Reshef tenía calados el turbante y el shemagh y permaneció impasible, mirando montaña abajo. Entre el grave ulular distinguí como el astrónomo me gritaba algo ininteligible.
  • ¡No os entiendo, Rheshef! -le grité, aunque mi voz quedó enmudecida por el viento
  • ¡El griefer! -alcanze a escucharle- ¡en la meseta!.
Haciendo acopio de fuerzas, me apoyé en una ardiente roca para incorporarme con suma dificultad. Protegí mi cara con ambas manos y miré adonde Rheshef me indicaba, para poder distinguir entre la ceniza y las ascuas arrastradas una gigantesca silueta que crecía por momentos.

El vendaval de ceniza amainó un poco (lo justo para poder seguir ascendiendo sin riesgo) y reemprendimos la subida sabiéndonos perseguidos. Ibamos bastante más lentos de lo que nos gustaría, pues tan sólo Rheshef podía avanzar con relativa seguridad de ver por donde pisaba, y además se tenía que preocupar de que el resto no nos despeñáramos intentando seguirle.

No habría pasado ni media hora cuando Hazmat, con gritos de alegría, vislumbró el paso al que nos dirigíamos. El lugar en cuestión era una estrecha grieta en la misma montaña, que pasaría inadvertida para quien no la buscase de propio.

Reshef quedó unos instantes afuera, oteando la bajada, mientras el resto pasábamos uno a uno dentro. Aprovechámos el resguardo para escupir la ceniza y beber agua; Osuspiro en particular había tragado mucho polvo y paso casi todo el rato tosiendo hasta que Dremin le dio un trago de aguardiente. Al momento entro Rheshef preocupado.
  • Hay movimiento en la meseta, el griefer no ha venido sólo.
  • Es el libro, con él puede invocar lo que desee -dijo Hazmat mientras se levantaba, cubierto de ceniza.
  • Pues lo ha aprendido a usar bien, he contado más de cien zombis que han comenzado a trepar por la ladera -le respondió el astrónomo.
  • Diez o cien, con lo estrecho de esta grieta podriamos resistir perfectamente -dijo Dremin mientras encedía su pipa.
  • Admiro vuestro valor -respondio Excessus- pero sed razonable. No es que venga uno o dos ejércitos, sino que puede lanzar contra nosotros lo que quiera. Tras los cien vendran mil, y otros mil tras estos ¿y qué haremos cuando se canse vuestro brazo caballero?.
  • Excessus lleva razón -añadió Hazmat, que se había acercado a la entrada de la grieta intentado inutilmente otear entre la ceniza-, debemos...
  • Esos monstruos no se detendrán aunque la tempestad arrecie -cortó Rheshef-, aunque sean lentos, van a cubrir esta distancia mucho antes de que nos alejemos. Nos alcanzaran muy pronto. Demasiado.
Hubo un silencio incómodo

  • Si alguien se tiene que quedar -se decidió a hablar Osuspiro- es adecuado que sea yo. Vine aquí a protegeros -dijo, dirigiéndose a Excessus.
  • ¡Los cojones! -se quejó Dremin, agitando su pipa con furia-, ¡no son diez arañas en mitad de un desierto jovenzuelo! -pegó una calada profunda a la pipa y añadió mohíno- Prefiero quedarme yo contra mil zombis a que vos me cubrais la espalda contra cien.
  • ¡Haya paz! -interrumpí entonces- , estoy seguro que podemos retenerlos sin que nadie tenga que acabar hoy haciéndose el héroe.

Me adelanté unos pasos, notando la tensión del resto del grupo. Lo cierto es que no tenía ni la mas remota idea de como podíamos salir, pero ya habíamos perdido suficientes compañeros como para sacrificar otro mas sin buscar alguna alternativa.

Y, mientras miraba la pequeña candela de la pipa de Dremin, se me ocurrió una idea para retrasarlos.

  • Sir Dremin. ¿A que altura estaba la piedra de fuego?
  • Casi toda la montaña es de piedra de fuego, pero la de antes... echa doscientos metros abajo: esta menos quemada y arde mejor.
  • Ya veo -contestó Hazmat- pero esta demasiado lejos para prenderla.
  • ¿Ni a tiros? -respondió Rheshef sacando la pistola
  • ¡Por dios astrónomo! -clamó Dremin- sólo prende con fuego
  • Quizas con una mecha... -aportó Excessus, perdido en pensamientos
  • En caso que tuvieramos tanta mecha -descartó Hazmat- tendriamos que ser capaces de acercarla doscientos metros montaña abajo, en mitad de una tempestad de polvo. ¿O acaso podría avanzar ella sola?
  • Tenemos una -respondí.
  • ¿Cómo? -preguntó Dremin.
  • Digo -repetí lentamente, repasando en mi cabeza- que tenemos una mecha que puede bajar sola doscientos metros.

Abrí la mochila y busqué impaciente hasta dar con un frasquito rodeado de piel, exactamente igual al que mis compañeros tendrían en sus mochilas. Lo mostré al resto.

  • Aceite de antorcha, señores. Denso, inflamable...
  • Y en cantidad abundante -añadió Osuspiro
Nos pusimos manos a la obra enseguida. Uno a uno, Reshef fue vaciando los frascos por la pared de la montaña, hasta que la brea llegó a la zona de la piedra de fuego. Prendió la mecha con una de las cerillas de Dremin, y la montaña se rodeó de su propio foso de fuego.

  • ¿Cuanto nos dará esto? -preguntó Excessus.
  • Esos monstruos arden de maravilla... yo creo que el tiempo suficiente -respondió Hazmat-
  • Bueno hechicero... ¿y ahora? -preguntó Rheshef-
  • Ahora, astrónomo, os llevaré a donde os prometí. A la fortaleza del valor.

Y, siguiendo a Hazmat, nos internamos en la oscuridad de la grieta.

miércoles, 6 de abril de 2011

El viaje XI - La trampa

Hay gente que se transforma cuando tiene algo espantoso delante: se vuelven arrojados y valientes, llegando a límites que ellos desconocían. También existen aquellos que, nada más notar el riesgo, huyen ágiles como corzos.

Pero yo, al ver la espantosa transformación de Dester, me quedé parado como un idiota. De hecho, si no llega a ser por la rápida reacción de Hazmat -que me aferró de un brazo, alejándome del ser- no estaría contando esta histora.

El mago había agarrado la cuerda que Dester ató al estrado antes de transformase y, con un decidido salto, me arrastró hasta la plataforma donde estaba el grupo de Phank. Pese a tener la cuerda asida, el aterrizaje entre los restos de brea aún ardiendo fue bastante duro. Hazmat y yo nos levantamos raudos, recordando el peligro aún constante de los Banush, pero estos ahora se dirigían en masa hacia el monstruo de la plataforma superior.

  • Los guardianes lo entretendrán un buen rato –dijo Hazmat, viendo a los Banush arremolinarse alrededor de Dester-,  aprovechemos para salir de aquí.

Nos arrojamos hacia las escaleras, bajando los escalones a saltos mientras la luz de las salas comenzaba a desaparecer. A nuestras espaldas, lo que había sido Dester aullaba y rugía. En la base de mármol nos encontramos con Dremin y Excessus, alertados ambos por la algarabía.
  • ¡Vamos!¡No os quedeis ahí, corred hacia el norte! -les chilló Hazmat mientras señalaba una dirección.
  • ¿Que es todo ese jaleo?¿Y Blade y Dester? -replico Excessus
  • No hay tiempo, en serio Excessus -le cortó Phank-, haced caso al mago y corred, por lo que más queráis.
Pero entonces un gruñido gargantruesco tronó en las salas, desde las alturas
  • ¡Ḩ̴̸҉͞A͏̷̕͜Z̨̢͘͟M̡̡͟҉A̸͡A̶͟͏͘A̵̵͞T҉҉̴̵̕ !
Nos quedamos petrificados pues, aunque reconocimos lo que había sido la voz de Dester, ya no quedaba rastro alguno de humanidad en ella. Algo en su tono me hizo recordar la visión en las escaleras de obsidiana, y la angustia me atenazó el alma.

Segundos después, el suelo comenzó a temblar y las escaleras que subían a las salas de los libros se agitaron, como las silgas de un barco en mitad de la marejada. Esto nos sacó del espanto y huimos en la dirección que Hazmat nos señaló sin mirar a la oscuridad detras nuestra, de la que  llegaba un estruendo creciente.

Pese a que corríamos con todas nuestras fuerzas, la criatura nos iba ganando terreno poco a poco. El temblor cada vez era más grande, e incluso comenzaron a caer anaqueles enteros desde los pisos superiores estrellándose a nuestro alrededor: fue realmente un milagro que ninguno de ellos nos aplastara.

Volvimos a la avenída de lapislázuli pero, en lugar de proseguir por ella, Hazmat nos guió hacia un  pequeño templete en ruinas, que se levantaba a la vera del camino. Allí nos ordenó apagar todas nuestras antorchas y hablar en voz baja.

No habíamos terminado de apagar aún las luces cuando el monstruo llegó hasta las escaleras, apenas a cien pasos de nosotros. Aquel ser parecía perdido sin el rastro de las teas, y le oímos olisquear pesadamente el aire. Hasta contuvimos la respiración, temerosos de que la criatura nos descubriera.

El monstruó bramó al aire, respondiendo el eco de la insondable caverna, y comenzó a rodear trotando la base de las escaleras, como un lobo que busca su presa. Apenas se alejó, Hazmat nos reunió a su alrededor para decidir, en susurro, lo que hacer.

Debíamos recuperar el Libro de los Monstruos como fuera, pues sin él Server no tardaría en caer. Pero en aquel lugar no éramos rivales para aquel monstruo: nos daría caza sin dificultad en cuanto recuperase nuestro rastro. Debíamos atraerlo hasta un lugar donde pudieramos igualar las cosas.
  • Si estuvieramos allí arriba -comentó Dremin-, me gustaría ver lo que haría ese bicho contra las murallas de Norsk.
  • De seguro arrasarlas -respondió Hazmat-, no lo infravaloréis caballero. No es ningún animal estúpido: nos enfrentamos a un griefer en su forma verdadera... y con poder para levantar un ejército de monstruos.
  • Dester, todo este tiempo... ¿ha sido un griefer? -comentó preocupado Excessus.
  • No, Adm. Dester murió en las escaleras de osbsidiana, cuando rescatamos a maese Piteas.
Así nos explicó Hazmat como, desde la visión de Darth Lagg, sospechaba que uno de los dos no había vuelto en realidad. Al principio le resultó casi imposible saber quien era el impostor pues, cuando un griefer quiere pasar desapercibido, no hay nada que lo diferencie de una persona normal.

Por ello quiso estar en nuestro grupo cuando llegamos a la biblioteca, y asi tenernos a ambos controlados. Pero se dió cuenta demasiado tarde que Dester era el suplantado, que fué cuando yo le entregué el libro sin sospecha alguna.
  • Bien, ya nos hemos enterado todos del error pero... ¿alguna idea de qué hacer? -Interrumpió nervioso Reshef.
  • La idea de Dremin no me parece mala -añadió Osuspiro-, quizas no a Norsk, pero en Espaún, o el valle de Rockfort las defensas nos podrían ayudar. Y Phank aún lleva el libro.
Nos quedamos mirando al Adm inquietos. Este, de entre los pliegues de la capa, dejó entreveer el tomo que había sacado de la gran biblioteca.
  • Arriba, desde luego, no sería buen lugar -dijo Hazmat, con la vista perdida-, pero si sois capaces de llevarnos a cualquier parte con esa maravilla, creo que conozco un lugar donde podríamos plantarle cara.
  • ¡Voto por eso! -Exclamó Dremin.
  • Por mi perfecto -añadí yo-,  prefiero ir a una fortaleza, por lejos que este, que ser devorado en estas ruinas oscuras.
Todos estuvimos de acuerdo, y Hazmat le explicó a Phank lo que tendría que hacer, mostrándole imágenes y pergaminos que le indicaban dónde había que abrir el otro lado. El Adm abriría el portal y lo mantendría  el tiempo suficiente como para que la criatura lo viera. El griefer, obsesionado como estaba por darles caza, se precipitaría sin pensárselo dos veces, y era entonces cuando había de cerrar la apertura.

Pero todo lo había de hacer desde fuera, desde la misma Mojang. Luego el Adm estaría sólo, y tendría que abrirse camino el mismo para llegar de nuevo a la superficie, donde tendría que encontrar un medio de llevarnos de vuelta.

Cuando estuvimos preparados, salimos de las ruinas al jardín marchito, y allí el Adm comenzó a recitar los ensalmos de apertura conforme leía del libro. Un tímido fulgor acuoso comenzó a palpitar frente a nosotros, como una gota de agua gigantesca suspendida a paso y medio del suelo. El brillo aumentó, y pronto todo aquel jardín se vio iluminado por el portal.

Hazmat nos metió prisa, y caminamos todos dentro de la esfera azul. Al principio no pasó nada pero un zumbido molesto se fue apoderando gradualmente del resto de sonidos, y el mundo comenzó a estremecerse y temblar fuera de la esfera.
  • Manteneos a salvo y yo os encontraré. ¡Ya lleg...! -fué lo último que le oí decir a Phank.
El mundo se desvaneció a mi alrededor el mundo, mientras una sensación de caída libre se apoderaba de mi. La suerte estaba echada.

lunes, 4 de abril de 2011

El viaje X - Mojang

Aproveché un momento para poder caminar aparte con Reshef y Dremin y comentarles la conversación de la noche pasada con Dester. Dremin me aconsejó ver lo bueno que había hecho Hazmat por nosotros, y no dar crédito a una acusación que únicamente se dejaba llevar por el miedo.

Reshef, sin embargo, reconoció que tampoco estaba de mas tener cuidado. Si la cosa se limitaba únicamente al libro, bien podría cogerlo un guardia o nosotros mismos. Si el mago realmente estaba aquí por ayudar no le importaría lo más mínimo que otro fuera el portador.

En esas estábamos, horas después de haber salido del merendero, que llegamos a un tramo en el que la luz blanca ya se hacía presente. Los hilos de plata nos rodeaban de forma mucho mas densa, y apenas se podía distinguir el vacío entre ellos.

Hazmat se paró de repente en mitad de las escaleras y nos hizo guardar silencio. Bajo nuestros pies, un rumor hacía temblar levemente el suelo.

  • Mojang nos saluda, señores. Estamos llegando

Y efectivamente, en menos de dos horas después llegamos a sus puertas. Las escaleras se abrían a una gran bóveda, iluminada por las miríadas de tililantes hilos argénteos que entraban por su techo, y por una infinitud de marañas doradas que nacían de su suelo. Ambos se entrelazaban formando extrañas columnas de luz, que parecían sujetar los altos ábsides.

Bordeado por las columnas de luz, un camino de laspilázuli partía desde el final de las escaleras hasta unas grandes puertas blancas de gran altura. En sus hojas estaban esculpidos relieves de bosques y montañas, que apreciamos conforme nos acercábamos, como si hubieran sido a la vez portal y escultura.

Atravesamos la bóbeda con renovadas fuerzas -y las antorchas ya apagadas, pues la luz en aquella sala era casi cegadora-, hasta llegar al portal. Hazmat y los Adm comenzaron a buscar la manera de abrirlo, mientras yo miraba extasiado los grabados que llenaban su superficie. La maestria era increible, sobresaliendo algunas figuras como si de un diorama se tratase, y sin que se alcanzara a ver punto de unión alguno.

  • Es prodigioso -exclamé-, cada hoja esta tallada de una sola pieza de esta piedra blanca.
  • No es piedra -me corrigió Reshef mientras pasaba la mano por encima.
  • ¿Y entonces? -preguntó interesado Osuspiro, que se nos había acercado.
  • Es marfil -dictaminó Reshef-, dos piezas titánicas de marfil.

Los tres dimos un paso atrás, queriendo entender de que animal se podrían haber sacado tales piezas, y un escalofrío me recorrió la espalda al recordar la antiguedad que Hazmat le suponía a este sitio. Era mas bello que las Escaleras de Obsidiana, sin duda, pero me resultaba igual de desconcertante.

  • No os distraigáis -dijo Phank-, creo que ya lo tenemos. Vamos a entrar.
  • Apartaos un poco, por favor -añadió Excessus.

Los Adm empujaron de determinados sitios en las puertas, y estas respondieron abriéndose lenta y suavemente. No pude evitar volverme a escudriñar los gestos de Dester y Hazmat; observaban el prodigio, el uno tenso, y el otro extasiado.

Tras la bóveda de luz, toda la magnificencia del lugar parecía perderse. La sala tras las puertas era titánica, pero la única iluminación provenía de las columnas que dejábamos atrás, y las antorchas que volvíamos a prender.

Caminamos, guiados por Hazmat, en una larga avenída de las mismas baldosas lapislázuli que vimos en la bóbeda, pero esta vez apenas brillaban ante nuestras teas. A ambos lados del camino distinguí zonas de tierra cenicienta, con troncos retorcidos y petrificados como hombres torturados. Quise desviarme a observarlos pero Hazmat me detuvo y, con una dura mirada, añadió

  • Ya os dije que esto antaño fue un palacio. Dejad en paz sus jardines y los guardias no nos molestarán antes de lo debido.
  • ¿Guardias? -preguntó sobresaltado Reshef, mientras hechaba mano de la pistola en su cinto.
  • Por los dioses, Res -respondió Dremin-, bajamos a un lugar mítico asediado por Darth Lagg desde hace eones... ¿en serio pensabais que estaría tal cual, vacio y esperando nuestra llegada?
  • No, es solo que... -comento Reshef, al ver que todo el grupo le miraba- no me gusta como suena lo de guardias, sugiere que "lo-que-sea" estará a la altura de lo que vamos a buscar y, bueno...
  • Nos preocuparemos de eso en su momento, astrónomo -respondió Hazmat quitándole importancia-, ahora centrémonos en llegar antes de hacernos ancianos discutiendo.

Avanzamos durante mucho tiempo en aquella semioscuridad, quizás un dia entero, sin llegar a ver en ningún momento pared, techo o columna alguna. Era como si hubiéramos salido a otro mundo, pero sin luz. Sin embargo aquella oscuridad era, con mucho, mejor que la reinante en las escaleras. Esta negrura sólo significaba espacio vació. Lo que sí vimos fueron numerosos jardines marchitos, como aquel primero que no me dejara inspeccionad Hazmat, y restos de templetes, otrora magníficos, pero ahora ruinosos entre estanques secos.

Nuestra travesía se cortó de repente al llegar a unas amplias escaleras, de marmol cubierto de vetas rojizas, que subían en suave pendiente. Los bordes de los escalones se extendían en forma de círculo a diestra y siniestra, perdiéndose fuera de nuestras luces.

  • Y esta es la biblioteca, señores. A partir de aqui tendremos que buscar la sala correcta.
  • No parece una biblioteca -comentó el guardia Blade-, ¿donde estan los libros acaso?.
  • ¿Mejor así, caballero? -replicó irónico Hazmat.

El mago susurró algo, y delante nuestra comenzaron a resplandecer brillos de entre el mármol. Pronto estos rompieron en una lengua de luz, que iluminó las amplias escaleras, revelándolas como una gigantesca pirámide circular. El brillo ascendía por los escalones hasta un final truncado, del que partían zigzagueantes escaleras pendidas de la nada; estas a su vez llegaban hasta unas plataformas aparentemente suspendidas en el aire, cada una con grandes anaqueles y repletas de libros.

Llegamos hasta la parte superior de la pirámide de mármol, nos separamos en grupos -quedando siempre a alcance visual-, y fuimos subiendo con cuidado por las estrechas escaleras, hasta las salas suspendidas. En verdad allí se debía encontrar un gran saber, pero la mayoría de los libros estaban escritos en lenguas que desconocía, o llenos con símbolos que se me antojában cabalísticos.

Yo ascendí con Blade, Dester y Hazmat. La búsqueda apenas consistía en que Hazmat leía el nombre de la sala -bajo la inquisitora mirada de Dester- y la descartaba sin apenas entrar en ella. Así fué prácticamente hasta que nos juntamos con el grupo del Adm Phank. Ellos tampoco habían encontrado la sala, aunque si llevaban un pesado tomo que Phank me indico trataba sobre los portales y las lineas ley.

  • Para reparar todo el daño causado -me dijo.

Tal y como estábamos reunidos, Reshef, que iba en el grupo de Phank, nos dió la alarma. Algo se movia desde la oscuridad y decendía hacia nosotros. El astrónomo sacó la pistola y descargó dos tiros sobre la figura, que se partió en dos y cayo muerta sobre la sala donde estábamos.

El ser no era ni sólido, ni exactamente etéreo, recordaba a una gota de aceite que se hubiera colado en un estanque de agua, y flotase ajena a la realidad que le rodea. Tan sólo se le reconocían una parodia de rasgos en ambos cuerpos, como el rostro que un niño dibujaría sobre arena mojada. Blade se acercó al cadáver partido en dos y lo atravesó con la espada.

  • Es como líquido -nos dijo, volviéndose a nosotros mientras nos enseñaba si espada-, ¡pero la espada ha salido seca!.

Oí un restallar, como de cuero al romperse, y cerré los ojos al notar que algo me salpicaba la cara. Cuando los volví a abrir, vi a Blade boqueando incrédulo delante mía: uno de los trozos del ser se había levantado y le atravesado el pecho como una lanza, reventándole costillar y armadura, y salpicándonos a todos con su sangre. El otro trozo, en el suelo tras Blade, culebreaba con vida propia mientras comenzaba a levitar y emitir un suave ulular.

  • ¡Mierda! -exclamo Hazmat- ¡Banush!¡Los guardias de la biblioteca!¡Rápido, fuera de aquí!.

El grupo se volvió a dividir, y dejamos atrás el cadáver de Blade mientras subíamos atropelladamente por las escaleras, seguidos lentamente por los seres. Dester, Hazmat y yo ascendímos hasta una sala amplia, con varias estanterías cerca de la entrada que el mago y el guardia tumbaron para usarlas de parapeto. Yo corrí hasta un altar de piedra en mitad de la sala, donde me apoyé y fui sacando el arco.

Mientras, unos metros a nuestra derecha y por debajo, oí el grito ahogado de Osuspiro -que iba en grupo con Reshef y Phank-: dos Banush descendían desde los oscuros techos hacia ellos. Aprovechando que Hazmat y Dester intentaban dar cuenta del que nos perseguía, me centré en herir a los que iban a por nuestros compañeros, disparando sin cesar hasta acertarles varias veces.

Sin embargo, y al igual que había pasado con el primero, el ser se volvía a levantar tras unos segundos inerte, transformado en dos más pequeños; y lo mismo pasaba cuando dañabas a alguno de los pequeños, causando que pronto estuviera alrededor nuestra una gran nube de Banush ululantes.

  • ¡Usad fuego! - Oí decir a Dester.

Entretanto Hazmat había sacado unas redomas y lanzólas contra nuestros perseguidores, que comenzaron a arder en mitad de agudos y desagradables chillidos. El otro grupo hizo lo mismo con la brea que llevaban para las antorchas, y pronto estuvimos dentro de sendos círculos llameantes, mientras grupos de Banush se agolpaban en las alturas.

  • Parece que les retiene –comentó Dester.
  • Parece, ¿pero que hacemos cuando se extinga el fuego? -respondí-. ¿Alguna idea Hazmat?

Pero Hazmat ya no me miraba, estaba absorto en las lineas que recubrían el suelo de la sala, indicando los saberes que en ella se guardaban. Miró las lineas, el estrado de piedra donde me encontraba, y un pesado tomo mohoso que en el descansaba. Y por su mirada comprendimos que lo habíamos encontrado.

Acordándome de lo aconsejado por Reshef, aproveche que tenía el tomo al lado para cogerlo antes que mis compañeros se tirasen hacia él. Cuando me volví a mirarles Hazmat tenía la expresión crispada, mientras que la de Dester era de un triunfo seguro.

  • ¡Maese! -me ordenó Hazmat- dadme el libro ahora mismo y podremos espantar a los Banush. ¡Rápido!
  • ¡Ni locos! -exclamó Dester, amenazando al mago con su espada- sabemos que habeis venido a hacer aquí nigromante, y no os lo pensamos permitir. ¡Lanzadme el libro, Piteas, y apuntad al mago con vuestro arco!
  • Piteas, por favor. No cometais una locura -el rostro de Hazmat cambió a la súplica-, el libro puede hacer mucho daño en manos no adecuadas.
  • Razón de más para que lo lleve alguien como yo, que no desea usarlo -respondí-, ¿no creéis?
  • Lanzadme el libro, y yo lo llevaré hasta Phank -dijo Dester sacando una larga cuerda de su mochila- si ato la cordada al estrado podré descolgarme hasta ellos, y todo habrá acabado.
  • ¡Idiota!¡Ni se os ocurra!¡Debeis darme el libro ahora mismo, maese! -Gritó furioso Hazmat.

Tan violento fué su cambio de la suplica al odio que me convencí de las palabras de Dester. Mientras el guardia apuntaba con la espada al nigromante -que quedó al otro extremo de la sala-, se puso a mi lado y le di el tomo. Dester se volvió hacia mí, sonriendo agradecido.

Y conforme se oscurecieron sus ojos y sus dientes se tornaron monstruosas fauces, comprendí que me había equivocado.

sábado, 2 de abril de 2011

El viaje IX - En ninguna parte

Iniciamos la expedición al día siguiente, con Dremin ya recuperado. Íbamos bastante ligeros por consejo de Hazmat: cada uno llevaba sus armas, vituallas, algo de equipo de campaña y armadura de cuero blando –este último detalle molestó algo a Dremin.

Avanzamos entre la arena hasta llegar a la losa del día anterior, que Hazmat levantó casi sin esfuerzo. Bajo ella, la oscuridad parecía manar como la fuente de un riachuelo. A pesar de que el sol de la mañana ya iluminaba alto sobre las dunas, sentí un escalofrío.
  • Recordad -nos aclaró Hazmat por última vez- que no vamos a ningun sitio como los que conoceis.
  • Perdone, pero algunos de nosotros -interrumpio Dremin-, ya hemos bajado más de una vez a minas. Y con peor aspecto que este, por cierto.
  • No os equivoqueis, caballero -respondió el mago, frio e impasible-, pese a que este lugar se encuentre bajo nuestro mundo, ni aunque cavaseis toda vuestra vida encontraríais la forma de llegar al mismo, si no es por este camino.
El silencio se volvió a apoderar del grupo. Hazmat continuó
  • El camino será oscuro y accidentado. Os pido encarecidamente que no aparteis la vista de las escaleras y mantengáis vuestras antorcha encendida, de lo contrario pondríais en peligro al resto, y lo que yace ahí abajo supera de lejos mis artes. Caballeros...
Hazmat dió un paso, hundiéndose en la oscuridad. Uno a uno, los Adms y los guardias fueron entrando, luego Dremin y Rheshef, y al final llegó mi turno. Tomé una gran bocanada de aire, volví a mirar el sol por última vez, y me sumergí en la negrura.

Aparecí en una oscura sala oval, junto al resto de mis compañeros. El suelo, techo y paredes estaban tallados en una obsdiana oscura y pulida que parecía devorar la luz, y en la parte central se abrían unas grandes escaleras de caracol que iban retorciéndose mas y mas hacia las profundidades.

Fuimos descendiendo en parejas -pues aquellas escaleras eran bastante anchas-, apenas separados por unos pasos. La oscuridad que reinaba devoraba el brillo de las antorchas, dejándonos la sensación de estar enterrados en vida.

Ninguno hablámos durante aquella parte del descenso. A veces alguien comentaba algo, pero lo opresivo del ambiente le invitaba a cortar pronto la conversación, como el miedo de alertar a un depredador que nos rondase. En un momento que Dremin y yo íbamos a la misma altura, este me susurró al oido.
  • Maldita sea la hora en que hemos venido, maese. Este lugar no es nada bueno.
  • Lleváis razón, Sir Dremin. Pone el pelo de punta.
  • ¡No es eso Piteas! -refunfuñó- ¡Demonios, he estado en cuevas naturales, excavadas, profundas y cerradas... y en todas había eco menos en esta!.
Y Dremin estaba en lo cierto; nuestros propios pasos, el crepitar de las antorchas, el comentario de un compañero: todo sonido parecía amortiguado por aquella ominosa atmósfera.

Perdí la cuenta de las horas, pues el descenso se hacía interminable y tedioso. Sin embargo, pronto me confié, pues los escalones parecían estar en buen estado y la luz no nos faltaba: pese a estar disminuida, íbamos suficientemente juntos como para quedar a oscuras.

Descuidé la atención de los escalones y me dediqué a observar el resto de la escalera. El giro era muy cerrado, por lo que la parte interior apenas dejaba ver nada que no fuera la zona de la que descendíamos. La pared exterior, sin embargo, estaba decorada con más gracia. Unas pequeñas vetas de plata rompían la monotonía de la pared de obsidiana, otorgándole incluso algo de brillo. Sin embargo, al querer tocarlas, mi mano sólo atravesó aire y trastabillé, y no caí a la nada gracias a que el guardia Dester tuvo el acierto de sujetarme.
  • ¡No hay pared alguna! -Exclamé sorprendido, dejando vagar la mirada por la oscuridad sin límites.
  • Es... increible. ¡Todo eso esta vacio! -murmuró Dester a mi lado.
El abismo nos envolvía con su oscuridad, tan sólo rota por el brillo de los hilos argénteos, y lo hacía con más celo que la tierra guardando la caverna, o el mar ocupando una sima. Mi mirada descubría aquel golfo denso y ominoso, pero tenebrosamente acogedor.

Oí gritos detrás mio, pero me vi atrapado y no pude evitar dar un paso al frente, dejándome caer. Igual que la resaca arrastra al bañista mar adentro, así me alejaba yo de las escaleras y mis compañeros.

Avancé por los espacios llevado por un latido insano. Intenté aferrarme a las hebras de plata, como si fueran mi única y frágil protección, pero era incapaz de mover ni un sólo músculo si no era para ir hacia aquel ritmo maldito. Por el rabillo del ojo distinguí a Dester, flotando a muchos metros, y lamenté haber causado tambien su perdición por mi estúpida curiosidad.

Finalmente, todas las luces quedaron atrás, y nuestros ojos dejaron de servirnos para el lugar al que llegamos. El latido, que se había ido convirtiendo paulatinamente en un desagradable rumor, ahora era una algarabía de seres que pululaban a mi alrededor. Algunos me susurraban palabras extrañas cerca del oído, y otros chillaban incoherencias desde una lejanía imposible.

De repente todas las voces callaron, quedando agazapadas, y el silencio tronó ensordecedor. Noté entonces una terrible presencia delante mío, de unas dimensiones cósmicas, inabarcables por mi mente: estaba frente al vacío, la carencia hecha conciencia.

Y él me miraba.

Una brazo pasó por delante de mi vientre y me arrastró hacia atrás, con la luz, mis compañeros, y un duro suelo de obsidiana con el que me golpeé. Gemía como los niños que despiertan de las pesadillas, mientras me acostumbraba a ver de nuevo las caras asombradas de Excessus y Reshef. De fondo, un enfadado Hazmat juraba improperios.
  • ¡Imbéciles!¡Acaso no os dije que no os distrajerias de las escaleras!
  • Yo... -intentaba decir algo coherente, pero estaba apabilado- esa cosa me ha arrastrado.
  • ¡Y es un milagro que me haya dado cuenta a tiempo! -prosiguió el mago- Menos mal que os oí comentar nosequé sandeces, y os he aferrado antes que saltarais al vacío.
  • Pero yo, nosotros saltamos -a mi lado oí a Dester sollozar en silencio-, mas allá de los cordeles de plata.
Hazmat se puso en cuclillas, me miro directamente a los ojos y estuvo un rato largo escudriñando en ellos. Luego, muy despacio, me volvió a hablar sin enfado en su voz.

Habéis estado un segundo cautivado por el vacío maese, quizá dos. Pero en ese tránsito vuestra alma ha viajado hasta las mansiones oscuras de Dart Lagg... y os podeis sentir ufano, pues de allí rara vez suele volver. Tomad un trago de esto, os ayudará -y me alcanzó una botellita con un líquido oscuro.

Sin plantearmelo dos veces abrí la botella, que resultó ser aguardiente de Ágave rebajado, y le dí un buen trago. Mientras, Hazmat le comentaba al resto que, para recuperar fuerzas, sería lo mejor acampar en cuanto pudiéramos.

Seguimos bajando un rato largo, y llegamos hasta un lugar donde las escaleras se ensachaban aún más, dejando incluso un rellano entre tramos. Las paredes aqui si que estaban cubiertas -cosa que me relajó bastante- y decidimos aprovechar para acampar allí.

Dremin y Osuspiro encendieron una buena fogata y, pese al lugar y los hechos ocurridos hacía poco, el calor y el té de raiz me hicieron sentir de nuevo en casa de Reshef. Hablamos todos un rato de temas sin importancia, pues nadie queríamos hablar de lo que estábamos haciendo allí, y la gente se fue retirando poco a poco a dormir.

Hazmat no nos quitó el ojo a Dester y mi en toda la velada, cosa que me puso un tanto nervioso. Cuando el mago se fue por fin a dormir, el guardia se me acercó en la fogata.
  • No le hagáis caso, maese. Apuesto a que se muere de celos el maldito.
  • ¿Como decís? - respondí sin entender.
  • Lo que ois, que se muere de celos. ¿Os imagináis lo que daría un nigromante como él, por poder ver a Darth Lagg como hemos hecho nosotros?
  • No creo que Hazmat deseara eso precisamente. Si no nos estaría ayudando ¿no creéis?.
  • ¡Ja! -rió Dester con sorna-, de verdad os habéis creido su sarta de patrañas.
Dester miró a ambos lados: nos habíamos quedado sólo él y yo despiertos. Se inclinó y me dijo al oído:
  • ¿Quereis saber de verdad porqué viene Hazmat con nosotros? Bien, pues al parecer El Portal de Mojang solo lo pueden abrir dos Amn, depositarios del poder creador, empujando sendas hojas del portal.
  • Entiendo los reparos, pero creo que exageráis. Hazmat también tuvo problemas con la invasión, quedo aislado en Shai-Hulud...
  • ¡Pero no os dais cuenta que nos engaña! -espetó a punto de perder los nervios- ¡Eso es tan sólo una trampa! Así se ganó la confianza de Osuspiro.
  • Pero él no corrió peligro en ningún momento...
  • ¿cómo pensais que habrían sobrevivido a los ataques de monstruos en el Desierto del Oeste? ¡Tiene poder sobre ellos!
  • Calmaros, Dester. Si es como decís ¿porque no se lo comunicais a los Adm aparte?
  • Maldita sea, ¿no teneis ojos en la cara? ¡Los Adm quieren creer a Hazmar!¡ Están desesperados y cualquier solución les parece buena!
Quedé un rato callado, pensando. Dester observó mi gesto y añadió:
  • Sólo os digo que Hazmat esta aquí por propio interes: quiere conseguir el libro sobre las órdenes de los monstruos... y una vez en su poder las cosas estarán mucho peor que ahora, creedme.
Dester se retiró a dormir, dejándome a mí un rato atormentándome con la amarga duda. Descansamos pues, y al día siguiente reemprendimos el descenso, ya con sumo cuidado de no mirar mas allá de la escalera.

martes, 29 de marzo de 2011

El viaje VIII - Cambio de rumbo

Avanzamos por la playa, siguiendo los Adm a buen paso. Mientras nos adentrábamos entre las dunas Excessus continuaba explicando:
  • Cuando cerramos los portales pensamos que todo había cesado. Enviamos mensajeros a las ciudades cercanas para avisarles, pero al caer la tarde ninguno de ellos había vuelto. Ya de noche, nuestros vigías avistaron muchos monstruos pululando fuera de las murallas, más allá del alcance de nuestros arcos. Los seres permanecieron allí hasta el amanecer, y después desaparecieron como habían llegado.
  • Vamos -respondí, mientras intentaba seguir a su altura-, como en el resto de ciudades por toda Serveria.
  • Imagino, maese Piteas. En ese sentido habreis visto más que yo -admitió antes de continuar-. Al día siguiente aprovechamos para traer a todos los campesinos de fuera de Espaún a la ciudad.
  • ¿Y no hubo quien se negara? -preguntó Reshef.
  • Para nada, algunas granjas habían sido asaltadas por la noche, así que la mayoría lo agradeció. Al ocaso las puertas de la ciudad se cerraron y se dobló la guardia en sus almenas.

Tras la caminata, los cuatro llegamos a una gran hondonada excavada en la arena. Allí esperaban Osuspiro y Hazmat, al lado de una pesada losa que habían desenterrado. Los otros dos viajeros, subidos en las dunas cercanas, vigilaban los alrededores. Excessus se adelantó.
  • ¿Esta es? -Preguntó Excessus al pálido Hazmat.
  • Esta es -respondió el hombre-. Al fin la hemos encontrado.
  • Por fin -exclamó aliviado Phank-, la primera buena noticia desde hace tiempo.

Excessus nos presentó entonces a Osuspiro y Hazmat, los que nos habían salvado la vida la noche anterior, y estos nos contaron su historia.

Osuspiro era un mensajero que Espaún envió a Aleria, cruzando el desierto del oeste. A mitad de camino, los ataques nocturnos le obligaron a buscar protección en el caravansari de Shai-Hulud, donde se refugió junto a algunos viajeros y comerciantes. Y allí se encontró con el mago Hazmat, que había sido formado en el lejano Poniente en las artes oscuras. El hechicero había aprendido sobre Dart Lagg, los Monstruos y el lugar de donde proceden, y tras estudiar muchos años los vetustos tomos de la biblioteca de Atlantia, vislumbró un peligro oculto tras la red de portales.

Los portales son dos lugares de nuestro mundo atados mediante Lineas Ley; estas son las venas por las que fluye la energía del mundo y fueron tejidas hace mucho tiempo por el mismo creador. Aunque sus extremos tocan constantemente Serveria, las líneas se entrecruzan como hilos de plata a lo largo de otra realidad: un inconmensurable abismo vacío, sin luz ni sonido alguno, tan sólo interrumpido por sus apagados brillos argénteos. Este era el otro mundo que el Adm Bob había situado "al otro lado del espejo".

Pero en este desolado lugar es donde Darth Lagg tiene su morada, y el único hogar que conocen sus hijos, los Griefers. Nuestros constantes viajes repiquetearon en su silencio como campanillas en la noche, despertándo su atención y su hambre. Darth Lagg se valió de los portales para entrar Griefers en nuestra realidad, que se ocultaron entre nosotros bajo apariencia humana esperando el momento para levantarse. Eran los llamados durmientes y, cada vez que alguno de ellos usaba los portales, los corrompía allanando el camino para su maestro.

Para cuando quiso advertir de ello era demasiado tarde y el caos se había desatado. Los Adm actuaron pronto -deteniendo los portales y con ellos el grueso de la invasión- pero el mal ya estaba hecho e incluso las Lineas Ley quedaron corruptas. Aunque los monstruos ya no podían salir por los portales, al caer el sol aparecían por cualquier resquicio de oscuridad, teniendo en mente destruir todo cuanto encontrasen a su paso.

Pero también en el Vacío había una esperanza que podía salvarnos. Las leyendas hablaban de una caverna mítica, perdida en mitad del golfo de oscuridad y enredada entre las Lineas Ley como el oro se envuelve en las vetas. Un lugar titánico que una vez fue un palacio y donde, hace eones, se recogió todo el saber de Server: Mojang. Su biblioteca tiene una infinidad de salas, teniendo cada una grabado en su arcada el Nombre Verdadero de cada cosa que és, guardando en ella los tomos con sus Órdenes y Sellos. De tal manera que si se busca la sala con el Nombre correcto, se puede incluso encontrar el libro con las órdenes y sellos que sujetan a Darth Lagg.

Viendo la posibilidad de solucionar algo, Hazmat y Osuspiro reemprendieron el camino de vuelta a Espaún superando muchas celadas. Afortunadamente el mago poseía una sobrenatural intuición para con los monstruos, y esto les permitió llegar sin sufrir daño alguno. Cuando regresarón Hazmat les planteó la misiòn a los Adm. Era una locura casi suicidia, pero la alternativa era no hacer nada y dejar que los monstruos invadieran Serveria. Excessus y Phank -que se sentían responsables de lo ocurrido- aceptaron el riesgo. Hazmat iría para guiarles, y tres voluntarios de la guardia (el mismo Osuspiro, Dester y Blade) se sumaron para protegerles.

Salieron de la asediada Espaún a través de los caminos de Ferdulio -los primeros túneles de Espaún, que se comunican con todas las minas y cuya longitud nadie conoce con seguridad- volviendo a la superficie por una salida mas allá del devastado museo. Desde entonces viajaban siguiendo las señales de las estrellas, que les habrían de indicar donde se ocultaba la entrada a Mojang.

  • Y así llegamos hasta estas playas -dijo Hazmat mientras entreabría la losa. La oscuridad de su interior era plástica como el agua y pareció abrazar su mano, culebreando entre los dedos.
  • ¿Esto ha estado aqui todo el rato? -preguntó Reshef, sorprendido- ¿Siempre?
  • Si, astrónomo -respondió Hazmat sarcástico, más pendiente de la oscuridad que de nosotros-, las estrellas marcan este lugar... ¿y vos que las estudiais no os disteis cuenta?.
  • Tenemos que prepararnos -cortó Excessus, mientras miraba preocupado la oquedad bajo la piedra-, estamos cansados. Si de verdad pretendemos conseguirlo, necesitaremos toda las fuerzas que podamos reunir.
  • Excessus lleva razón –concluyó Phank- volvamos a la casa y descansemos hasta mañana; aún tenemos tiempo para preparar defensas y pasar seguros la noche.

Volvimos a la casa de Reshef, donde Dremin ya había despertado prácticamente curado de sus heridas -así de extraño y milagroso debía ser el ungüento de Hazmat-. Mientras los guardias organizaban defensas fuera, Dremin, Reshef y yo hablamos sobre lo que nos habían contado los Adm, las palabras del mago y la situación de Server. Los tres llegamos a la misma conclusión: debíamos ayudarles.

Y así se lo expusimos a Excessus que, para que mentir, se alegró de tener tres hombres más en el grupo.

viernes, 25 de marzo de 2011

El viaje VII - Malas nuevas

Dremin reposaba en una esquina de la casa; la cura de Hazmat parecía haber funcionado y, pese a que aún no había recobrado el conocimiento, las heridas habían parado de sangrar. Tras cambiarle las vendas y limpiar el emplasto, volví a la balconada, donde Reshef dialogaba con el tal Excessus.

  • Y entonces Bahía del sol ha sido asaltada... - Decía el astrónomo cuando llegué
  • Al menos la parte del coliseo, si. Incluso se puede ver la luz de los incendios desde Espaún.
  • Pero Espaún, la ciudad en si, ¿aguanta? - pregunté uniéndome a la conversación.
  • Cuando nosotros partimos, y de eso ya hace tres días, los monstruos ya habían entrado en la parte norte de la ciudad y parte de la muralla oeste. Las barricadas ahora aseguraban la zona alta y el puerto, pero es cuestión de tiempo.

Quedamos un momento en silencio, resistiéndonos a creer que en aquellos momentos pudiera estar cayendo la capital. Fuera, la calma de la mañana se había olvidado de los horrores de la noche: tan sólo se oían las gaviotas y el rumor de las olas.

  • Bueno, – renaude yo – si vos sois Adm de Espaún tendreis que saber algo de los portales ¿no?
  • De hecho, mi compañero Phank y yo éramos responsables de casi todos ellos.
  • ¿Y ninguno de ustedes sabe la razón por la que los portales dejaron de funcionar?

Excessus, que hasta ese momento apenas había levantado la vista de su té, me dirigió una mirada profunda y apesadumbrada.

  • Por supuesto que lo se, maese Piteas. Fui yo mismo el que los desactivó.

Reshef y yo nos quedamos congelados. A mi no me salían las palabras, me acordaba de todo el caos y los problemas con los que me había encontrado. Fue el astrónomo el que se atrevió a preguntar.

  • Pero... ¿Por qué?
  • Creo que lo habeis entendido mal, –Excessus suspiró y se mesó el pelo– el problema no es que estemos asediados porque los portales estén apagados.
  • Pero ¿habeis mirado a vuestro alrededor? -estallé- ¡A la gente que vive en esta misma costa le es imposible defenderse de manera organizada!¡Y como ellos la mitad de los pueblos!
  • Maese, calmaos por favor. -intentó mediar Reshef, mientras me sujetaba.
  • ¡No quiero calmarme! -le dije, mientras me zafaba para continuar enfrentándome con Excessus- ¡Las ciudades se quedan aisladas, algunas sin víveres!¿Y cual es el problema pues según vos?
  • Dejad que me explique –me cortó el Adm con un gesto– y de seguro lo entenderéis.

Lo que contó Excessus
Todo comenzó poco después del ocaso; esa noche no tenía vigilancia y estaba tomando algo en el Garfio de Oro cuando tocaron la campana de alarma. Alguien habían alertado de un ataque en el puente entre Museo y Ramaverde. En menos de diez minutos ya nos habíamos presentado la mitad de guardia y los Adm en la plaza del puerto, algunos cansados, otros recién despiertos, pero todos preparados para un posible asalto. 
Hicimos varios grupos, uno de los cuales tomaría un portal directo a la bahía Ramaverde, otro lo haría a Museo (para poder cubrir por el otro lado) y el resto acudiríamos corriendo a las torres del  portón este. Desde allí se dominaba el puente atacado, y podríamos dar cobertura con los arqueros. Para nuestra sorpresa, cuando llegamos a las almenas nos encontramos un panorama desagradable: la bahía entera bullía de zombis. 
Los compañeros que se habían teletransportado hasta allí los habían encontrado por todas partes. Les habían alejado del portal y los diezmaron en continuas emboscadas. La mayoría de supervivientes se habían hecho fuertes en el balneario, pero ahora estaban aislados fuera del alcance de nuestros arcos. Por su parte, en la zona de museo se alcanzaban a escuchar gritos y explosiones, aunque no discerníamos nada: la niebla del río evitaba que pudiéramos ver nada. 
Tras asegurar el portón este, unos cuantos hombres y yo volvimos al pueblo, tomamos unas barzacas, y rodeamos costeando la bahía para poder socorrer a nuestros compañeros en el balneario. Llegamos hasta las cercanías, y subimos usando una senda escarpada que daba a parar justo en la parte norte de donde estaban guarnecidos. 
Pos supuesto, nos encontramos varios zombis en el camino. Ibamos bien pertrechados para la batalla, pero no pude impedir que cayeran un par de hombres en una celada que los monstruos nos tendieron. Gracias al cielo, conseguimos rechazarles y hacia el portón, donde nuestros tiradores dieron buena cuenta de ellos. 
Socorrimos a nuestros compañeros atrapados; ordené que vinieran con nosotros los guardias que estaban en condiciones de combatir, y que los heridos volvieran a Espaún a través del portal para poder tratarles. 
Con la moral crecida, avanzamos en pequeños grupos coordinados, siendo ahora nosotros los que abatíamos a los zombis dispersos por las lomas de Ramaverde. El Adm Bob había lanzado un ataque a su vez desde el portón este, por lo que el perímetro seguro se había adelantado bastante de las murallas, y pudimos regresar a Espaún y organizarnos antes de medianoche. Sin embargo, los heridos que yo había mandando de vuelta no habían aparecido en la central. 
Esto nos extrañó sobremanera, así que Bob y unos cuantos hombres se quedaron en la estación de portales intentando averiguar que había pasado. El resto decidimos prescindir de usar los portales, por si los monstruos nos esperaban al otro lado, e intentar otro desembarco, esta vez en la orilla de museo. Partimos muchas barcazas, adentrándonos en la niebla del rio para poder descubrir asustados las ruinas del puente del Este. Había sido volado por creepers en casi todos los puntos, y tan sólo asomaban ahora del agua unas pocas columnas, estiradas como brazos de naúfrago pidiendo ayuda. 
Los primeros que llegamos a la costa distinguimos mas creepers entre la niebla, y avisamos al resto de que tuviesen cuidado; aún así algunos avanzaron contra nosotros. A pesar que derribamos bastantes a flechazos, uno de ellos llegó hasta las barcazas a nado, estallando  y hundiendo a varios de nuestros compañeros en el río. 
Desembarcamos en cuanto vimos un trecho de playa despejada y avanzamos por el sendero real en formacion cerrada, eliminando a cualquier monstruo que se nos acercase entre la bruma. Para cuando llegamos hasta Museo, la niebla comenzó a levantarse, y pudimos darnos cuenta que sólo quedaban ruinas y los cadáveres de nuestros compañeros. 
La mayoría de los hombres estaban demasiado atemorizados o furibundos para poder guardar formación, así que nos dispersamos, y fue cuando un grupo de jinetes de arañas aprovecharon para atacar desde el bosque cercano. Más mal que bien, nos pudimos refugiar entre las ruinas de Museo usándolas como parapeto, pero muchos hombres valientes murieron en aquella emboscada. 
En un momento de inspiración, Phank –el que ahora me acompaña en mi viaje- consiguió reorganizar a un grupo de hombres. Estos, usando viejos escudos del museo, avanzaron hasta la primera línea de árboles y prendieron fuego al bosque, matando así a muchos jinetes y poniendo en huida al resto. 
Nos replegamos, dejamos a unos cuantos a cargo de los heridos, y el resto batimos la zona por última vez en una búsqueda –infructuosa- de supervivientes. Cuando pasamos cerca de las ruinas del portal de Museo, me fijé en un detalle desconcertante, pero que me guardé hasta que pudimos volver a Espaún: si bien el portal de Museo estaba en ruinas, no quedaba ningún rastro de una explosión de Creeper cerca de él. El portal había sido derribado por nuestros propios hombres. Supuse que había sido algún último acto de heroísmo por parte de la guardia que, al verse rebasada, quiso impedir que los monstruos pudieran aparecer en la ciudad. 
Convencí a la mayoría de hombres para volver a Espaún, con la promesa de regresar a Museo la mañana siguiente para enterrar los cadáveres. Así reembarcamos de nuevo y llegamos hasta el puerto donde se agolpaba una multitud de ciudadanos. No habíamos aún terminado de atracar los barcos cuando un mensajero del Adm Bob ya me estaba dando las malas nuevas: habían vuelto a aparecer, casi de la nada, los monstruos invasores de Ramaverde. 
Las patrullas que dejamos cuidando el perímetro de seguridad habían sido sorprendidos. Sólo  una rápida intervención de nuestros arqueros les permitió replegarse hasta el portón sin sufrir apenas bajas. El Adm Skass, viéndose superado por la situación, había organizado una milicia ciudadana para complementar a la maltrecha guardia. Ordenó cerrar las puertas de la ciudad, declarándola sitiada, y colocó a la Guardia Alta de Ballesteros defendiendo el portón este. 
Quise ir a reforzar los hombres del portón, pero el mismo mensajero me instó a ir raudo a la central de portales, donde el Adm Bob me requería con urgencia. Phank y un par de soldados vinieron conmigo para escoltarme hasta la estación central, donde encontramos a Bob y un buen número de guardias custodiando la entrada. 
Bob y yó hablamos sobre lo que cada uno había descubierto. Le conté el estado de Museo, así como el sacrificio de nuestros hombres volando el portal, pero Bob entonces me abrió los ojos a lo que ya tenía que haber sospechado. Me contó como habían estado midiendo las runas Mod de cada uno de los portales, estudiando los cordones de oro etéreo que los unen a las lineas Ley, para descubrir que todos los portales apuntaban ahora hacia otro sitio. 
No supe entenderlo demasiado bien, pero me explicó que aunque el viaje entre portales ocurre durante un instante más corto que un latido, se atraviesa entretanto otro universo escondido en las esquinas del nuestro. Un mundo construido a partir de los rincones donde desaparecen las cosas, el otro lado de los espejos, y los abismos que separan nuestro propio espacio. 
No habían terminado aún de observar esto, cuando una oleada de seres había surgido por el portal de Valinor, acabando en segundos con un par de guardias que corrieron a interceptarlos. Abatieron los monstruos a flechazos, pero muchos más entraban en tropel por el portal y se vieron obligados a salir sellando las puertas. En ese momento se había dado la voz de alarma porque los monstruos acababan de volver a Ramaverde. 
Nos dimos cuenta entonces lo que habían comprendido nuestros compañeros caídos en Museo: los portales ya no eran seguros -¡y yo había condenado a nuestros heridos del balneario pensando que los enviaba de vuelta a casa!-. Además, cada poco rato manaban de ellos virulentas oleadas de monstruos cada vez mas violentos y osados. Teníamos que desconectar la red para parar esto. 
Phank, Bob y yo escogimos a los hombres en mejor estado para acompañarnos dentro de la estación, abrimos sus puertas y nos adentramos decididos. Dos guardias, que nos acompañaban portando grandes escudos, consiguieron hacer retirarse de la entrada a un copioso número de zombis que la ocupaban. Gracias a ello pudimos torcer hasta la escaleras al piso superior y subirlas casi a saltos. 
La planta superior parecía desierta, lo que no hizo mas que inquietarnos. Avanzamos raudos hasta la sala de control, pero en ese momentos salió de entre las sombras de los altos techos un ser abotargado, de blanco fantasmal y largos tentáculos. Aullaba como una plañidera y se cernía sobre nosotros, uno de nuestros hombres alzó su pica para atravesarle, pero el ser escupió una llamarada que iluminó la estancia, acabando con la vida del guardia y abrasando el brazo y la cara de Bob, que cayó al suelo. 
Phank y un arquero derribaron al ser y se quedaron junto a Bob mientras yo alcanzaba los controles de los portales. Fui desactivando las runas tán rápido como podía, pero a mis espaldas podía oir los gritos de los hombres al descubrir horrorizados como más monstruos surgían por uno de los portales del piso superior, que ni siquiera habíamos enlazado con otro. 
Cuando me quedaban pocas runas que anular, fuí derribado por un ser de los que habían aparecido: una caricatura de hombre de grandes ojos sin pupilas, y con una parodia de manos convertidas en afiladas garras. Conjuré fuego contra él, pero apenas pareció hacerle daño y se avalanzó sobre mi cuello para degollarme. Y lo habría conseguido de no ser porque un guardia atravesó de una lanzada su cabeza, dejándolo casi empalado en la pared de los controles. 
Aturdido, me levanté para ver como dos de aquellos seres habían dejado fuera de combate a Phank, y arrastraban hacia el portal de donde habían salido a Bob, que intentaba desesperado  aferrarse a los huecos entre las baldosas. 
Ordené al guardia que desactivase las runas, y me apresuré a intentar socorrer a Bob. Alcancé a los seres cuando casi estaban cruzando el portal, y me aferré a las manos de mi amigo para impedir que lo arrastraran con ellos. Los monstruos eran fuertes y forcejeé con ellos para salvar a Bob, pero cuando habían arrastrado mas de la mitad de su cuerpo por el portal mi amigo se zafó de mi para evitar que nos llevasen a los dos. 
No pude siquiera despedirme de él, ni siquiera decir una última palabra desesperada como en las historias. El guardia terminó el trabajo que le había encomendado y el portal se cerró tras mi compañero, dejándome grabada su cara de terror al comprender que se lo llevaban a donde jamás podría volver. 
Así que creo me entendereis, maese Piteas, cuando os digo que comprendo perfectamente cual es el riesgo que corremos todos. Al cerrar los portales las oleadas pararon, al menos esa noche, pero nos vimos aislados para avisar al resto de ciudades. Por desgracia el día fue apenas un respiro en el que aprovechamos para reconstruir lo caido: con la primera noche nos dimos cuenta que los monstruos seguían apareciendo, siguiendo las Lineas Ley, y en grupos cada vez mas numerosos
Excessus bebió de la taza, y quedó un rato largo en silencio, mirando a través del ventanal. Yo me sentía avergonzado por mi ataque de ira, y atemorizado ante lo que nos acababa de relatar. Los monstruos cada noche se levantaban mas fuertes, y ni siquiera estabamos unidos para hacerles frente.

  • ¿Y – dijo dubitativo Reshef – no hay ninguna solución? ¿Sólo el huir del epicentro de la desgracia?.
  • No os equivoqueis, astrónomo, –Excessus sonrió– no estamos huyendo, sino siguiendo la última esperanza que tenemos.
  • ¿Y en que consiste? -pregunté intrigado.

En ese momento, Phank llegó hasta la puerta de la casa, jadeante.

  • ¡Excessus!¡Lo hemos encontrado!
  • Perfecto Phank -dijo, emocionado, mientras se levantaba de la mesa-, ahora vamos.

Excessus salió de la casa y nosotros le seguimos, casi por instinto. El Adm se me volvió y me dijo:

  • Estáis a punto de verlo vos mismo, maese Piteas.

miércoles, 23 de marzo de 2011

El viaje VI - En la casa del astrónomo

Los primeros rayos del alba me despertaron antes que a mis compañeros. Aún tiritando por la enfermedad, me levanté del camastro donde había dormido. Ya había estado en casa de Reshef en alguna ocasión, asi que me tome la libertad de acercarme a la hornilla y comencé a hervir agua.

Dejé el cazo en el fuego y aproveché para comprobar mi equipaje. Era un completo desastre: lo que no estaba roto, estaba chipiado. Casi era un milagro que la caja de semillas para Norsk siguiera de una pieza. Mis flechas no habían corrido la misma suerte: la mayoría estaban partidas, y entre todas apenas pude obtener para un carcaj sano. La cecina, mi brújula y otros útiles habían desaparecido, perdidos en la atropellada huida.

¡Pero el té enano estaba intacto! Cuando el agua comenzó a bullir, la separé del fuego y verti unas cuantas cucharadas. Tras esperar unos minutos pude deleitarme con el aroma, que despertaba con sólo olerlo, y me acerqué taza en mano al ventanal a disfrutar del amanecer.

La casa de Reshef era también su observatorio, por lo que la pared que da al mar -y la mitad de su techo- eran de cristal enano. Eso hacía que los ocres y rojos de la alborada inundasen la estancia, abrigándonos con su calor. Cerré los ojos y, con el té calentandome las manos, me permití unos segundos de relajación.
  • ¿Ya despierto? - Preguntó Reshef, que en ese momento se levantaba de su cama.
  • Si... tienes té. ¡Lo traje desde Castro Cubum!
  • Bien, bien, bien – se embutió las babuchas y ciñóse la túnica.
Con cuidado de no despertar a Dremin –cosa que habría sido difícil, pues roncaba sonoramente en un rincón– el astrónomo se sirvió una taza y vino a hacerme compañía.
  • Bueno, –dijo, mientras se dejaba caer a mi lado– creo que contigo he hecho un buen trabajo.
  • Gracias, –musité– lo tuyo es realmente mágia. Ayer me estaba muriendo y hoy apenas me duele el pecho.
  • Magia, fé... y calmantes. Estas mejor Piteas, pero cuando se te pase el efecto sentiras como si te hubieran dado una paliza.
  • ¡Y nos la dieron! -reí- ¿Como esta Dremin?
  • Mal, pero mejorará. Te llevó a rastras un buen rato, y eso le dejo la herida bastante fea... por no hablar del vendaje de aficionado que le pusiste. -sonrió al decir esto último.
Permanecimos un rato en silencio, viendo como el sol trepaba hasta la cima de las montañas del este.
  • ¿Cómo estan las cosas por aqui, Res? -Le pregunté al rato.
  • Complicadas, -se desperezó– no hay quien se atreva a salir a la noche, así que sólo puedes ir adonde llegues en medio dia... nunca pensé en lo poco que era eso.
  • ¿La gente esta bien?
  • La zona tiene granjas, hay algún herrero, –señaló a la costa a través del ventanal– nos organizamos y la gente tiene lo justo para ir tirando.
  • No parece mala situación –entrecerré los ojos, intentando distinguir alguna casa en lontananza.
  • Lo es, Piteas. Ya van dos granjas que han sido atacadas por la noche. Y sin gente para contarlo.
  • ¿Muertos?
  • Todos: la gente, los animales... se hace raro; saludas a la gente sin saber si será el último día que les veas.
  • Ya...
Acabé el té y fui a rellenar mi taza. Mientras tanto, Reshef se enrolló el turbante y aprovechó para examinar de nuevo a Dremin. Cuando regresaba hacia el ventanal, el dolor y el frio me golpearon el pecho y apenas pude mantenerme de pie. Me senté en mi camastro y me cubrí con la manta.
  • C-c-creo que se pasan los calmantes, Res.
  • Ya voy, ya, –el astronomo cruzó la habitacion y me dio una gruesa píldora negra– traga esto con el té.
Respondí con un gruñido mientras engullía la medicación. Reshef me miraba fijamente.
  • ¿Realmente teníais que cruzar el monte?
  • ¿Que preferías? -repliqué- ¿que hubiéramos ido cerca de Espaún, con todos esos bichos sueltos?
  • ¡Sabes a lo que me refiero Piteas! Nadie se aventura más allá de la esquina, y a vosotros dos os da por hacer de mensajeros por medio mundo.
  • Es trabajo
  • ¡También sería trabajo si hubieses ido a Sosaria, o a Drakendem!
  • Es grano, Res. Llevo grano a Norsk, que se muere de hambre.
  • No me seas ahora salvapatrias. Todo el mundo va mal, y todo el mundo se las arregla. ¿Y si ni siquiera quedase ya Norsk?
  • No digas tonterías...
  • ¿Tonterías? Estamos a dos días de Espaún y no sabemos absolutamente nada. ¡Espaún podría ya no existir, y ni nos habríamos enterado! ¿Y crees que es tontería que Norsk haya sido arrasada?
  • Res, te lo agradezco, en serio, pero ya no trabajamos juntos. No me hace falta que seas la voz de mi conciencia.
La conversación se enfrió de repente, como mi té. Ambos estábamos un poco incómodos.
  • Al menos, –reaudó Reshef-  esperad a estar recuperados para continuar. No me haría ni pizca de gracia haberos salvado la vida para que os suicidéis.
  • Descuida, aunque no quisiera –me tapé mejor con la manta para ganar calor– tampoco podría ir muy lejos.
Dremin durmió todo aquel dia, sólo despertó a la noche para cenar algo de sopa de setas caliente. Bromeó algo sobre el combate del bosque, pero enseguida volvió a quedarse dormido. Entretanto, Reshef miraba preocupado a través del ventanal. Con su telescopio, ahora reutilizado como catalejo, oteaba las costas, el resto de casas, quizás algún grupo de monstruos que hubiera atisbado...
  • ¿Y no han venido hasta aquí?
  • ¿Uh? -dijo, sin dejar de mirar por el telescopio
  • Los monstruos. ¿No han venido hasta aquí?
  • Si, si, si –respondió atareado– pero siempre grupos pequeños, no me parece que les gusten las zonas tan abruptas como esta.
  • Res, vives en una playa rodeado de dunas bajas; esto no es abrupto
  • Bueno –contestó ya algo molesto– pues a eso me refiero, a que no les gustan las dunas.
Al día siguiente Dremin pudo levantarse e insistió en ayudar a Reshef en cualquier cosa para agracerselo. El astrónomo nos explicó que de día la zona era segura y, ya que habíamos gastado bastantes víveres, podíamos ayudarle con los trueques en las granjas cercanas.

Emprendimos ruta por la fria playa, repleta de matas altas. Fuimos de granja en granja, trocando medicamentos de Reshef por comida o herramientas, e incluso cambiando algo de especias o té del que nosotros mismos habíamos traido.

Pronto nos dimos cuenta que a la gente le alegraba nuestra presencia, el que hubíeramos cruzado tanto trecho trayendo noticias les devolvía algo de esperanza. Una mujer nos preguntó por su hijo, guardia en Drakenden y el herrero, que era de las tierras de los enanos, se interesó por como seguía Castro Cubum... todos ellos agradecieron saber que esos sitios aún perduraban.

Al medio dia llegamos al caseron de dos hermanos, amigos de Reshef. Estaban refugiados allí, junto a la mujer y los hijos de uno de ellos, y preparaban defensas por si los monstruos intentaban asaltarles. Ayudamos a montar parapetos y cerrar ventanas, y ellos nos invitaron a comer agradecidos.

La comida fue, de lejos, la mas agradable que había tenido desde que salí de Valinor: comímos carne y cebollas a la brasa en el jardín, bajo un cálido sol de otoño, e incluso descorcharon un buen vino para agasajarnos. Cuando terminamos, y los niños entraron a jugar dentro de la casa, Dremin y uno de los granjeros encendieron sendas pipas y hablamos de los ataques nocturnos.

Nos contaron que cada día iban a más y que ellos se resguardaban en los pisos altos, haciendo guardias por turnos para evitar que nadie entrara a la casa. La mujer nos confesó que la noche anterior incluso había oído algarabía en otra granja cercana, pero que ninguno de ellos se había atrevido a ir.

Tras darles las gracias, regalarles algunos presentes por su hospitalidad, y aconsejarles que siguieran siendo tan cautos, nos marchamos. Al volver Reshef pidió que nos desviásemos algo del camino para poder ir hasta la granja de la que había hablado la mujer.

Nos adentramos en las lomas, alejándonos de la playa, y cruzamos un maizal de espigas largas y retorcidas. Antes incluso de salir al claro de la casa, una tenue columna de humo y olor a carne quemada vaticinaban lo peor.

En mitad del claro sólo quedaban ruinas chamuscadas de lo que había sido una casa. Entre los maderos ennegrecidos distinguimos algun cuerpo asaeteado por flechas negras. Tal y como había dicho Reshef, hasta los animales de granja estaban muertos.

El astrónomo se quiso quedar para poder enterrar a los muertos, pero ya caía la tarde y no nos apetecía nada pasar la noche al raso tras haber visto aquellos restos. Le prometimos acudir al día siguiente y sólo asi accedió a volver.

Regresamos en silencio, inquietos ante la sensación de ser prisioneros de la noche. Como habíamos quedado impresionados por el ataque a la granja, le sugerímos a Reshef dormir a turnos a partir de entonces para poder estar prevenidos.

Mi primer turno pasó tranquilo, aproveché para otear con el catalejo de Reshef pero ni siquiera en la costa se veía movimiento. Cuando Reshef me relevó, me dormí con la idea de que las guardias había sido una pérdida de tiempo y esfuerzo. Al rato Dremin me despertó sacudiéndome.
  • ¿Que? ¿Dremin?
  • Despertad al astrónomo ¡En silencio! –me susurró al oído
  • ¿Que sucede? -pregunté nervioso mientras  me levantaba.
Dremin se limitó a señalar la puerta de la casa: una multitud de zombis la empujaban y arañaban.

Desperté a Reshef, que se asustó bastante al ver a la horda de muertos. Nos pusimos unas pecheras de lino endurecido –que aún guardaba Reshef de nuestros viajes– y recontamos lo que teníamos.

Yo aún tenía el arco, pero entre las flechas que Reshef guardaba en casa y las mías apenas reuníamos tres carcajs. Reshef aún poseía su pistola de dos cañones, pero era lenta de cargar y sólo le daría para dos disparos antes que entrasen; luego tendría que luchar con su sable (y no es que se manejara mal con él, pero siempre es peligroso luchar cara a cara con un zombi).

Sin embargo, Dremin era un arsenal andante a pesar de haber perdido la mitad de su equipaje. Antes de despertarme se había ceñido dos pequeñas hachas arrojadizas a la espalda, una espada corta al cinto y, mientras Reshef y yo nos preparábamos, escogió de su petate un pesado martillo de guerra.

Pasado el primer susto, pensamos en taponar la entrada con un cofre para que resistiera los empentones, cada vez mas fuertes, y así esperar a que el amanecer hiciera desaparecer a los muertos. Le comentamos a Reshef la posibilidad de subir al techo para estar mas seguros, pero se puso lívido y nos explicó con angustia que a la parte superior se accedía por unas escaleras desde fuera de la casa.

Maldije nuestra suerte, pues ya oíamos a los zombis trepar hacia la parte de arriba, y sería cuestión de tiempo que llegaran y quebrasen el cristal. Dremin, mientras tanto, se asomó por las ventanas y juzgó la situación.
  • Veo unos veinte, quizás cinco más con los que estan trepando. No he visto llegar a ninguno desde hace rato, así que no creo que haya más cerca. -dijo.
  • Bien, ocho a uno, seguimos bastante mal –respondió Reshef.
  • No del todo, astrónomo. Ellos son bastante mas lentos, y creo que podemos intentar dividirlos.
  • ¿Y si hay arqueros? -pregunté acordándome de la celada en la tierra de los enanos
  • Ya nos estarían atacando, habrían prendido fuego a la casa hace rato.
  • ¿Y entonces que proponeis Sir Dremin? -dijo mi viejo compañero.
  • Piteas no es mal tirador, y ellos son muy lentos trepando. Abrimos la puerta, la limpiamos de un disparo –señaló la pistola- y salgo yo abriendo camino, con Piteas detrás y vos defendiéndoos en el dintel. ¡No pongais esa cara! ¡Sólo os vendrá uno de vez y será bastante fácil rechazarlos!.
  • ¿Y entonces?
  • Entonces Piteas les descarga todas las flechas que pueda, aunque vayan hacia él tendrán que trepar las dunas... y ellos son mucho más lentos que vos –me señaló Dremin-. En todo caso, nos habremos cargado a un tercio en la salida, y cada uno combatirá en terreno mucho mas propicio. Y en el peor de los casos, siempre podéis replegaros mientras os cubro.
La idea no era la más brillante que había oído, pero era mejor alternativa que quedarnos allí esperando que los monstruos rompieran el techo. Apartamos el baúl, tomamos aire y abrimos la puerta. Casi al instante, dos zombis lucharon para entrar a la vez por el dintel, quedándo casi atascados.

Durante un segundo quedamos congelados, pero Reshef disparó la pistola, abatiendo a los que intentaban entrar. Las dos detonaciones nos devolvieron a la acción. Dremin salió gritando como un poseso, sujetando el martillo como un ariete y empujando fuera de mi camino a varios zombis. Salí corriendo arco en espalda, ignorando las manos descarnadas que me arañaban a diestro y siniestro, para alcanzar la cima de las dunas tal y como habíamos acordado.

Tropecé con un zombi alejado del resto que me tiró al suelo y estuvo a punto de atraparme, pero una de las hachas arrojadizas de Dremin le destrozó la cabeza, y pude esquivarlo mientras su cuerpo caía inerte al suelo. Escuchaba al caballero bramando tras de mí, abriéndose paso hacia la escalera lateral de la casa

Agarrándome a las hierbas altas, trepé agachado y resbalando por la arena, temiendo que en cualquier momento la duna se desmoronase. Al llegar a la cima saqué mi arco, lo cargué, y gaste prácticamente medio carcaj en abatir a todos los zombis que me intentaban seguir duna arriba.

Afianzada mi posición, me arrodillé para apuntar mejor y comence a disparar mas calmado, evitando gastar demasiadas flechas. Así conseguí al menos apoyar a Reshef que, envalentonado, había incluso salido un par de pasos del dintel sajando monstruos.

Cuando comenzaba a pensar que el plan al final podía haber funcionado, oí a Dremin alertarnos desde el lateral de la casa. Un grupo de monstruos, salidos de entre las arenas, le había acorralado. El caballero luchaba ya sólo con la espada corta, pero eran demasiados y distinguí como caía abatido.

No pensé en lo que podía hacer, sencillamente salté de entre las hierbas y, descargando una y otra vez mi arco, fui avanzando hasta el cuerpo del caballero. Algún zombi me salió al paso, pero Reshef ya había recargado su pistola, y me cubrió mientras corría hacia Dremin.

Cuando llegué al cuerpo de mi amigo, el grupo de zombis se habia dispersado; guardé mi arco y le intenté arrastrar hacia la casa por si podíamos hacer algo por el, aunque entre las heridas viejas y nuevas el pobre estaba malherido.

Reshef me gritó algo entonces, yo levante la mirada y pude ver como dos monstruos se me echaban encima sin que pudiera evitarlo, Empuñé la espada ensangrentada de Dremin, en un intento de parar sus mordiscos, pero sabía que de poco iba a servir.

Sin embargo, en ese momento uno de los zombis perdio la cabeza –literalmente– y el otro cayó partido por la mitad. Tras ellos, un caballero de brillante yelmo, armado con dos espadas, estuvo a punto de seguir la matanza con nosotros, hasta que se dió cuenta de que éramos humanos.
  • ¡A la casa y rápido! ¡Vienen más! -dijo el caballero, señalándo la casa de Reshef con una espada.
  • La casa no es segura –intenté explicar atropelladamente– el techo es de...
  • ¡Da igual! ¡A la casa he dicho! -me cortó abruptamente– Hazmat, ayúdame con esto.
El hombre enfundó las espadas para agarrar a Dremin de los tobillos y ayudarme a llevarlo hacia la casa. Detrás suya, un pálido hombre vestido con negras túnicas le cubría la espalda, despachando estilete en mano a un zombi que intentaba atacarnos.

Cuando llegamos a la casa me sorprendí de ver a cuatro viajeros dentro junto a Reshef, pero mi cabeza estaba demasiado ocupada para hacer preguntas, y metí a Dremin ayudado por el caballero. Cuando cruzamos el dintel, el hombre pálido se dirigió al marco de la puerta y vertió unas gotas de oscuro líquido en el suelo, para luego volver hacia nosotros
  • ¡La puerta! - exclamé.
  • Esta mas segura ahora que cerrada –dijo el hombre sin mirarme siquiera, se arrodilló a mi lado y puso las manos sobre las heridas de Dremin.
  • ¿Cómo lo veis Hazmat? -Le preguntó el caballero de las dos espadas, mientras se quitaba el yelmo.
  • No lo sé Osuspiro. Su cuerpo esta mal, muy mal –le respondió el hombre de negro. De entre los pliegues de su túnica sacaba algunos frasquitos, para irlos oliendo y rechazando como buscando el adecuado.
  • Pero... quienes son ustedes –acerté a preguntar.
  • ¡Este es! -dijo Hazmat al oler un frasco de cristal azul. Seguidamente volcó el polvo que contenía sobre las heridas de Dremin, que se retorció de dolor.
  • ¡Maldito! -intenté golpear al extranjero, pero uno de los viajeros que ya estaba dentro de la casa  me agarró el puño.
  • No, dejadle hacer. Si alguien puede salvar a vuestro amigo es él. - me dijo.

Miré desconcertado al viajero; llevaba ropas de viaje, pero decoradas y con capa bordada. No era un mendigo ni tenía pinta de salteador, pero tampoco parecía un guerrero. Bajé el brazo.

  • ¿Quien sois? - pregunte desafiante.
  • Soy Excessus, Adm de Espaún.